Jorge Eduardo Arellano
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Desde Roma
Moussad tiene un aire a Omar Sharif, cuando Sharif era joven, impetuoso, como en Lawrence de Arabia. Pero Moussad siente que exagero. “No, professore. No soy un guerrero del desierto. Sólo un mozo de un restaurante de la Piazza Navona”. Moussad nació en El Cairo. Lo dice con orgullo. “¿Dónde nació Moussad?” Se le ilumina la cara, algo que sucede siempre que sonríe. “¡En El Cairo!”, exclama. Son las 4.30 de la tarde y él se ha sentado a mi mesa y yo estoy terminando mi botella de rosé. Moussad me dice que el rosé ha cambiado, que es, ahora, un néctar, que se elabora como una obra de arte. “Moussad –le digo–, todo esto ha cambiado, y para mal. No hay cosa que el turismo no injurie. La obra del Bernini lleva dos años en restauro, la Piazza está rodeada de restaurantes y todo está invadido por turistas apresurados. ¿Los ha visto en el Vaticano? ¿Usted cree que miran la Sixtina? No les importa. Le sacan fotos con sus celulares. Apuntan hacia cualquier lado. Y gatillan y esos pequeños brillos hieren la visión de la gran obra de Miguel Ángel. ¿Me permite, Moussad, decirle por qué ocurre eso?” “Diga, professore”. “Porque el turista es incapaz de llevar en su alma las imágenes de la Sixtina. Entonces, con desesperación, saca una foto tras otra. Cree que así atrapará algo. Es la pequeña máquina digital la que ‘ve’ la Sixtina. El turista sólo aprieta el disparador. Estúpidamente, cree que tiene a Miguel Ángel en su cámara. Y que lo verá cuidadosamente en su casa.

Cuando llegue, habrá olvidado todo, Moussad. A Miguel Ángel y a la Sixtina. El verdadero artista se queda horas ahí. No saca fotos. Se lleva las imágenes en el corazón. Vamos, bébase algo de mi rosé. Brindemos juntos”. “¿Estaban buenos los penne alla arrabiatta?” “¿Necesito decírselo?” “¿Vio la liviandad, la pureza del Sol? –dice Moussad. Es un privilegiado, professore. Está disfrutando de un bello atardecer en la Piazza Navona.” “Lo sé. Pero Roma se ha llenado de motonetas, Moussad. Ya no se puede caminar por las calles estrechas. Fui a la Fontana di Trevi y salí huyendo. Los turistas impedían verla. Eran demasiados. Vengo de Firenze, ¿se lo dije?” “¿A qué fue?” “Oh, un premio literario. Habían elegido las mejores novelas traducidas al italiano en 2007. Éramos cuatro, Moussad. Nos trataron como a reyes. Charles Lewinsky, que es un gran novelista, me decía: ‘Te das cuenta. Nos dan todo esto por hacer lo que más nos gusta en la vida’.” “¿Ganó, professore?” “No, ganó Arturo Pérez Reverte. Pero ya habíamos ganado todos. Nos hicimos muy amigos. Y nos dieron unos cuantos euros sólo por participar del premio”. “Y usted los está gastando aquí. Entre la insalata caprese, los spaguetti a la bonghole y el rosé.” “¿Sabe algo, Moussad? Esta vez, sí. La blasfemia avanza, lo vi claramente.

¿Qué opina del pene del David de Miguel Ángel?” “Eh, podría haber sido más generoso il grande maestro. Ma, professore, no olvide que David era un adolescente. No un hombre todavía”. “¿Sabe, Moussad, que lo venden con anteojos negros? ¿Sabe que el pene saluda, dice: ‘Ciao’? Y la gente lo compra.” “¿Usted lo compró?” “Desde luego. Es la muestra de un mundo que no sólo perdió la fe. La abandonó por la blasfemia. Creen que en esas camaritas de mierda pueden robarse el misterio del Vaticano”. Días atrás, el consejero de la embajada argentina ante la Santa Sede me llevó a recorrer el Vaticano y me mostró algunos de sus secretos. Es un hombre brillante. Nos derivamos entre esa inmensidad de santos y mártires y le digo: “La fe sólo puede ser un salto. Nadie puede creer en Dios sin saltar al mundo del misterio.

La Sixtina se hizo para la magnificencia de Dios y la pequeñez del hombre. La Modernidad acabó con eso”. Me dice: “El misterio nos envuelve, aunque nos repugne no poder deglutirlo racionalmente. En vez de la patética pretensión de imponerle nuestras reglas, y pasado el comprensible momento del improperio, ¿no deberíamos más bien, respetuosamente, venerarlo?”. Le digo: “No se puede creer en un Dios tan ciego, tan mudo, tan ausente. Si apartó las aguas para que Moisés y el pueblo elegido las atravesaran, ¿por qué no pulverizó con un rayo devastador las vías férreas que llevaban los trenes a Auschwitz? Amigo mío, la fe que alimentó estas maravillas del opulento Vaticano ya no le es posible al hombre”. Sonríe. Es como si se compadeciera de mí. Dice: “Busque a Dios, no en los rayos devastadores, sino en las hendijas de la Historia, en los misterios de la vida, en los vacíos de su corazón. Miguel Ángel hizo la Sixtina para glorificar al Dios cristiano. Pero, a la vez, porque era un hombre libre.” “Ah, mi amigo –respondo--, la libertad del hombre es la excusa de Dios. Si el hombre es libre y es responsable de la historia que crea, ¿para qué necesita a Dios?”. Este hombre elegante, seguro, pleno, sólo responde: “Ya hemos hablado demasiado. No polemizo sobre Dios. Creo en Él. He dado el salto. Ojalá usted pueda hacerlo”.

Entre tanto, la ultramodernidad lo banaliza todo. Turistas con bermudas y zapatillas sucias se detienen ante La Piedad, observan apenas, sacan la pequeña máquina digital y sale la luz que asegura la foto. El amplio espacio de la Sixtina se llena de flashes. Nadie busca la Luz. La chispa de la que habla Meister Eckhardt. La ascensión, el camino de Plotino. Nadie imagina siguiera las preguntas terribles de San Agustín: “Dios, si tú eres el Bien, ¿por qué has puesto el Mal en mí?”. Creen creer en Dios. Acaso le recen los domingos. Pero aquí creen más en sus juguetes digitales. Y las grandes obras de esos artistas acaso desgarrados que las hicieron entre la fe y la dolorosa duda son sólo fetiches del turismo, ya que eso es hoy la Sixtina: una obligada cita para los turistas de todo el mundo. La mirada del turista sólo ve lo exterior, no se compromete, le aterra penetrar en el misterio que encierran esas obras. Moussad me dice: “No lo dude, professore. Sacan sus fotos en la Sixtina, velozmente. Porque ya piensan --mientras lo hacen-- dónde comerán y qué. Yo los espero aquí. También soy un dios”.

Se ha hecho tarde. Una brisa fresca nos recomienda abandonar esas mesas al aire libre, que sirven cuando el sol te acaricia, pero no cuando el frío y las sombras se adueñan del lugar. Con Moussad nos despedimos. El me dice: “Los dioses han muerto, professore. ¿Veremos algunos nuevos?” “Los estamos viendo. Son ellos, Moussad. Los dioses digitales. La técnica. La que tanto hace una filmadora digital como un misil que devasta una ciudad”. Moussad sonríe, su bigote se extiende, le brillan los ojos: “Ánimo, professore. Hay dioses eternos. Venga mañana. Pasaremos del rosé al bianco. Tendré uno que le hará creer de nuevo en todo. La vida es embriaguez. ¿O no lo sabe? La fe también. Si la perdió, entre tanto nos bebemos un bianco. Después veremos qué pasa”. Nos estrechamos las manos. El empieza a levantar los manteles. Yo, sereno, regreso al hotel.