Jorge Eduardo Arellano
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Desde hace un mes, para las mujeres que se establecieron en Georgia tras haber sido desplazadas de Abjazia durante el conflicto de 1993, se está repitiendo todo lo que vivieron hace 15 años. Estas mujeres están recibiendo ahora un nuevo torrente de civiles desplazados de Abjazia y Osetia del Sur tras la agresión rusa a esas regiones y los territorios georgianos que las fuerzas rusas han ocupado desde la invasión.

Actualmente, los georgianos difícilmente apoyan a su presidente, Mikhail Sakashvili, quien en un intento imprudente por recuperar el control sobre Osetia del Sur provocó que Rusia abandonara su misión de mantenimiento de la paz y utilizara todo su poderío militar para expulsar a las tropas georgianas de Osetia del Sur y Abjazia y después ocupara gran parte de Georgia. Los bombardeos rusos contra numerosas instalaciones estratégicas y civiles en el país destruyeron infraestructura.

La gente está desesperada. Están furiosos contra Rusia por la agresión y contra su propio gobierno por provocar este conflicto desigual. En esta región han convivido durante siglos personas de distintas nacionalidades y grupos étnicos que comparten costumbres, tradiciones, el pan y el vino y un respeto mutuo por sus culturas e idiomas. Pero desde los imperios ruso, británico y otomano que alguna vez lucharon aquí, los políticos y los generales las han explotado continuamente.

Las mujeres y los niños son quienes más sufren en tiempos de conflicto. Si a eso se añaden siglos de tradiciones patriarcales, los traumas posteriores a la guerra de hace 15 años, una crisis económica que lleva 20 años y la actual agresión rusa, podemos comenzar a comprender lo que deben soportar actualmente las mujeres de Osetia del Sur, Abjazia y Georgia.

Además de la destrucción general que causa la guerra moderna, los soldados rusos pobres y enfurecidos han estado perjudicando a los civiles robándoles las pertenencias que dejan y violando a las mujeres. Además, la anarquía está atrayendo a delincuentes que cruzan la frontera. Las noticias y “análisis” que producen los canales controlados por el Estado tanto en Rusia como en Georgia, y que promueven imágenes negativas del “enemigo”, sólo sirven para ampliar las brechas entre grupos étnicos.

Durante el mes pasado, ciudadanos preocupados de Rusia y Georgia han comenzado a hacer intentos por construir alianzas y acercarse por fuera de los medios y las estructuras controladas por el gobierno.

A pesar de la propaganda gubernamental, los pueblos de la región deben recordar que los rusos no son superiores a los georgianos, ni éstos a los ciudadanos de Osetia o Abjazia. Es necesario presionar a Sakashvili para que abandone su esfuerzo por dominar a Abjazia y Osetia del Sur. Al mismo tiempo, se debe ejercer presión sobre el gobierno de Rusia para que se retire del Cáucaso y permita que los pueblos decidan su futuro por sí mismos.

Ha llegado el momento de que los civiles de Georgia, Rusia, Abjazia y Osetia, que son quienes llevan la carga más pesada del conflicto, se unan para detener este juego de ajedrez imperialista que mata a miles de personas y deja a miles más desplazadas y heridas emocionalmente. Ya es tiempo de ayudar a la sociedad civil de esta región a que construya un mundo donde la norma sea la paz y no la guerra. Los activistas de los derechos de las mujeres de la región no deben caer en la trampa del nacionalismo y las disputas territoriales para convertirse en una herramienta más de lavado de cerebros en manos de los políticos. Deben demostrar a sus gobiernos que no caerán en la ideología divisiva.

Angelika Arutyunova es encargada de programas para Europa y la Comunidad de Estados Independientes (CEI) en el Fondo Global para Mujeres.


Copyright: Project Syndicate, 2008.

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