Jorge Eduardo Arellano
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Son noticias cotidianas de sucesos que no faltan en Nicaragua: “Maté a mi mamá “y en el mes de las madres. “Asesinó a su abuela con un martillo”. Violó y disparó a su mujer”. Las causas, sin variaciones, conducen a un elemento común… alcohol y drogas.

Semeja un jinete apocalíptico que cabalga en lomos de sustancias tóxicas destruyendo al ser amado creador de vida. El exterminio del origen: la madre. Del latín, matricidium. En la pervertida y decadente Roma, Nerón –uno de los emperadores mounstruos— mató a su madre-amante Agripina. En palabras de Suetonio, le partió el abdomen con un puñal. Herencia de un acto aberrante e imperdonable contra el derecho materno de Bachofen según Engels en El origen de la familia. Matar lo mismo… el matricidio.

No es el sacrificio ritual que invoca siempre la solución del asesinato primigenio de la cultura descrito por René Girard en La violencia y lo sagrado ni una fijación edípica oculta del Tótem y tabú de Freud. Es un proceso sociopatológico (no mitológico) emanado del consumo indiscriminado de drogas –“Apolo incitando a Orestes a matar a su madre”— que ha infestado la sociedad donde surge el victimario de la madre como naturaleza domesticada por el amor filial.

Es la transgresión del quinto mandamiento bíblico que señala: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. La muerte del útero desapareciendo del lugar que engendró la vida. ¿Cómo pueden haber nacido estos “seres humanos” o inhumanos, si en verdad no nacieron? En buen mexicano: ¡no tienen madre! Se vive en un escenario surrealista, donde la agresividad es un recurso que deviene en violencia criminal por desviación del juicio y raciocinio, en un individuo agresivo por el excesivo consumo de etanol y drogas.

Prevalece en ese ambiente de pobreza espiritual donde impera el ataque violento como medio de comunicación, desvirtuando la esencia familiar en un campo de batalla donde se vence la jerarquía de las palabras y el diálogo. Según Glassser, “se instaura la violencia sadomasoquista” despertada por los psicotóxicos.

La des-estructuración de la familia tradicional en una sociedad donde es difícil poner límites. Porque los jóvenes tienen la necesidad de “matar simbólicamente” a los padres para luego ser sustituidos por amigos, novias y drogas. Luego se les va fragmentando el tejido mental donde subyacen problemas psicóticos así como disfunciones familiares severas con una acentuada contradicción cultural y maltrato crónico.

El matricidio o parricidio, término que varía según las diferentes legislaciones, es un delito poco frecuente a nivel mundial. Representa un promedio de 2 a 3% de los homicidios. En la Edad Antigua y Era Medieval era permitido si la mujer cometía adulterio, desapareciendo de las leyes a inicios del siglo XII d.C. Pese a la escasa literatura mundial sobre el tema a nivel psiquiátrico, preocupa la frecuencia con que se observa asociada a la drogadicción en los últimos tiempos.

La frecuencia del perfil parricida está asociada al género del agresor. La mayoría son varones, observándose tasas de hasta 92%, con una relación de 6:1 entre hombres y mujeres. Dentro de los hombres matricidas predominan jóvenes adultos en los que existe una alta prevalencia de patología psiquiátrica con especial predisposición: esquizofrenia paranoide (56%), psicosis bipolar (13%) y consumo de alcohol y drogas según estudios de Marleau y Auclair.

En la actualidad ayudaría el debate sobre la legalización de las drogas como elemento amortiguador de su efecto en la sociedad nicaragüense pero es incipiente. El tema en Nicaragua coincide con la Ley 779 que condena cualquier maltrato a la mujer en general, en una época de corrupción institucional donde el avance del narcotráfico es confuso y evidente.

 

* Médico cirujano