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¿Cuántas veces tenemos la oportunidad de salvar una vida o contribuir a que una persona –un desconocido– mejore su salud, o hacer algo, lo mínimo para que otra persona se sienta bien o hacer su día agradable? Quizá muchas veces hemos tenido la oportunidad de ayudar a alguien –aunque no siempre lo hacemos– pero muy pocas veces vamos a tener la oportunidad de contribuir en gran manera a salvar una vida, tal vez ni siquiera tengamos la oportunidad de conocer a alguien que lo haya hecho.

Yo he tenido la dicha de conocer a muchos, son gente admirable, inteligente y sencilla, noble, altruista, de gran corazón, dirían otros; con la suficiente capacidad para saber que el bien que hacemos generalmente se revierte –pero no por eso lo hacen– igual que el mal.

La gente de quien les hablo no tiene grandes estudios, ni títulos universitarios –al menos no todos–; no son adinerados, ni políticos, ni religiosos. Son madres, así es, son mamás, la mayoría sencillas, de ésas que están dispuestas a dar su vida si fuera necesario por sus hijos y aún les sobra bondad y fuerza para salvar hijos ajenos. Y ¿de qué manera lo hacen?, se preguntarán ustedes; aquí se los voy a decir.

Existe en el Hospital Bertha Calderón de Managua un Banco de Leche Humana, el primero y único en el país, donde se promociona, protege y apoya la lactancia materna y se orienta a las madres que debe ser exclusiva durante los primeros seis meses –el único alimento que sus hijos deben recibir– y que es la mejor leche que existe, que salva vidas, y es ahí cuando muchas de ellas tienen la oportunidad de salvar vidas ajenas donando su leche excedente de manera voluntaria. Nosotros la pasteurizamos luego de un riguroso proceso de selección.

Esta leche pasteurizada está destinada a todos aquellos niños graves generalmente prematuros que no tienen la bendición de recibir leche de su propia madre por mil razones –fallecimiento de la mamá, enfermedad materna grave, ingresada en otro hospital por un problema subyacente generalmente grave o simplemente sin la capacidad física o fisiológica de producir leche–; niños que fácilmente caben en una de nuestras manos, con la piel tan frágil que un simple roce provocaría una herida de gran magnitud; niños cuyo pecho es tan débil que no les permite mantener la respiración por sí solos; niños que requieren de una incubadora para subsistir. Estos bebés reciben esta mágica sustancia blanca, obra del creador, y salen adelante aún con muchos tropiezos.

Tal vez nunca han tenido ustedes la oportunidad de caminar en el filo de la vida, en la frontera que la divide de la muerte, pero aquí, que transitamos todos los días por ese camino, que se nos parte el corazón cuando uno de estos niños se aleja de la salud y se enrumba hacia la enfermedad o más allá; aquí le damos las gracias a todas aquellas mamás que de manera voluntaria donan su leche para mejorar la salud de los más pequeños, a todas aquellas mujeres que viven en el anonimato y con su leche materna contribuyen a que tengamos niños más fuertes, sanos, lindos, sociables e inteligentes.

Gracias a todas ellas, pues como dijo Jesús, todo aquello que hagan por los más pequeños, a mí también me lo hacen.

 

* Médico pediatra