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Dice San Agustín en su libro “De Vera Religione”: “La Iglesia Católica, sólida y extensamente esparcida por toda la redondez de la Tierra, se sirve de todos los descarriados para provecho de los suyos y para enmienda de ellos, si se deciden a dejar sus errores”.

En nuestra época esta sentencia lapidante del Doctor de la Iglesia tiene una actualidad sobrecogedora. Me refiero, específicamente, al gran movimiento ateístico internacional.

Cuando uno se ve en el sagrado deber de promulgar la verdadera fe como lo he venido haciendo en este periódico, junto con otros, lo que buscamos no es tanto derrotar y humillar a quien no piense o crea como nosotros, sino más bien, “defender” y “persuadir” a quien nos contraría o desprecia.

A continuación pondré un ejemplo de la historia de la Iglesia, que compararé a la actual situación de Pedro Cuadra Morales, ateo confeso y militante.

Se trata del caso del famoso filósofo medieval Pedro Abelardo y de su archienemigo, Bernardo del Claraval, monje y santo taumaturgo muy famoso en el siglo XII.

En esos tiempos, el pensamiento de Aristóteles estaba de moda. A tal extremo ocupaba las cabezas de los más grandes pensadores como Pedro Abelardo, que creían firmemente en que podían interpretar la Biblia y acceder a la Fe con el sólo uso de la razón. Hoy en día, la ciencia está siendo utilizada por los ateos de turno para desautorizar y hasta ridiculizar la Biblia diciendo que no es más que una amalgama de historietas y fàbulas sin ningún fundamento “científico” y verificable.

Pedro Abelardo era muy famoso en toda Europa. Tuvo en muchas ocasiones hasta más de dos mil estudiantes escuchándole en un foro. Pero, por otro lado, vivía una vida licenciosa desde el punto de vista sexual. Su fama y su vida desordenada cambió cuando conoció a Heloisa, estudiante de 17 años. Ambos se enamoraron a pesar de la edad y el tío de ésta, furibundo, le mandó dos hombres que lo castraron.

Ahora bien, la historia de estos dos personajes, uno monje y el otro filósofo, llegó al clímax cuando en el Concilio de Sens (1140) se enfrentaron “cara a cara”. Pero antes de este encuentro, los biógrafos de ambos personajes nos cuentan distintas historias. Una de ellas decía que Pedro Abelardo creía que iba a discutir “públicamente” sus nuevas ideas con San Bernardo a quien despreciaba; el biógrafo del Santo del Claraval no menciona esto, más que fue una oportunidad para que la Ortodoxia venciera a la herejía.

Cuando Pedro Abelardo llegó al Concilio, San Bernardo le leyó varias frases escritas del ahora “acusado” y no “disputante”, preguntándole al final: “¿Es esto herejía sí o no?”. Pedro Abelardo bajó la cabeza y salió de allí consternado por haber sido víctima de una trampa.

Posteriormente se dirigió al Papa Inocencio para apelar su condena, pero no consiguió nada. Humillado y pobre, acudió a un Monasterio Cluniacense, en donde era Abad Pedro el Venerable, y éste lo recibió con los brazos abiertos. En este monasterio continuó su docencia entre los novicios terminando sus días en “olor,” no a multitudes sino a “Santidad” (1132). En las “crónicas del Cluny” se dice: “Durante este tiempo todo pareció divino en él: su espíritu, sus palabras y acciones”.

Desde este tiempo tan remoto, se oyen todavía la razón por la cual Pedro el Venerable aceptó a Pedro Abelardo en el Monasterio. Él criticó severamente a su amado enemigo San Bernardo diciendo: “Entre la Verdad y la Misericordia, me quedo con la Misericordia”.

Las herejías existen para probar la verdadera Fe y para despertar a aquellos que aún viven un cristianismo tibio y acomodado. Es necesario defender la fe no para “convertir” sino para persuadir, que es muy distinto, la vida es más aleccionadora que las palabras y a cada alma individual le llega el turno de su conversión o endurecimiento, cuando a la moción de la gracia del espíritu le plazca.

 

* Ph.D. Catedrático de Filosofía de la Ave Maria University