Ernesto Aburto
  • Managua, Nicaragua |
  • |
  • |
  • elnuevodiario.com.ni

El instinto de afecto materno-filial, común en todas las razas del reino animal, es uno de los mecanismos biológicos para la conservación de las especies. Pero en los seres humanos, tamizado por el raciocinio y la cultura, este instinto se vuelve una emoción sublime que llamamos amor, que inspira increíbles proezas, y grandiosas obras de las artes plásticas, la música y la literatura.

Durante mi infancia, el sentimiento filial-maternal aún no era totalmente atrapado por la agenda promocional de los comerciantes, y aparte del comercio de rosas rojas y blancas, el Día de las Madres transcurría, de sol a luna, repleto de espiritualidad, emoción y mística de Viernes Santo a la usanza de antaño.

Para la muchachada de casa, el 30 de mayo era día de ternura, de besos y caricias a cada rato y con cualquier pretexto para la reina del hogar, que de todos modos no descansaba del oficio rutinario, y más bien se esmeraba en darle un sabor más delicioso a la comida. Las canciones de Julio Jaramillo, de los Churumbeles de España y los tangos de Gardel resonaban en las radioemisoras, al igual que “El Brindis del Bohemio” y variedad de poemas maternales en las voces de El Indio Duarte y de Manuel Bernal, entre otros declamadores que hacían llorar a sus masivas audiencias.

Para quienes habían perdido a sus madres, aquellos cantos y poemas eran auténticas expresiones “corta-pulsos”. Y efectivamente, no pocos hijos cometieron suicidio al no poder soportar la ausencia de sus madres en medio de aquellos poemas y canciones que desbordaban los sentimientos.

En la primera mitad de los años sesenta, conocí en el plantel de carreteras de Nandaime a un hombre curtido que tenía fama de duro e implacable en su oficio de capataz de cuadrillas, con el que alguna vez intercambié saludos cuando yo visitaba en ese plantel al mecánico automotriz Luis Aburto Ayala, que era mi padre.

Un 30 de mayo, a mediados de los años sesenta, Juan Centeno Morán o “Juan Piedrín”, como lo apodaban por el material que sus cuadrillas esparcían en las carreteras, estaba tomando tragos con sus amigos mientras escuchaban poemas y canciones a la madre desde el radio encendido en una mesa. Y Juan lloró como niño al hablar de su madre muerta.

Escuchado con respetuoso silencio por sus contertulios, cuando se levantó de la mesa, todos creyeron que iba a buscar una toalla para secarse las lágrimas. Pero al instante oyeron un balazo. Juan Centeno se baleó la cabeza como para salir corriendo al encuentro de la autora de sus días.

Mi padre también exacerbó mis emociones filiales con su melancolía en el Día de las Madres. Memorizaba canciones y poemas a fuerza de oírlos. Mi abuela, doña Juana Ayala, sobrepesada y acalorada, un mediodía de cuaresma del año 1919, cayó infartada al agacharse para recoger algo. De ocho meses no cumplidos, su último vástago anduvo de brazo en brazo la noche del velorio, celebrado media cuadra al norte del antiguo cine Fénix de Managua, pues todos querían chinear al “motillo”. Don Luis Domingo Aburto Ayala murió a los 61 años en 1979, con la pesadumbre de nunca haber visto el rostro de su madre.

Las cosas sublimes de la madre nuestra no cabrían en este espacio. Pero a todos los Aburto Martínez nos vistió, curó y alimentó. Nos puso desde pequeños en la escuela. Castigó nuestras malas calificaciones con la misma fuerza con que premió las buenas, y nos inculcó el espíritu de superación que nos hizo surgir. Doña Vicenta del Carmen Martínez Centeno nos dio lo mejor que pudo en medio de su escasez de recursos, y otros ejemplos de buenas madres fueron sus adoradas hermanas –mis tías Epifania y Leticia.

Desde 1962, cuando empecé a estudiar Magisterio en Jinotepe, mi madre prometió que para mi promoción tendría un traje Gómez, un reloj Novelti sello de oro, una camisa Venus y un par de zapatos Lorena. (La aspiración proletaria de un buen vestir). En todo cumplió, pero los zapatos debieron ser de otra marca, porque para 1967, la inmensa fábrica manufacturera ya había fracasado en Masaya frente a la competencia del calzado industrial vulcanizado.

Así son las madres que recordamos, a todos los niveles sociales y económicos. Aconsejan, acompañan, y las mejores, castigan y premian nuestras acciones para conducirnos por el camino correcto. Debemos recordar con gratitud y cariño a las ausentes. Y para las que siguen a nuestro lado, tener presente que aprecian más un beso que un vaso. Prefieren nuestra presencia, nuestros logros, y, en caso contrario, nuestros sinceros propósitos de enmienda, en vez de un teléfono que toma fotos y suena musiquitas.

* Periodista, cofundador y ex editor de El Nuevo Diario