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Si Dios no existe ¿todo está permitido? ¿La vida humana tendría sentido? Lo primero que habría que contestar es que sin un Dios la moral absoluta no tiene sentido. A lo segundo, se deberá responder que la vida humana, más bien, no tendría sentido desde una perspectiva eterna, fuera de la historia. El sentido de la vida, y de lo que estaría permitido, sería sencillo, conforme a las leyes materiales que determinan la evolución de la materia y de la vida, sin finalidad preconcebida o trascendente.

O, aun, desde el ángulo metafísico, como lo ve Schopenhauer con pesimismo, la vida humana sería, no un proyecto divino, sino, un deseo consciente insatisfecho, un impulso carente de fundamento o de motivo.

Es intrínseca a la naturaleza humana esa arrogancia que le exige pensar en un destino superior a su existencia material, por lo cual, cede a una aspiración absurda hacia la inmortalidad.

En una etapa de transición, en el siglo XX, la intuición humana lleva al hombre a experimentar angustia ante los límites de su razón. Luego de la voluntad de poder, del superhombre, el ser humano regresa (en la medida que construye una sociedad planificada) a la voluntad de vivir. Invirtiendo la objetividad real, concebida por Schopenhauer como representación subjetiva del ser metafísico fuera de las coordenadas espacio-temporales; para identificarla ahora con la naturaleza, entendida como esencia de la realidad, de la cual, la existencia humana sería un detalle efímero.

En el diálogo con Iván Karamazov se rechaza el planteamiento que Dios, como obstáculo de tipo moral, serviría para tutelar más que para restringir el sentido de la libertad humana. En efecto, lo que está permitido o no, se deduce de un análisis concreto (no relativo), producto de la responsabilidad humana con la propia libertad. La sociedad, y luego las clases sociales dentro de ella, adoptan conscientemente líneas de actuación con base en una estrategia que busca el mayor bien posible a la comunidad a la que pertenecen.

La moral se supedita a ese bien concreto, que resulta de transformar progresivamente la realidad social. Sólo un asceta, que hace vida de ermitaño, puede adoptar una conducta moral que no se supedite a intereses sociales. La moral absoluta, en efecto, hace sentido con un ser humano que persiga la nada como fin, hasta las últimas consecuencias. La meditación espiritual, en la medida que busca un ideal inmaterial, para efectos prácticos puede corresponderse a un estado de moral absoluta, como ilusión que fusiona la propia existencia con una existencia sobrenatural abstracta. Distinta, sin embargo, al concepto de Dios, como ente creador específico, forjador de normas a su discreción, carente de compasión por la vida. Un Dios inhumano, concebido como abstracción conceptual.

La creencia en una moral absoluta conduce a la renuncia extrema de lo humano. Asistimos a la mala fe, de un Dios que deshojando margaritas habría creado el concepto absoluto del bien y del mal, para unir dos aspectos contradictorios, la vida llena de vicisitudes históricas y la moral absoluta, gracias a la interrelación del pecado terrenal y del castigo eterno.

Este Dios sería, en realidad, la malicia ontológica de la metafísica, con la cual se intenta resolver la contradicción humana, con el recurso de negarle valor a la existencia material, empequeñeciéndola como un gusano que florece apenas en la contradicción insoluble de un destino absoluto: que desborda su naturaleza bajo la perspectiva de la nada.

Si Dios existe, el ser humano es un capricho de la soledad absoluta. No habría más que una tautológica crisis existencial absurda para esa soledad absoluta. Si Dios existe, esa existencia sobrenatural primigenia sería más absurda que cualquier otra que emane de Dios.

De ello, sin embargo, no es lógico concluir que tal absurdo sea imposible. De modo que, incluso, asumir dicho absurdo como imposición moral, es una posibilidad de la libertad humana. El hombre puede sentirse aliviado, con este subterfugio trascendente, del peso de la lucidez puramente racional, que requiere una dignidad solitaria.

Es decir, el ser humano no pide el amor de sus semejantes –como piensa Dostoievski-, por algo distinto a sus propias decisiones frente a la realidad concreta. Esta es la dignidad de un ser que no espera recibir de los demás su identidad, sino, que se construye a sí mismo, por sus elecciones y sus acciones, coherentes con su propia conciencia humana.

* Ingeniero eléctrico