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Hace cien años, el 2 de junio de 1913, se iniciaron las matrículas para ingresar al Instituto Pedagógico de varones, centro apoyado por el gobierno de Adolfo Díaz que ofrecía una nueva educación a la juventud nicaragüense. Regentado por los Hermanos de las Escuelas Cristianas, inició sus labores formando maestros de primaria y luego bachilleres. Igualmente, sus profesores establecieron una escuela anexa.

La función del Instituto Pedagógico se inscribía en la política educativa de la Restauración Conservadora (1911-1928), identificada con la hegemonía de la Iglesia Católica a través de sus órdenes religiosas. Entre ellas, basta citar a los salesianos que llegaron a Granada en marzo de 1912 y el 15 de mayo siguiente abrían el Colegio ´´Venerable Don Bosco´´; a los jesuitas, a partir de 1916, educadores de la élite conservadora; los Hermanos de La Salle, quienes marcaron las pautas educativas del período.

En 1917 los Hermanos graduaron a los primeros trece maestros y también en enero del mismo año comenzaron a editar la revista Educación: hasta los años veinte, la de mayor consistencia intelectual del país. Alumnos y exalumnos colaboraban en ella. Sus temas eran pedagógicos: Teóricos y prácticos; contenía además, estudios científicos, históricos, geográficos, lingüísticos, literarios (poemas, cuentos, leyendas) y musicales. Fotograbados adornaban sus páginas, en las que no faltaban comentarios a las noticias mundiales y nacionales. En realidad, fue la primera publicación periódica en plantear seriamente los problemas de la educación y concebirlos desde la perspectiva católica.

Al respecto, cabe citar uno de sus artículos de fondo y sin firma –sin duda escrito por uno de los educadores franceses que la dirigían– titulado precisamente ´´El problema de la Educación en Nicaragua´´ (núm. 24, noviembre y diciembre, 1920). Tres eran los puntos desarrollados: El concepto de la educación (ya se estaba imponiendo dicho concepto más que el de instruir y utilizar la memoria, el libro y las reglas); los sueldos (los maestros empíricos recibían, según los lugares, de 10 a 20 córdobas mensuales; los graduados 20 córdobas y tenían derecho a un 50% de sobresueldo que no les pagaban por no permitirlo el presupuesto), los programas (había sido comisionado para revisarlos el técnico norteamericano George T. Shoens, quien tuvo que marcharse muy pronto sin realizar su trabajo); y los textos (´´nuestros textos han de ser, en cuanto sea posible, nacionales, escritos especialmente para nosotros con la mira de nuestras necesidades y de nuestra idiosincrasia´´).

Y añadía el articulista sobre el último punto: ´´Cuando no sea posible tener textos puramente nacionales, el amor patrio y el culto al alma de la raza piden que se escojan los que más se acercan a nuestros propósitos: Los católicos antes que los protestantes, los latinos antes que los sajones, los españoles antes que los ingleses, aunque éstos estén traducidos al castellano puro, lo cual no deja de ser muy raro. Patriotismo y catolicismo: Tales deben ser los principios inspiradores de nuestros textos de enseñanza y de cuánto se relaciona con el magisterio nicaragüense´´.

En ese contexto, el estudiantado de la república rendía culto cívico anual, de acuerdo con el ´´Decreto de la Jura de la Bandera´´, emitido por el presidente Emiliano Chamorro el 24 de agosto de 1917, bajo la Subsecretaría de Instrucción Pública a cargo del doctor Emilio Álvarez Lejarza. Este no sólo ordenó publicar el volumen Compilación de las Leyes de Instrucción Pública: 1876-1916. También confirió a los hermanos de La Salle, la organización de un congreso de profesores dirigido por el hermano Apolinar Pablo, que sirvió de base para el proceso educativo durante diez años.

Una anécdota de Luis Alberto Cabrales, egresado del Pedagógico como maestro y bachiller, vale la pena referir. Un 4 de julio, listo para desfilar en homenaje a la fiesta estadounidense, el subsecretario y el oficial mayor de Instrucción Pública comenzaron a repartir banderitas de Estados Unidos; al entregar la suya a Cabrales, éste destruyó el papelillo, quebró la astilla y arrojó todo al suelo. Todos sus compañeros lo imitaron y, en medio de un gran vocerío, algunos hasta patearon los restos de los banderines. Los funcionarios se quejaron al Hermano Apolinar Pablo, quien les dijo que aprobaba la conducta de los lasallistas. ´´Aquí estamos para educarlos y enseñarles amor patrio, no para hacer papel de serviles´´, escribió Cabrales en sus memorias. Por otro lado, desde el 2 de diciembre de 1914, el Ministro de Instrucción Pública, Diego Manuel Chamorro, había reglamentado la enseñanza primaria, cuyo objetivo consistía en ´´dar a los niños, una educación moral y religiosa, procurar su desarrollo físico y en el de sus facultades intelectuales…´´ En esa línea, otro Ministro –David Arellano– oficializó la asignatura de religión, para la enseñanza secundaria, por decreto del 20 de julio de 1918.

En fin, no se puede explicar la educación durante la Restauración Conservadora sin el protagonismo ejemplar de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, pioneros en la redacción y edición de libros de texto y en la elaboración del mapa de Nicaragua (por el Hermano Julio Apolonio). Ellos y las otras órdenes religiosas –en palabras de José Coronel Urtecho– contribuyeron ´´a no dejar morir del todo el sentido cristiano de la vida y a mantener más o menos vivo el sentido humanista de una cultura universal´´.

 

* Escritor e historiador