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Considerada como una de las teorías que han intentado explicar los orígenes del lenguaje, la onomatopeya -particularmente por su importancia en la comunicación humana- ha sido objeto de estudio de filósofos como Platón y sobre todo lingüistas como Saussure, Coseriu, Martinet y otros. Aquí ofrecemos algunas notas.

1. Todo idioma está constituido de palabras “arbitrarias”, es decir, que no tienen ninguna relación entre el sonido y el sentido, como la palabra “gorra”, que bien pudo haber sido “garra” o “gurra” porque –en palabras de Saussure- “no guarda en la realidad ningún lazo natural”; y de palabras “motivadas”, porque guardan cierta relación – “lazo natural” lo llama Saussure- entre el sonido y el sentido, como din dan, que imita el sonido de la campana. En este caso se trata de una “motivación fonética” u “onomatopeya”. Pero hay otros dos tipos de motivación: “morfológica”, que se refiere a las palabras formadas por composición (“patechancho”) y por derivación (“conchudo”); y “semántica”, como el término “chanfaina”, que en el español nicaragüense ha pasado a significar ‘revoltijo’

2. La motivación fonética estructura una pequeña parte del léxico de las lenguas. En nuestro idioma, algunos nombres de animales (“pijul”), de instrumentos musicales (“timbal”), etc., se han formado con base en el sonido que producen. Sin embargo, la gran mayoría del vocabulario está formado según la motivación morfológica y semántica.

3. La onomatopeya como artificio estilístico se basa no tanto en las palabras individuales, sino en el arte de combinar los valores sonoros, reforzados casi siempre por factores como la aliteración, el ritmo, la asonancia, etc. Espronceda trata de imitar con la repetición del sonido /r/el “ruido” de la tempestad con el verso: “El ruido con que rueda la ronca tempestad”. Y San Juan de la Cruz imita en un verso el balbuceo con la repetición de la sílaba “que”: “Y déjame muriendo/En un no sé qué, que queda balbuciendo”.

4. La onomatopeya se define como la ‘imitación o recreación del sonido de algo en el vocablo que se forma para significarlo’. Es el ‘vocablo que imita o recrea el sonido de la cosa o la acción nombrada’. “Crac”, por ejemplo, es la palabra creada para imitar el sonido de algo que se quiebra. El perro emite con su ladrido determinados sonidos que nosotros los hablantes imitamos con la palabra “guau”.

5. Cada idioma representa de manera particular y distinta una imitación fonética, porque aunque los sonidos sean los mismos, los hablantes la acomodan a su sistema fonológico específico. El sonido de la campana es el mismo; sin embargo, el español lo representa como din dan, el inglés como ding dong y el alemán como bim bam. El ladrido del perro se representa en español como guau, en inglés como bow bow, en francés como oua oua, en catalán como bub bub y en japonés como wan. Los balbuceos del niño son los mismos, pero su representación varía de una lengua a otra.

6. La palabra que imita determinados sonidos no siempre es la misma, porque los sonidos –por la percepción de sus hablantes- sufren cambios, alteraciones o modificaciones, no solo de una lengua a otra, sino al interior de la misma lengua en períodos determinados. Es la ley de la evolución fonética común en todas las lenguas. En nuestro idioma tenemos sonidos fácilmente identificables en algunas onomatopeyas relacionadas con explosiones, movimientos o sonidos fuertes como “temblar” y “estruendo”. Sin embargo, estas palabras en la evolución primitiva del español, ni siquiera eran consideradas onomatopeyas porque la combinación de los sonidos (tremulare y extronitru) no imitaba el movimiento o el ruido. Fue en una etapa posterior que se crearon, por onomatopeya, las palabras temblar y estruendo. Se trata de un fenómeno denominado “adquisición de la motivación fonética”. Pero puede ocurrir lo contrario: la “pérdida de la motivación fonética”. Un término que ya no se siente onomatopéyico –dice Ullmann- perderá la expresividad que había derivado de la armonía entre el sonido y el sentido. En francés –nos ilustra el gran semantista- el vocablo “coquelicot” era originariamente una imitación onomatopéyica del canto del gallo y designaba el gallo mismo; sin embargo, con el tiempo pasó a significar metafóricamente una flor cuyo color rojo recordaba a la gente una cresta de gallo (nuestra amapola). La palabra “coquelicot”, entonces, ya no es onomatopéyica ni designa el nombre del gallo, sino cocorico, como el cocorococo de los portugueses y el quiquiriquí de los hispanohablantes.

 

* Escritor y lingüista