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La medicina tiene una parte de ciencia, pero otra parte es de arte o práctica. Y de esa aparente laxitud puede venir la solución para Beatriz, según la Ministra de Sanidad salvadoreña, María Isabel Rodríguez. La idea consiste en no provocar un aborto que salve su vida a costa de la del feto, sino en inducirle un parto como un mal menor o dentro de un proceso para tratar los problemas que aquejan a la joven.

Parece lo mismo, pero no lo es. Lo que pasará es que en este caso, en cuanto Beatriz dé a luz al feto, que padece una anomalía gravísima, una anencefalia (carencia de cerebro), morirá. Y la mujer podrá ser tratada de las dolencias que amenazan su vida.

Igual que sucede con otras prácticas médicas admitidas incluso por la iglesia católica –por poner un ejemplo de institución que está detrás de la situación que sufre Beatriz–, lo que importaría en este caso es la finalidad de lo que se hace, por encima del resultado.

De una manera general, los médicos no son imputables si sus acciones tienen unas consecuencias negativas, siempre que hayan actuado de acuerdo con lo que se consideran buenas prácticas médicas, y su objetivo corresponda a lo que podría entenderse como tal.

Es lo que sucede en un caso extremo, como es la sedación de enfermos terminales. Cuando éstos están en situación irreversible y acreditan un sufrimiento extremo, nadie se opone –ni persigue– a que se les administren todos los calmantes necesarios. Si un efecto secundario de esta medicación es que se acorta su vida, se considera un efecto adverso no buscado, pero no es punible.

Este enfoque ya se ha aplicado con anterioridad a la interrupción del embarazo. En algunos Estados de EE.UU. por ejemplo, se utilizaba un razonamiento similar para eludir la prohibición de practicar abortos: Se inducía el parto a las pocas semanas de embarazo, y el feto nacía muerto.

En el caso de Beatriz, la situación es más clara aún. A sus 25 semanas de gestación, el feto podría ser viable si estuviera en condiciones normales. El límite de supervivencia está alrededor de las 21 semanas; ese fue, de hecho, el límite que sugirieron los pediatras españoles para la última ley del aborto en caso de malformación. Es decir: La práctica médica dice que provocar un parto a las 25 semanas no es un aborto, sino un proceso en el que, a cambio de tener un niño prematuro, se puede actuar para salvar a la madre. En este caso, se sabe que el niño no sobrevivirá, salvo un milagro.

Los que tanto apelan a la religión para hacer sufrir a Beatriz ya saben porqué pedir.

 

* Periodista del diario El País