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En el marco de la ofensiva diplomática de China y los Estados Unidos hacia América Latina, que incluye una reciente visita del Presidente Barack Obama, la inminente del Presidente chino Xi Jinping, y la más reciente del Vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden, a varios países de la región, éste dijo en Brasil algo que nos debiera llamar a reflexión a los nicaragüenses:

“Brasil le ha enseñado al mundo algo en lo que creemos en los Estados Unidos: que no hay que elegir entre democracia y desarrollo, entre economía de mercado y desarrollo social”.

Podríamos poner un pie de página a lo que dijo el Vicepresidente Biden: Su opinión ya había sido corroborada en América Latina por tres países, Chile, Costa Rica y Uruguay, en los cuales su larga tradición democrática hizo posible que antes de la reciente etapa de fuerte crecimiento económico de casi todos los países de la región, y sin ser los de mayor ingreso per cápita, presentaban los mejores niveles de lo que ahora se llama cohesión social y que, sencillamente, significa mejor distribución del crecimiento y por tanto mayor nivel de vida para su población.

El Vicepresidente Biden se refería, sin duda, al caso notable del Brasil, que en apenas 20 años y después de varias décadas de cambios de modelo entre militaristas y populistas, es uno de los países grandes que más ha erradicado la pobreza, y haciéndolo en democracia y libertad, y, lo que quizá es más importante, con cambios de gobierno y de gobernantes. “En Brasil -le escuché una vez al expresidente que inició el círculo virtuoso brasileño, Fernando Enrique Cardoso- hay una feroz competencia política pero una misma agenda de desarrollo”.

Ahí está, precisamente, la explicación del éxito brasileño, como la de nuestro fracaso en Nicaragua. Hemos tenido períodos largos de fuerte crecimiento económico que no fueron sostenibles -como ahora luce que lo será en Brasil y no en Nicaragua- porque las limitaciones a la democracia y las libertades democráticas condujeron a inestabilidad política y redistribuciones radicales del poder.

Y no es ni mucho menos un tema de tamaño de los países. Pequeños y medianos -como Panamá, Costa Rica, Uruguay, Chile, Perú y Colombia- también están experimentando la virtuosidad de la relación entre desarrollo sostenible y democracia.

La tolerancia, por cualquier título y argumento, con el debilitamiento de la democracia en nuestro país, alienta la consolidación de un modelo autoritario que más temprano que tarde hará colapsar el actual episodio de crecimiento económico, bastante inferior, por cierto, dadas las extraordinarias condiciones externas que hasta ahora ha tenido nuestra economía, que el que hubiese sido posible con mayor seguridad jurídica y confianza política.

El argumento que Ortega no repitió algunos de los más visibles errores de los 80, que además no hubiese sido posible aunque lo hubiera intentado, no debe recibirse con un alivio que termina siendo una patente de corso para que, bajo nuevas modalidades, que son las que las circunstancias hasta ahora permiten, dé al traste con nuestras libertades y las posibilidades de que el actual episodio de crecimiento sea sostenible.

La democracia, no nos cansaremos de decirlo, es una exigencia ética del espíritu humano y una necesidad técnica del desarrollo sostenible.

 

* Economista