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Hace mucho que en Nicaragua se cosecha café, pero no es sino hasta los noventas del siglo pasado que se comienza a cultivar un café campesino. Es gracias al manejo biológico, conocido como orgánico, que las fincas del grano aromático se transforman en verdaderas empresas de cultivos ecológicos y sustentables que enorgullecen a los productores.

En 1989 se canceló el acuerdo económico de la Organización Internacional del Café que fijaba cuotas de exportación y mantenía estables las cotizaciones. Los precios se derrumbaron. Los exportadores, que daban anticipos y compraban cosechas, se replegaron abandonando a su suerte a los pequeños productores.

Por décadas se había fomentado el establecimiento de fincas de montaña. Cuando caen los precios y se retira la comercialización, miles de familias son llevadas a la ruina por un mercado descontrolado donde los coyotes hacían su agosto. Para sobrevivir, los pequeños productores necesitan mejores precios que sólo se consiguen ofertando grandes volúmenes. Entonces no les queda más que agruparse.

Antes existían asociaciones cafetaleras regionales para acopiar el grano y se habían formado agrupaciones de productores, pero ahora el asunto era de vida o muerte y las organizaciones se multiplican, se expanden y desarrollan nuevas habilidades. Lo primero fue encontrar mercados más favorables consolidando la oferta y mejorando la calidad. Y de eso se ocuparon los nuevos agrupamientos.

Durante los noventas una agrupación acopia un promedio de 5 mil quintales anuales que procesa y comercializa principalmente en el mercado externo con compradores que, debido a la calidad y regularidad de las entregas, pagan más de lo que cotiza la bolsa de Nueva York.

Pese a la sobreoferta a mediados de los 90 las cotizaciones se recuperan un poco. Pero desde 1998 caen de nuevo en picada, hasta llegar a 50 dólares el quintal en 2002, la mitad de lo que en promedio cuesta producirlo. Todos son empujados al abismo.

En 1989 el control campesino de algunos eslabones de la cadena agrocomercial salvó a los pequeños caficultores del naufragio. Pero ante los precios ruinosos de los últimos años 90 ya no basta vender directamente a los grandes compradores. Para acceder a un mejor nicho de mercado no es suficiente apropiarse del proceso productivo como se venía practicando, era necesario transformarlo radicalmente, revolucionarlo.

Los compradores ya no se conformaban con que el aromático fuera cooperativo, también lo querían orgánico. La comercialización certificada como ecológica ponía a los socios “orgánicos” en ventaja. Un cálculo arbitrario indica que el productor libre perdía por quintal 130 córdobas, el asociado que vendía café convencional perdía 110, mientras que el socio con café certificado ganaba 210.

A fines del siglo pasado, los caficultores producían en fincas de montaña preservando la vegetación original y sólo sustituyendo por cafetos algunas plantas. Principalmente con especies introducidas y bajo sombra. Eran contados los cafetales a pleno sol. Los pequeños productores no fertilizaban y menos cuando cayeron los precios. Sin saberlo, los campesinos estaban cultivando un café que era “orgánico pasivo” o “natural”.

Ahora había que cambiar las prácticas agrícolas y con ellas el uso del tiempo y la organización de la vida familiar. Porque sostener o aumentar los rendimientos manteniendo la sombra diversificada y suprimiendo agroquímicos, demanda renovar, abonar y podar acuciosamente un cafetal que antes se cuidaba solo. Supone tratar al cafetal como si fuera un huerto. La ausencia de agroquímicos no basta, para que el aromático califique como ecológico es necesaria mucha dedicación y un manejo adecuado de huerta. Pero con el avance de la roya ¿Quién podrá defenderlos?

 

* Docente universitario