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Allá por 1998 nuestra hija Karen vivía en Nueva York, donde había estudiado un Máster en Turismo en la Universidad de Nueva York; luego trabajó en un hotel donde había habitaciones que costaban 12 mil dolares diario, posiblemente el más caro del mundo, para Jeques, etc.

Estando yo de visita le dije que deseaba ir a las torres gemelas de Manhattan. Como quedaban en la vía a su trabajo viajamos en metro hasta allá, donde me dejó solo. Merodeando por allí encontré muchas cosas qué hacer, por ejemplo:

Subí al ascensor de las torres gemelas, las más altas del mundo. La vista era espectacular; a un lado el Battery Park, llamado así porque en tiempos coloniales había allí una batería de cañones para proteger el puerto; allí está también el Castel Garden, ahora museo, donde fue la oficina de inmigración cuando mi abuelo llegó de Alemania en 1899; después se abrió la de Ellis Island; al fondo se veía la Estatua de la Libertad. Hacia el norte se veían los rascacielos de Manhattan, con edificios famosos: El Empire Estate, Chrysler, Rockefeler etc.

Al bajar al lobby caminé un poco; dentro del complejo de edificios noté un letrero grande que decía: “Stock Market, Coffee, Sugar &Cotton Commodities”. En la entrada del elegante portón estaba un portero de leva con unifome azul, y quepis. Pretendo entrar al edificio, y el portero me dice: “Excuse sir, your ID please”. Yo me hago el sorprendido y le digo: “I’m sorry, I don´t need ID to enter my buildings sir”. El hombre, aún más sorprendido, pero educado, me dice: “How is that, sir?”. Le contesto, muy sereno: “Because I am a coffee grower and exporter, and I guess this buildings is part of our business”. El señor se mostraba dubitativo, pues no sabía qué significaba eso.

En esos momentos iba entrando una dama elegante, con un valijín en sus manos, y con mucha personalidad, tal vez como eso que llaman allí “Yoppy”, young important executive, o algo así. Al ver y oír nuestra discusión, dice: “Paul, what’s going on, do you need help? “Well, this gentleman says something that he is co-owner of this building because he is a coffee grower and needs to come in”. La ejecutiva dama sonríe con malicia, y le dice. “Ok Paul, no problem, let him in, I’ll take him with me”.

Bueno, para no hacerles más largo el cuento, me hizo acompañarla hasta su oficina, mientras conversábamos y ella sonreía con mi cuentecito. Después me mostró desde su balcón cómo se veían allá abajo las pizarras y cienes de apostadores de la Bolsa de valores. Le dije en broma: “Can I bid for Nicaraguan coffee”. Solo se sonrió, después me acompañó a la puerta de salida. Ya liberada de mí, debe haber dicho: “¡Qué concha la de ese nica!”

 

* Historiador