Jorge Eduardo Arellano
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En muchas ocasiones me he preguntado por qué le he restado importancia a mis capacidades. Esto tiene que ver, entre otras razones, con la poca importancia que di al abuso sexual sufrido en mi niñez. Hoy puedo decir con orgullo y dignidad que he superado una parte de las secuelas, y por eso me llamo ahora sobreviviente que honra profundamente la vida y que habla abiertamente sobre esta experiencia.

Siempre pensé que no valía la pena recordar el abuso. Siempre estaba racionalizando principalmente cuando atendía a una mujer y me hablaba de su experiencia de abuso, y minimizaba sus padecimientos como parte de las secuelas, no reconociendo a mí y a esa mujer lo que nos había pasado, aun cuando personas cercanas lo sabían, siempre era aquello de que “a mí no me ha pasado nada”.

Analizando mi lucha por olvidar me doy cuenta de los múltiples y variados mecanismos de defensa que he utilizado. Quiero mencionar algunos de ellos, por ejemplo la racionalización, la mentira, mi apego emocional, no sentir mi cuerpo, ya ni se diga mis ausencias en donde todo parecía fuera de mí. No me permití atención, para recibir comprensión a mí misma. Siempre traté de cumplir con las necesidades de las demás personas incluyendo las de mi familia.

El temor al dolor y el sentimiento de culpa por sentir alegría ha hecho que la mayoría del tiempo me encuentre ausente, normalmente despistada. Hasta hace muy poco no me permitía decir un “no” como respuesta a una solicitud de compromiso. Siempre traté de mantener la mente ocupada, todo eso para no sentir, para no deprimirme, o simplemente para no recordar.

Estas dos posibilidades de mantenerme en constante actividad o en total pasividad han sido muy agotadoras para mí, tanto que me llegaron a hastiar de todo: hasta las noches se volvían insoportables a veces, me parecía que eran horas perdidas. Solía tener mucho desorden porque después ocupaba mi mente pensando en cómo arreglar. Hoy he superado este problema bastante, pero todavía no estoy libre de esta secuela.

Nunca he intentado suicidarme pero sí lo he pensado muchas veces. Creí que no merecía vivir. Logré dejar de pensar en esto hasta que nació mi hijo, y entonces todas mis energías, mi atención y mis anhelos de seguir viviendo fueron dirigidas hacia él. Pero estoy entendiendo cada día más que también merezco energía para mí misma y para disfrutar mi vida.

He enfrentado el mundo tratando de superar todo obstáculo posible, a veces sin medir riesgos, muy desafiante, sin siquiera tomar medidas de seguridad, aunque para otras sobrevivientes la búsqueda de seguridad y protección es prioridad. Para otras como yo la seguridad no era importante, por eso arriesgué mi vida en muchas ocasiones. A veces las sobrevivientes asumimos quedarnos en el lugar seguro tratando de proteger principalmente a nuestros hijos, aunque se tenga que pagar un alto costo.

Con respecto a mi fe, he visitado todo tipo de religión en esta búsqueda de refugios, un lugar al cual pertenecer, un espacio para compartir y ser comprendida. Pero en la mayoría de estas religiones el tema del abuso se quiere resolver con el perdón.

Me he preguntado: ¿qué tengo que perdonar yo? ¿Acaso yo pedí que me abusaran? ¿Acaso yo era la mayor? ¿A caso no sabían lo que hacían esos abusadores? Estoy convencida de que todavía no tengo ni estoy obligada a perdonar a nadie, ya que casi nunca un abusador o una abusadora es capaz de aceptar el daño que han hecho. Cuando me he quitado el dolor de todo lo vivido con mi grupo de apoyo mutuo y con atención individual, espero poder perdonar al abusador.

Lo que sí ya estoy esperando es que abusadores reconozcan públicamente (por ejemplo en esta columna y con nombre y apellido) sus delitos, no tanto para recibir el castigo merecido, sino para apoyar a las sobrevivientes a recuperar su dignidad.


* Soy sobreviviente.

Aguas Bravas Nicaragua
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