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Degradó el contenido de un artículo mío, asignándole un sesgo de agresión personal que no tiene. El artículo es una toma de posición en el frente de las ideas, que pudo propiciar un rico debate ideológico. A pesar del talante ofensivo y egocéntrico conque condujo el debate, hice un esfuerzo por responder con argumentos. Ahora los evade adoptando poses de gentilhombre con la honra mancillada. Solo le faltó nombrar padrinos y retarme a duelo.

Nada más alejado de mi ser que las animosidades personales, mucho menos con Onofre con quien en el pasado compartí idearios y luchas, y admiré su tesón de autodidacta que le permitió convertirse en un intelectual dotado de una vasta cultura. Si pensara que es un mercenario, se lo diría sin recurrir a insinuaciones, como se lo he dicho a quienes efectivamente lo son. Pero Onofre no lo es.

Lo que sí es, ya se lo dije: ideólogo de un sector de derecha y proimperialista que se autodefine como “demócrata” o “defensor de la democracia”; metido en rejuntas con urdimbres cuyos hilos los maneja el imperio; y obnubilado por un rencor–obsesión que le da sentido a su vida.

En cuanto al adjetivo “vergonzante” que me endilga no tiene nada que ver conmigo. Yo no tengo ninguna vergüenza en defender al actual Gobierno en lo que tiene de defendible. Como tampoco me da vergüenza criticarlo en lo que tiene de criticable. Seguramente soy el crítico más serio que tiene el presente Gobierno, porque mis críticas no son una copia o adaptación de contenidos que se escriben en “El País”, el “New York Times”, o el “Washington Post”.

Hasta mi próximo artículo, que no tendré el placer de dirigirlo a la fina atención de D. Onofre.