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En nuestra cotidianidad acompañada a la vez de continuidad y de cierta rutina, utilizamos conceptos, términos y frases de una extraordinaria profundidad filosófica y humana. Cuántas veces decimos a un hijo, hija, a un pariente, a un amigo CUIDATE, al que añadimos “que te vaya bien”, “que Dios le bendiga”, etc.

El concepto y término cuidate hace referencia al cuidado como elemento propio de nuestra esencia humana.

El cuidado apela a nuestro modo de ser, a la esencia misma del ser humano, al componente original de nuestra personalidad. Somos una realidad viva, material, emocional, mental y espiritual que actúa como un todo, que necesitamos traducirlo y convertirlo en cuidado, en cuanto núcleo de nuestro modo de ser. Cuidar lo que somos, dar sentido a lo que hacemos, comunicarnos con los otros para ser cada quien una persona en permanente desarrollo y perfeccionamiento.

No obstante, la vida se mueve diariamente en actividades, trabajos, preocupaciones, logros que nos sacan de nosotros mismos, de nuestro interior, en cuyo centro está el cuidado, en cuanto que todo eso que somos y tenemos, funcione y nos afirme como personas.

En mi interacción pedagógica con maestros y maestras me permito apelar a su interior y les insto a cuidar de su interior, como síntesis de lo que somos, integrando en él también lo exterior, la totalidad de nuestro ser.

Al expresarme en esos términos pienso en el cuidado como el modo de ser de cada quien, porque el cuidado asume y concentra toda nuestra realidad humana y personal, como algo esencial en nuestro ser. Para ello el ser humano necesita volver sobre sí mismo y descubrirse a sí mismo como cuidado. Cuidar ese modo de ser.

La puerta de entrada al cuidado, no es la razón calculadora, analítica y objetivante. Hay algo en los seres humanos que solo se encuentra en la especie a la que pertenecemos: el sentimiento, la capacidad de emocionarnos, de implicarse, de afectar, de sentirse afectado, en síntesis, de amar. Con eso acudo a un compañero para compartir las penas o los éxitos. Así se expresa el cuidado como esencia de nuestro ser, al que sin embargo no le ponemos la atención necesaria. ¿Cómo es posible no dedicar lo mejor de nosotros mismos a nosotros mismos? No siempre cuidamos de nosotros mismos con el debido cuidado.

Los maestros y maestras sentimos que ser generoso consiste en dar, en dar siempre, sin descanso y que ser egoísta es todo lo contrario.

Cuidar de sí y ser generoso son realidades que en los maestros van juntos. Puedo pensar en mí y cuidar de mí a la par que doy. Cuando estoy lleno es cuando puedo dar y dando es como me lleno. El trabajo del maestro, maestra no tiene límites ni fondo porque en él está presente el amor. Amarse y cuidar de sí, y amar y cuidar de los demás como de uno mismo, es el sentido profundo de nuestro trabajo educativo. El camino del amor es el camino del amor total: a uno mismo y a los otros. El amor a los otros, cuidar de los otros, acercarnos a nuestros estudiantes, interactuar pedagógicamente con ellos, se nutre del amor a uno mismo, del cuidado de uno mismo, de penetrar en nuestro interior, de interactuar con todo lo que somos, tenemos y lo proyectamos como maestros.

De ahí la importancia del cuidado como núcleo de nuestro ser. Este cuidado que somos nosotros nutre el cuidado de nuestros estudiantes, de nuestros compañeros y compañeras de trabajo. También en ellos el cuidado es el núcleo de su ser. Por eso es muy importante el cuidado como esencial a nuestro ser de maestros en la interacción pedagógica entre personas.

De esta manera el cuidado compartido engendra un clima psicoafectivo y psicosocial muy positivos que favorecen directamente la interacción y la motivación para los aprendizajes de calidad, tanto de los estudiantes como de los propios maestros y maestras. El cuidado es esencial en la vida y labor de nuestras maestras y maestros.

 

7 de junio de 2013.

* Ph.D. IDEUCA