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Escritas con una gran conciencia del oficio, La muerte del hombre-símbolo y Narciso resultaron dos noveletas magistrales. Y no solo desde el punto de vista técnico. Ambas de José Coronel Urtecho (Granada 1906-Los Chiles, Costa Rica, 1994), fueron publicadas en la Revista Centro, de Managua, en 1939. Pero carecieron de recepción alguna, pese a que reunían la audacia del innovador y la erudición del aficionado.

Basta citar los epígrafes en inglés que guían los contenidos de cada una. En el caso de La muerte del hombre-símbolo, esta frase de Aldous Huxley: “The foundation of morality is to have done, one and for all, with lying” (“El fundamento de la moralidad es haber terminado, de una vez por todas, con la mentira”). En el de Narciso, esta otra de H. L. Mencken: “Man makes love by braggadocio. Woman makes love by listening” (“El hombre hace el amor por jactancia; la mujer escuchando”).

Sin embargo, en 1968, 1972 y 1986 estas dos piezas narrativas, próximas a la maestría, se reprodujeron en Nicaragua y Costa Rica. Al respecto, en el texto de la contratapa de la edición de 1972 se les reconoce su centelleante inteligencia y humor, así como su prosa cristalina, añadiendo que “habrían creado género y escuela en Hispanoamérica de haber tenido, a su hora, la debida divulgación”.

La muerte del hombre-símbolo consiste en la sátira a la falsa moral, representada por el jefe del gobernante Partido Moderado que no cree en los principios que proclama. Aludo al doctor Briones Cardoza, uno de los protagonistas, amigo del padre de Francisco Martínez R., quien había fallecido en 1914. Martínez R., ex agente de la Real Silk en Estados Unidos y América del Sur, es el otro protagonista y el narrador-testigo de la historia, escrita en San Salvador cuando ya todas sus acciones han acontecido en Nicaragua.

Realmente, su desarrollo es fascinante. Por ejemplo, el narratario a quien se dirige el narrador no es el lector en general, sino el grupo de aquellos que considera a Martínez R. un mentiroso y un difamador de Briones Cardoza; sin embargo, Martínez R. no espera que la verdad sea creída ni que la justicia sea otorgada.

El hecho es que Martínez R. ahijado y confidente de Briones Cardoza (prototipo del moralista, la encarnación de la formalidad, el modelo del hombre serio), revela la duplicidad de este durante sus conversaciones y entretenimientos habituales. Así, en el capítulo V, indica que los fines de semana los pasaban en la hacienda “Las Limas”, bebiendo, jugando naipe, hablando de mujeres, murmurando de los políticos y leyendo novelas policíacas. Pero las cubiertas de estas novelas ostentaban títulos de autores clásicos: La “Ópera Ciceronis” ocultaba las “Aventuras de Sherlock Hölmes”, de Conan Doyle; y la “Ética a Nicómano” de Aristóteles, las “Aventuras de Arsene Lupin”.

A esta afición secreta y disimulada por las novelas policíacas agregaba su afición a los juegos de azar –contra los cuales emprendía campañas– y a la bebida –pese a sus públicas declaraciones antialcohólicas– entre otras expansiones. Pero, al caerse de una escalera en su biblioteca, se rompe la columna vertebral y, antes de fallecer, llama a Martínez R. para encomendarle que difunda su verdadera naturaleza humana quince días después de su entierro. El ahijado le cumple. Sin embargo, las acusaciones desatadas contra él lo llevan a la cárcel; luego, obligado a retractarse, sale de ella. Estalla en cólera cuando se entera que el texto que había redactado se suplantó por otro. Su concuño –importante miembro del Partido Moderado– le sugiere abandonar Nicaragua y la mañana siguiente lo expulsan en un avión a El Salvador, donde cuenta toda la historia y se dedica a leer a los clásicos verdaderos.

Coronel Urtecho plantea en esta primera noveleta la necesidad de una moral auténtica –sustentada en la verdad– y un rechazo del espíritu burgués, entendiendo por tal el comercialismo, la apariencia, la mediocridad, el mal gusto literario y la ausencia de originalidad creadora. La misma mentalidad vibra en su segunda noveleta: Narciso. En ella, retomando el mito clásico, exalta el ego del protagonista –Narciso Panni, cónsul del Perú y bisnieto de un comodoro italiano– cuyo refinamiento aristocrático lo manifiesta, por ejemplo, en su lectura de la vanguardia francesa (Valery Larbaud, Giraudoux, Cocteau, Gide, etc.) y en su colección de piezas artísticas modernas para defenderse del “pequeño campamento de proletarios y mercaderes” que era Managua entonces, ajena al arte, al idealismo, al savoir vivre. Y su mayor rechazo lo manifiesta hacia el matrimonio (tumba del amor) como falsificación de la relación humana y consumación comercial. Tal fue el de Clara Fonte –la joven que idealiza al máximo Narciso– y el costarricense don Cleto Saborío (un hombre corpulento, redondo y rubicundo, viejo lleno de sabia y de vigor como un tomate gigantesco).

Identificado con el protagonista, Coronel Urtecho repugna del profesionalismo mercenario (de ahí su disgusto al ser identificado como doctor y licenciado por Clara Fonte) y defiende su independencia de amateur y elegancia de diletante. De esta manera, reflejando su naturaleza egocéntrica, escribe su noveleta en forma de diario para cuestionar sarcásticamente el tipo de relaciones predominante en la burguesía de la época.

 

* Escritor e historiador