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José Ortega y Gasset en su libro “Ideas y creencias” decía que las ideas se tienen pero en las creencias el hombre se establece en la existencia”, puesto que no hay vida humana que no esté montada sobre ellas.

Las creencias constituyen la base de nuestra vida, porque ellas nos ponen delante de lo que para nosotros es la realidad misma. Por las creencias nos movemos en la vida y por ella somos lo que somos. Además, por nuestras creencias le damos un sentido a nuestra existencia. Las ideas, en cambio, nos dice Ortega y Gasset, necesitan de la crítica como el pulmón del oxígeno “para sobrevivir, ser cambiados o para enriquecerse y prosperar”.

Algo tan íntimo como son nuestras creencias, como las ideas que tenemos sobre nosotros mismos, la sociedad, el mundo o Dios, no se pueden separar, aislar y estratificar aparte de la “personalidad” individual de cada uno.

El filósofo existencialista Gabriel Marcel dijo en cierta ocasión que cada uno de nosotros es, en un sentido estricto, su cuerpo. Yo no “tengo” un cuerpo, “soy mi cuerpo”, que es algo muy diferente. Lo mismo podemos decir de nuestras ideas y creencias, a saber, somos ellas y de ellas dependemos.

Cuando mi pensamiento concibe una idea original, en el acto busco la seguridad en la ley de “derecho de autor” y le pongo “mi nombre”. Ahora bien, si mi idea no comulga con otras ideas de su mismo género, tengo también el derecho a defenderla y a promulgarla libre de coacciones sociales o estatales, siempre y cuando sea buena y constructiva.

Lo mismo pasa con las creencias, pero con una enorme diferencia: que estas son más “personales” que las ideas. No solo tocan a la inteligencia del creyente, sino también a sus afectos y a su voluntad afectiva. De allí lo delicado que es atacar frontalmente (a nivel intelectual) una creencia que consideramos tonta y absurda.

Las cuestiones de fe, decía Jacques Maritain, son muy diferentes a los asuntos que trata la ciencia. El conocimiento científico es “objetivo”, mientras que la vivencia de la fe es “subjetiva”, puesto que su relación es con otra “persona”, Dios, y no con un objeto de conocimiento, como es el de la ciencia.

De modo que cualquier ataque a nuestras “creencias” o a nuestras “ideas” es “personal”, puesto que hiere en lo más íntimo de nuestro ser, y más cuando amamos con profundidad lo que creemos o pensamos. Pero de ambos, las creencias se llevan la peor parte porque en ellas “todo” es “personal”.

Las ideas, en cambio, son un producto especial y único de nuestro conocimiento y experiencia acumulada a través del tiempo. Su nacimiento en nuestro fuero interior es de lo más personal y, por consiguiente, son, en cierto sentido, la manifestación más palpable y clara de nuestra propia personalidad. Algunos, como Sócrates, dieron hasta su vida por ellas.

Es verdaderamente escandaloso que ciertas personas crean todavía que pueden separar, como una “entelequia momificada”, la “persona” de sus ideas y creencias y hasta se atrevan a declararles una guerra sin cuartel, diciendo maniqueamente que las ideas no tienen derecho.

Si alguien viniera a nuestro encuentro diciendo: no respeto ni tus ideas ni tus creencias, solo tu persona, ¿quién de nosotros no responderá con un puñetazo a quien nos salga con semejante disparate?

 

* Ph.D. Catedrático de Filosofía, Ave Mari University