•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Todo ser humano tiene su historia. Las de los niños pobres son análogas en privaciones, humillaciones y sufrimientos de todo género. Las autobiografías de Dickens y Gorki laceran el alma. La dramática niñez de Darío impacta, solamente que este, en la fatamorgana de su sibarítica vida, olvidó su origen social, convirtiéndose en histrión de sus oportunos mecenas.

A los quince años ingresé a la Escuela de Radio de la Guardia Nacional. En 1941 fui alistado en el Cuerpo de Radio Transmisiones con el # 9744. Muchos años antes me precedió el poeta Manolo Cuadra con el # 5349. No nos conocimos, pero pareciera que, por esas cosas de la vida que solo la parapsicología podría explicar, el espíritu de rebeldía de Manolo transmigró al mío, ya que fui su homólogo en ese campo, como lo certifican las prisiones y Consejos de Guerra que sufrí; el último un Consejo de Guerra General en Ocotal, en 1948, que motivó mi baja del ejército “por conveniencia del Gobierno”, después de seis meses de sufrida prisión en que estuve al borde del suicidio.

Intelectualmente, el Cuerpo de Radio Transmisiones era la élite de la Guardia Nacional. De él salieron poetas como Manolo; historiadores: Alberto Toledo; narradores deportivos: Orlando Sunsín, y Francisco Rodríguez Téllez, fundador-propietario de Radio Reloj, galardonado por la Cabalgata Deportiva Gillette; Leo Gurdíán, caricaturista del diario La Prensa y La Semana Cómica, escritor y cuentista, ganador en Costa Rica en el año 2000, del primer lugar en el Concurso Teleclub que dirigía en TV4 la señora Inés Sánchez de Revuelta; hombres de empresa: Anselmo Sequeira, propietario de la ferretería “El Sargento”, en alusión al rango que alcanzó en la GN; Hernán Cortez, propietario de una granja avícola en Chinandega; ejecutivos: Fidel Villacorta, uno de los Vicegerentes del naciente Banco de América; y este humilde servidor, quizá el único sobreviviente de todos, conocido ya por mis controversiales escritos, internacionalmente a través de Internet. Todos ostentamos nuestros galones de cabos y sargentos.

Una mayoría en el ejército nos malquería. El padre Kiene, sacerdote alcohólico, cuando su superior eclesiástico lo internaba en el Campo de Marte, mientras superaba sus crisis alcohólicas, en el comedor nos miraba con ojos de odio, y decía que éramos elementos peligrosos, revolucionarios, subversivos. En realidad éramos jóvenes alegres, traviesos y bullangueros, y sobre todo, seres pensantes.

Los miembros del Radio éramos, por el uniforme, militares por fuera, pero de impecable espíritu de civilidad interior. Ninguno de nosotros sirvió jamás para integrar grupos represivos, como esa indeseable horda antimotín, que calificarían con justicia “Batallón Pitbull”, sustituta de la EBI somocista, utilizada por gobiernos que se autollaman socialistas y cristianos, más proclives al uso de la fuerza que al diálogo. De acuerdo con Ortega y Gasset, la violencia popular “es la razón exasperada”, y el uso de la fuerza gubernamental “la Carta Magna de la barbarie”. Nosotros los del Radio nunca fuimos bárbaros. Josecito Cuadra moría de risa cuando le decía que en la Guardia superé a su hermano, porque yo alcancé el rango de cabo, y Manolo no pasó de raso.

El pasado 29 de mayo cumplí 89 años; siento que la vista se me apaga, los oídos se me cierran, mi tambaleante cuerpo necesita de bastón, el ineluctable fin está próximo, pero me voy tranquilo y limpio. Honré, como soldado, al Ejército; como hombre, a la sociedad; como padre, a mis hijos, como nicaragüense, a mi país; y como escritor y poeta, a las letras.

Esta poesía me la inspiró el sufrimiento humano:”El pueblo es Prometeo, encadenado siempre por unos y por otros. Es Tántalo, sediento todo el tiempo de realizar hambriento sus múltiples deseos, sin conseguirlo nunca. Es Teseo, perdido y sin consuelo en laberinto eterno de insultos y escarnios, sin encontrar el hilo de Ariadna que le guíe hacia la ansiada libertad perdida. Es Ícaro, que alza vuelo con anhelo de cielo, en busca de espacios libertarios, para caer vencido con sus alas de cera derretidas al sol de amargos desengaños, y regar de nuevo con abundantes lágrimas, la yerma tierra del odiado suelo”.

El próximo año quizá no estaré entre los vivos, pero hoy, como el médico a Garrick, os doy por receta este consejo: Guardaos de quien haya estado en un convento, “detrás de la cruz está el diablo”, le dijo el cura al barbero cuando quemaban los libros de don Quijote.

 

* Escritor autodidacta. Ex militante

de la Legión del Caribe.

Tel. 2268-9093