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A finales de este mes, el próximo 29 de octubre, la Asamblea General de las Naciones Unidas discutirá, por decimoséptima vez, un proyecto de resolución contra la más universal y prolongada canallada, expresión violatoria del derecho internacional, de los derechos humanos y de la soberanía de un pueblo: el bloqueo de medio siglo impuesto por el imperialismo contra Cuba. El nombre oficial de la propuesta de la delegación de Cuba es: “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”.

El debate de este tema en la Asamblea General, según una resolución aprobada el año pasado, se hará sobre la base del informe del Secretario General respecto a las afectaciones del bloqueo contra Cuba, cuyas cifras se elevan ya a 93 mil millones de dólares, de los cuales 3 mil 775 millones de dólares corresponden sólo al año 2007. El informe que contiene éstos y otros datos, fue elaborado con la contribución de más de cien países, veinte agencias de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales.

Con el respaldo mayoritario recibido en las asambleas anteriores, más el conocimiento mundial de los perjuicios del bloqueo que han sido comprobados año con año, será muy difícil que la propuesta de Cuba no sea ratificada otra vez, con la misma contundencia. Pero Cuba espera una votación superior a los 184 votos conseguidos el año anterior, cuando estuvo a sólo siete de los 191 que harían la unanimidad, descontando, por supuesto, a los Estados Unidos, el miembro 192 de la ONU.

En este momento de grave crisis financiera que tambalea al poderoso sistema económico de los Estados Unidos, la mayoría de los países –incluidos muchos de sus aliados ideológicos—, estarán más convencidos que nunca de lo grave que es para la economía de un pueblo pequeño como Cuba perder casi cuatro mil millones de dólares en un solo año. Esa circunstancia es agravada con la contribución destructiva que las fuerzas ciegas de la naturaleza le han hecho a la acción consciente de las fuerzas políticas del imperio. Los huracanes Gustav e Ike han unido su acción destructiva a la acción del más amplio, más completo, prolongado y exhaustivo programa destructivo de los gobiernos de los Estados Unidos contra Cuba.

Es natural, entonces, que ante esta flagrante, masiva y sistemática violación de la soberanía y los derechos humanos del pueblo de Cuba, el bloqueo signifique a la faz del mundo lo más inmoral y repulsivo, como pocos acontecimientos pudieran serlo, y reciba la condena incluso de países adversarios del sistema político-social cubano. Esto causa deterioro político y moral a los autores del bloqueo, lo cual es una razón más para que el mundo le dé cada vez un superior apoyo a la demanda de Cuba.

No obstante, hay amplios sectores que aún no se han sensibilizado por desconocimiento y porque apoyan el bloqueo por asuntos ideológicos, alimentados con la trasnochada propaganda anticomunista contra Cuba, el único y pobre sustento de esta propaganda—. A los primeros, les convendría seguir las discusiones en torno al informe que habrá en la Asamblea General de la ONU, porque a esos sectores les han enseñado, entre otras superficialidades, a comparar de forma simplista la difícil situación del abastecimiento en Cuba con las abundantes ofertas del mercado en los países, tan pobres como la nación antillana, pero nunca sometidos a los efectos desastrosos como los del bloqueo.

Además, tendrían un estímulo para averiguar por su cuenta, la razón por la cual es posible que la Cuba bloqueada y agredida mantiene –entre otros avances socioculturales— un sistema de salud y educación al mismo nivel o en otros casos, superior al de países más grandes que no sufren ninguna agresión externa. Valorarían otro hecho sin precedente en la historia, cual es el extraordinario humanismo de la revolución cubana, que a pesar de las dificultades que para el desarrollo de una vida normal y las pérdidas que le causa el bloqueo, mantiene avanzados sistemas de salud y educación, los cuales, por si fuera poco, los comparte de forma generosa con otros pueblos. Y esto incluye, para mayor gloria de Cuba y para vergüenza de los Estados Unidos, la formación gratuita de médicos en la Universidad Latinoamericana de Medicina, de jóvenes norteamericanos pobres.

También podrían explicarse una contradicción que tienen frente a sus ojos y no todos la ven: los supermercados de nuestro pauperizado país rebosan de mercaderías y alimentos, pero la mayoría de nuestros conciudadanos ni siquiera los conocen, menos que puedan adquirir algo de lo mucho que ofrecen. También podrían salir del pobre esquema mental del socialismo “malo” y del capitalismo de “abundancia y progreso”, y adquirir una visión más real del mundo en que vivimos. Por ejemplo, tratar de encontrarle una razón al hecho de que en un país lleno de supermercados, nuestra niñez sufre de desnutrición en grados y porcentajes absolutamente desconocidos en Cuba.

Pero, a pesar del aislamiento y del desprestigio que han conseguido los autores del bloqueo, lo siguen operando conscientes de que se trata de un genocidio en perjuicio de un pueblo, de acuerdo con las calificaciones que han hecho del genocidio las Convenciones de Ginebra. Concretamente, todo lo que significa la política y las acciones estadounidenses de bloqueo contra Cuba están tipificadas por la Conferencia para la Prevención y la Sanción del Delito de 1948.

Todo el orden jurídico internacional sustenta la obligación, desde luego que también para el arrogante imperio gringo, de no desarrollar las actividades que ha venido desplegando por medio del bloqueo. Es lógico que, por este hecho, el bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba aumente su aislamiento y su desprestigio. Aparte de lo siete países que hasta el año pasado le acompañaron con sus votos, la guerra económica contra la isla heroica ha hecho extensiva sus consecuencia contra los derechos de la soberanía de terceros países, sus empresas y sus ciudadanos, dado que la Ley Helms-Burton, como es sabido, le ha dado al bloqueo un carácter extraterritorial.

Incluso, viola los derechos políticos y humanos de sus propios ciudadanos y de los cubanos residentes en los Estados Unidos, uno de cuyos perjuicios es no permitirles viajar a Cuba. Esta violación la complementan con las restricciones a los viajes legales desde Cuba hacia Estados Unidos –contrariando los acuerdos entre ambos Estados—, junto al estímulo de concederles asilo protector a quienes arriesgan sus vidas viajando ilegalmente por el mar. Luego, viene el cinismo de propagar cómo “el pueblo cubano” arriesga su vida para conseguir “su libertad”, mientras levanta muro y les da muerte a otros latinoamericanos en su frontera sur.

Son muchas las fechorías que el gobierno gringo comete apoyado en el bloqueo, el cual –demás decirlo—, debió de haber concluido desde la primera resolución de la Asamblea General de la ONU. Este próximo 29 de octubre, seguramente, el mundo votará otra vez a favor de la protesta cubana, pero también, una vez más, la arrogancia imperial lucirá su desprecio por la legalidad internacional. Pero no será Cuba la que le permita seguir con sus violaciones sin ser denunciadas, pues, además de ser su derecho, tiene la voluntad de no vacilar ni un instante en la lucha por hacerlo respetar.