Jorge Eduardo Arellano
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En un acto con líderes evangélicos, el Presidente Ortega comparó con Herodes a quienes procuran restaurar el aborto terapéutico. Por su parte, su esposa, doña Rosario Murillo, dijo en una entrevista que las organizaciones feministas nicaragüenses son falsamente feministas, que prefieren criar mascotas antes que niños, que la intención de restaurar el aborto terapéutico es contraria a la vida y los valores del pueblo nicaragüense. En fin, señaló que prácticamente son unas diablas. Diferentes artículos de medios afines al partido gobernante han secundado sus declaraciones.

Por si la pareja presidencial lo ha olvidado, me permito recordarles que la demanda de que el aborto terapéutico siga siendo permitido por la ley ha sido planteada con claridad por quienes más saben del asunto: la Sociedad Nicaragüense de Ginecología y Obstetricia, las Facultades de Medicina de la UNAN-León y UNAN-Managua; la Federación Latinoamericana de Sociedades de Ginecología y Obstetricia, la federación Internacional de Ginecología Obstétrica, y la Organización Mundial de la Salud. Haberse negado a escuchar los planteamientos de la ciencia antes de tomar una decisión sobre las leyes al respecto, queda para la historia como una soberana imprudencia de parte de los políticos de este país, incluyendo la dirigencia del FSLN.

Deben tener presente que de cada 1,000 personas en el mundo, 994 viven en países donde la ley permite el aborto para salvar la vida de las mujeres.

Por si no lo saben, diferentes encuestas en el país coinciden en que aproximadamente el 75% de la población está a favor de que la ley permita el aborto para salvar la vida de las mujeres. Entre los consultados están estudiantes de dos colegios de Matagalpa, incluyendo uno católico; mujeres que acuden a control prenatal en el centro de salud Perla María Norori, en León; los cibernautas de EL NUEVO DIARIO y habitantes de la ciudad de León, encuestados por el Centro de Investigaciones en Demografía y Salud, de la UNAN-León. En otras palabras, hay suficientes indicios de que si el pueblo fuera presidente, la ley nicaragüense permitiría el aborto terapéutico.

Les recuerdo que la doctrina católica, a la que tanto hacen referencia, permite el aborto indirecto, llamado así al que se practica con el fin de salvar la vida de la mujer, cuando salvar ambas vidas es imposible, y también que es moralmente inaceptable dejar morir a una persona cuando estamos en posibilidades de salvarla, que es precisamente lo que la nueva legislación nos exige a los médicos.

Aunque lo saben, les recuerdo que la abolición del aborto terapéutico a quienes tiende a perjudicar es fundamentalmente a las mujeres pobres, a las obreras, campesinas y desempleadas. Las que tienen dinero o poder, pueden ir a solventar su situación en Miami o en La Habana.

Protesto porque se diga que los movimientos feministas promueven el aborto. Ni ellas ni ninguna organización en Nicaragua andan animando a las mujeres para que aborten.

Entre las mujeres que conozco como miembros de las organizaciones feministas nicaragüenses, lo que encuentro es un trabajo en favor de la salud y derechos reproductivos, esenciales para el desarrollo de una nación, y un interés en que ocurra el menor número posible de abortos. La diferencia es que ellas, al igual que nosotros en las organizaciones médicas, y como ahora los legisladores mexicanos, estamos convencidos de que la cárcel no es una forma apropiada de enfrentar el problema.

Existen suficientes evidencias de que la mejor forma de prevenir los abortos es mediante la educación y el fácil acceso a los métodos de planificación familiar, que debieran ser complementados con la promoción de una sexualidad responsable, de una cultura de respeto a las mujeres, especialmente a las niñas, de manera que desaparezcan las violaciones; el fomento en las mujeres de la autoestima y de su capacidad para tomar decisiones en cuanto a la sexualidad y la procreación. La amenaza de cárcel tiene el serio inconveniente de que conduce a los abortos clandestinos e inseguros, que resultan en una elevada frecuencia de complicaciones y en una relevante causa de mortalidad materna en los países pobres del mundo.

Protesto también porque los voceros gubernamentales, más que presentar sus argumentos en contra del aborto terapéutico, se dedican a denigrar a estas mujeres, que en general merecen el respeto y el reconocimiento de la sociedad.

Para finalizar, está bien la preocupación de la pareja presidencial por la vida y bienestar de los no nacidos, pero es deseable que la misma se haga extensiva a los que ya estamos nacidos, evitando que sus seguidores amenacen con garrotes nuestra integridad física, como sucedió en León. Si en vez de una bolsa de aceite negro hubiera sido una piedra la que me hubiera golpeado, tal vez no estaría escribiendo este artículo.

(*)Departamento de Salud Pública, UNAN-León