Jorge Eduardo Arellano
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Antes de escribir mis artículos de opinión dejo pasar unos días para que sea la misma coyuntura la que me dé la pauta principal del escrito, sean los mismos acontecimientos los que definan los propios títulos que encabezan mis palabras. Trato siempre de desintoxicarme por todo el veneno que cada día se vierte en el ambiente de parte de aquellos que proclaman de la manera más hipócrita el amor y la reconciliación en sus medios y propagandas oficialistas. Hago un enorme esfuerzo de concentrarme en la nobleza y buenas personas de las cuales está compuesta la mayoría de la población nicaragüense. Veo los colores preciosos del guardabarranco, lo terso de los pétalos de la flor de sacuanjoche, la inocencia de nuestros niños cada vez que sonríen y me pregunto: ¿Que país les vamos a heredar a estos chavalos?
Dicen que el que se quema con leche hasta las cuajadas sopla. Si eso lo remitimos a toda la escalada de historia de violencia que ha tenido el pueblo nicaragüense significaría que de forma natural todos, sin excepción, deberíamos por todos los medios evitar cualquier tipo de discusión o confrontación que siquiera vislumbrara cualquier signo de violencia. Debo asegurar y sostener, sin temor a equivocarme, que ningún ser humano, ningún habitante de este país puede sostener una letra que conforme un argumento para justificar cualquier tipo de violencia o agresión en contra de sus hermanos.

Se han hecho grandes esfuerzos en materia normativa para crear un cuerpo de leyes que castigue la violencia no sólo contra las mujeres y los niños, sino contra cualquier ser vivo en este planeta; también se ha invertido mucho tiempo y recursos en promover una cultura de paz principalmente en aquellos países donde tienen graves antecedentes de confrontaciones irracionales.

Nicaragua, por ejemplo, ha dado grandes lecciones de reconciliación entre aquellos que no se podían ver ni a cien metros de distancia; los contras y ex miembros de las fuerzas armadas del otrora Ejército Sandinista son la mejor referencia mundial de tolerancia y hermandad. Países como Guatemala o El Salvador no han podido lograr semejante ejemplo de verdadera reconciliación.

La cultura de paz debería convertirse en nuestra guía de actuación permanente, si a todas luces la violencia y la confrontación, los golpes, los garrotazos, las pedradas o cualquier otro tipo de agresión que produzcan lesiones en contra de los individuos son rechazados de forma sincera. ¿Por qué hay grupos de fanáticos partidarios que se empeñan en usar la violencia como forma de refutar argumentos verbales que contradigan su forma de pensar?
Esto puede tener varias respuestas que no necesariamente puedan coincidir con la psicología o las ciencias políticas o sociológicas. Podríamos tratar de encontrar algunas coincidencias de este tipo de comportamientos anormales y que deberían constituir fenómenos sociales y no reglas cotidianas de comportamiento, por ejemplo: la criminología señala que el delincuente o el desadaptado social es aquella persona que producto de sus circunstancias difíciles de crecimiento en un entorno social viene adquiriendo malos hábitos y una distorsión de los valores sociales. Entonces los antivalores que anteceden a la delincuencia se adecuan a su forma de vida. Esto es propio de los asesinos, ladrones, pandilleros, violadores, descuartizadores de personas, y toda aquella lacra descompuesta de la sociedad. Para ellos su actuar es de lo más normal posible, entonces se tambalea la doctrina del arrepentimiento y entra en crisis el carácter reivindicativo del sistema penitenciario para aquellos que por fin acaban tras las rejas por la comisión de sus delitos.

¿Pero qué sucede cuando este tipo de actos vandálicos se convierten en una forma “normal y permanente” de comportamiento de organizaciones políticas? Este fenómeno es más grave de lo que podemos imaginar. Aceptar esto sin que se nos paren los pelos sería como aceptar de nuevo la esclavitud y los linchamientos raciales en nuestras propias calles. ¿Es que acaso ha cambiado la teoría política en las formas de alcanzar y mantener el poder?, ¿cuáles son las nuevas formas de convencimiento a los conglomerados sociales que no comparten las formas de gobierno de turno?, ¿las pedradas?, ¿los garrotazos?, ¿los fajazos?, ¿el asesinato por motivos políticos?
¿Todos estos seguidores partidarios actúan de forma consciente o irracional? Lo más lamentable es tratar de cualquier forma de justificar la violencia y la agresión. Hasta el mismo Código Penal establece el elemento de proporcionalidad. No es justificado combatir con fajazos las palabras. ¿Es ése el ejemplo que les estamos dando a nuestros hijos?
Cualquier ser humano inteligente sabe perfectamente que no existe ninguna razón para justificar las agresiones físicas o verbales para aquellos que no piensan igual que nosotros.

Es fundamental que todos estemos claros de lo grave del asunto, entonces se cae la teoría de la criminología, porque no son sólo personas desadaptadas las que caen en este tipo de situaciones, no es sólo la pobreza el origen de los delincuentes. Es absolutamente falso y discriminatorio este señalamiento. La violencia ahora la ejercen funcionarios públicos, diputados, concejales, candidatos a alcaldes, alcaldes, delegados de gobierno y ministerios; desmovilizados de las fuerzas armadas y del Ministerio del Interior que vivieron y produjeron mucha violencia; desempleados, empresarios, en fin, se han traspasado las capas sociales para juntarse en una escalada de daño que no tiene ningún tipo de justificación.

Si en la intimidad de su hogar y conversando con sus familias estos nuevos delincuentes se enredan en falsos argumentos para justificar sus actuaciones frente a sus sagradas familias y hacen lo imposible por convencerles en vez de reconocer sus errores garrafales de comportamiento delincuencial puro y duro, definitivamente que tienen gravísimos problemas mentales; son personas que necesitan castigo social y luego ayuda psiquiátrica o psicológica de emergencia para que logren entender la clara diferencia entre lo bueno y lo malo, entre lo negro y lo blanco, entre los salvaje y lo civilizado.

Definitivamente que estamos llegando a unos extremos en que las respuestas a la violencia serán de forma organizada y planificada. Corremos el riesgo de hacer de la venganza una forma de respuesta a los ataques que son víctimas aquellos que por ahora sólo se enfrentan con palabras. No debemos olvidarnos de que los antecedentes de confrontación son a veces como enfermedades incurables. Para muchos es más fácil defenderse de la misma manera en que son agredidos por sus adversarios y pueden cosechar estos nuevos delincuentes exactamente y más de lo que están sembrando con la violencia. Esto debemos evitarlo a toda costa cortando de raíz este mal que nos está ahogando cada día.

Pero lo más grave aún me parece que es la absoluta tolerancia que tienen de todo esto las autoridades que les corresponde perseguir el delito de forma oficiosa. De por sí existe una crisis de la credibilidad de las Instituciones, el problema es que actúan de forma eficiente cuando los violentos son los adversarios de quienes por el momento detentan el poder. Son eficaces en atacar y reprimir a los opositores, pero cuando son grupos político-partidario-delincuenciales se hacen de la vista gorda y se tragan todas las normas que los obligan a actuar para castigar el delito.

Sería lamentable que tras estas reflexiones los seguidores partidarios del gobierno lejos de corregir sus acciones delictivas, sientan placer de esto. Lo peligroso de todo es contaminar con esta enfermedad a aquellos que por ahora los adversan con protestas pacíficas. Si eso sucede, Nicaragua volvería a una cultura de terror que ya nadie podría detener.

Estamos a tiempo de parar esto, que cada quien asuma las consecuencias de sus actos; mañana nuestros hijos nos pasarán la factura de lo que hagamos o dejemos de hacer en bienestar de esta bella tierra.