Por Dani Rodrik
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  • CAMBRIDGE, MA.

El “gran pensamiento” del desarrollo siempre ha estado dominado por visiones integrales de cómo transformar a las sociedades pobres. Desde el llamado “gran impulso” hasta el “crecimiento equilibrado”, desde el “consenso de Washington” hasta las “reformas de segunda generación”, el énfasis siempre estuvo puesto en un cambio al por mayor.

La postura de hoy en materia de desarrollo no cambió en nada. La obsesión prevaleciente con la agenda de la “gobernabilidad” conlleva un esfuerzo general por remodelar las instituciones en las sociedades en desarrollo como prerrequisito para el crecimiento económico. El Proyecto Milenium de las Naciones Unidas implica un gran impulso de inversión, coordinada y de gran escala, en capital humano, infraestructura pública y tecnologías agrícolas.

Sin embargo, también ha habido disidentes iconoclastas frente a estos enfoques integrales, entre los cuales Albert Hirschman fue, sin duda, uno de los más distinguidos. De hecho, los aportes seminales de Hirschman ahora han sido reconocidos por el Consejo de Investigación en Ciencias Sociales de Estados Unidos, que este año estableció un premio en su honor.

Los intereses de Hirschman se alejaron del desarrollo económico en el curso de su ilustre carrera. Pero aún cuando participaba en debates sobre el desarrollo, frecuentemente les recordaba a sus contemporáneos que cualquier país que tuviera la capacidad de emprender programas integrales, por empezar, no sería subdesarrollado.

De hecho, una vez fustigó a John Kenneth Galbraith por enunciar una larga lista de prerrequisitos para que la ayuda extranjera sea efectiva. Si los países en desarrollo pudieran cumplir con estas condiciones, escribió, estarían en condiciones de enviar ayuda extranjera a Estados Unidos.

Hirschman creía que las posibilidades para el desarrollo económico no son tan limitadas como nos llevarían a pensar las teorías integrales. Los desequilibrios propios del subdesarrollo crean oportunidades que los estrategas políticos pueden aprovechar. En lugar de confiar en modas que vienen del extranjero, necesitamos buscar y experimentar soluciones únicas que nos permitan eludir las estructuras sociales arraigadas que inhiben el crecimiento.

Las visiones centrales de Hirschman sobre el desarrollo perduraron extremadamente bien. La lección clave del pasado medio siglo es que los estrategas políticos deben ser más estratégicos que integrales. Tienen que hacer lo mejor con lo que tienen en lugar de anhelar poder transformar su sociedad en general. Necesitan identificar prioridades y oportunidades, y trabajar en ellas. Deben buscar un cambio secuencial y acumulativo en lugar de un avance único y abarcador.

Los países exitosos comparten algunas características comunes. Todos ofrecen cierto grado de protección efectiva de los derechos de propiedad y cumplimiento de contratos, mantienen la estabilidad macroeconómica, buscan integrarse a la economía mundial y aseguran un contexto apropiado para la diversificación y la innovación productiva.

Lo que sí difiere es la manera en que se logran estos objetivos. Por ejemplo, una mayor integración con los mercados mundiales se puede lograr mediante subsidios a las exportaciones (Corea del Sur), zonas de procesamiento de exportaciones (Malasia), incentivos de inversión para empresas multinacionales (Singapur), zonas económicas especiales (China), acuerdos de libre comercio regionales (México) o liberalización de las importaciones (Chile).

Las políticas mejor diseñadas siempre son contingentes a las condiciones locales; hacen uso de ventajas preexistentes e intentan superar las restricciones domésticas. Es por eso que las reformas exitosas normalmente no se pueden trasladar con buenos resultados. Las reformas, después de todo, no son plantas de invernadero que se pueden transplantar a voluntad en cualquier suelo.

Es más, para generar crecimiento económico es necesario asestar en los blancos apropiados, no hacer todo al mismo tiempo. Lo que importa en todo momento es aliviar las limitaciones inmediatas de una sociedad -otra razón por la que se necesitan políticas diferentes para los diferentes lugares-. China estaba limitada por incentivos deficientes en agricultura a fines de los años 1970. Hoy Brasil está restringido por una oferta de crédito inadecuada. El Salvador está limitado por incentivos deficientes a la producción en bienes negociables. Zimbabwe está limitado por una gobernabilidad deficiente.

Todos estos problemas requieren métodos diferentes para destrabar el crecimiento. Lo que necesitamos son reformas selectivas y con objetivos precisos, no una lista de lavandería.

Los países empiezan a tener problemas cuando no utilizan los períodos de alto crecimiento para fortalecer sus cimientos institucionales. Dos tipos de instituciones, en particular, necesitan ser apuntaladas: las instituciones de gestión de conflicto para mejorar la resistencia de las economías a los choques externos, y las instituciones que promueven la diversificación productiva. El crecimiento colapsó en Africa a fines de los años 1970 por la debilidad de las primeras y fracasó en América latina después de la primera mitad de los años 1990 por la debilidad de las segundas.

Esta línea de pensamiento tiene vastas implicancias para el diseño de acuerdos económicos globales apropiados. Hirschman estaría horrorizado por el alcance de la intromisión en las decisiones políticas internas en la que incurren hoy en día la Organización Mundial de Comercio o el Fondo Monetario Internacional. Como burocracias internacionales con una inclinación por las "mejores prácticas" y patrones comunes, estas instituciones no están preparadas para la tarea de buscar senderos innovadores y únicos que se adecuen a las circunstancias particulares de cada país.

Sin embargo, Hirschman, sin duda, también criticaría a los gobiernos de los países en desarrollo por no asumir sus responsabilidades y por cederle el mando tan libremente a estas agencias externas. Porque, en definitiva, está en cada país decir "Gracias, pero no, gracias; lo haremos a nuestra manera".

Muchos economistas se mostraban escépticos frente al enfoque de Hirschman porque no podían encuadrarlo en la economía para cuya práctica habían sido entrenados. Pero, con el correr de los años, la economía también se ha vuelto más rica. Los modelos dinámicos se han vuelto mucho más comunes, floreció una economía de los "segundos mejores", la economía política ha dejado de ser alternativa y la economía actitudinal ha puesto en duda al "actor racional". En consecuencia, Hirschman parece cada vez menos el disidente que él mismo creía ser. Finalmente, el saber convencional tal vez lo alcance.

Dani Rodrik, profesor de Economía Política en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, es el primer galardonado con el Premio Albert O. Hirschman del Consejo de Investigación en Ciencias Sociales. Su último libro es One Economics, Many Recipes: Globalization, Institutions, and Economic Growth.

Copyright: Project Syndicate, 2007.
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