León Núñez
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A los 34 años de la

“batalla de Acoyapa”.

 

En Acoyapa, antes de 1979, sus pacíficos y hospitalarios parroquianos solían morir en la cama, de calentura o de viejos. Era evidente que con pobladores como los de Acoyapa no se necesitara de grandes destacamentos policiales para mantener el orden. Un sargento panzón, ya viejo, que siempre permanecía sentado y dormido en un taburete y un auxiliar G.N. conformaban todo el destacamento de la Guardia Nacional.

Horas antes de que los valientes de Carrión conquistaran Acoyapa, en junio de 1979, el Comandante G.N. y su auxiliar Carlos Castillo, autóctono de esa ciudad, se quitaron sus uniformes y se fueron como diciendo “este problema no es mío”. Al día siguiente Carlos Castillo apareció muerto, con la cara despellejada, en el empalme de la carretera El Rama-San Carlos.

Como no había con quien pelear —no hubo guerra, ni siquiera escaramuzas— un mentado Comandante Pancho instaló tranquilamente su cuartel general en el Club Social de Acoyapa. Inmediatamente se emprendió a las once de la noche la acción militar más arriesgada de su “larga marcha”: la toma de mi casa, en la que permanecían “atrincheradamente” dormidas mi esposa y mis dos hijas, Vilma y Violeta, de cuatro y dos años de edad. Fue una operación militar de asalto llevada a cabo con la “valentía” del soldado que se queda solo, cubriendo la retirada.

Los valientes de Carrión al penetrar en mi casa, con el tableteo de las ametralladoras como música de fondo, le exigieron a mi esposa que indicara el lugar en donde yo guardaba los lingotes de oro que me había robado con Somoza. En menos de cinco minutos “recuperaron”, no los lingotes de oro, sino las alhajas de mi esposa, alhajas que, según los valientes de Carrión, demostraban, de manera irrefutable, que ella era miembro de la CIA.

Mientras los entusiastas revolucionarios ordenaban a mi familia que abandonara inmediatamente mi casa, de la que no pudieron sacar ni siquiera un plato, mi hija Vilma lloraba para que le permitieran sacar su muñeca preferida. Una de las valientes de Carrión, que ahora es una fervorosa devota San Sebastián y de Santa Teresita de Jesús, le respondió con una patada que la hizo rodar por el suelo.

Yo no sé si el ex viceministro del Interior está consciente de su proeza militar en Acoyapa, así como tampoco sé si tiene conocimiento de los crímenes cometidos por sus valientes muchachos. Tampoco sé quién dio las órdenes. Lo que yo conozco son los nombres de los asesinados y los detalles del calvario que precedió a cada crimen. Todos fueron torturados antes de morir.

Fue asesinado don Celedonio Morales, el suegro del doctor Julio Ruiz Quezada, conocido abogado de Matagalpa. Antes de morir fue torturado con inaudita crueldad por la que ahora es devota San Sebastián y de Santa Teresita de Jesús, la que pateó a mi hija Vilma. Don Celedonio y su hermana, la profesora Matilde Morales, solamente bienes hicieron a su pueblo. Fueron los fundadores del Instituto de Segunda Enseñanza de Acoyapa.

Asimismo fueron asesinados don Gilberto González, padre del licenciado Gilberto González, así como también don Juan Espinoza Sandoval, padre del doctor Sebastián Espinoza y del profesor, historiador, poeta y antropólogo licenciado Wilfredo Espinoza. Fueron asesinados los hermanos Pascual y Celestino Murillo, hombres honorables, pertenecientes a una de las más antiguas familias conservadoras de Acoyapa.

Fue atroz el asesinato de don Maximiliano Ortega Trejos. Antes de asesinarlo lo torturaron salvajemente. Su madre, doña Ambrosia, ciega, suplicaba, llorando, hincada, que no mataran a su hijo. Sus súplicas fueron en vano. Fueron asesinados dos hijos de don Clemente Gálvez. Antes de morir les sacaron los ojos. Fue asesinado don Rafael Jiménez…

En fin, fueron muchas – más de 40- las personas que los valientes de Carrión asesinaron en el municipio de Acoyapa. Después de julio de 1979 continuaron los asesinatos en Acoyapa, pero cometidos por otros “valientes” muchachos.

Yo considero que es importante que el pueblo nicaragüense conozca todos los asesinatos cometidos en este país, y quiénes los cometieron. No importa si fueron cometidos por somocistas o sandinistas. El pueblo debe conocerlos para no olvidarlos.

 

NOTA: conocí hace más o menos siete años al comandante Pancho, Luis Carrión, en un almuerzo al que me invitó Herty Lewites para ofrecerme una candidatura a diputado por la alianza MRS –una diputación segura, me dijo–, ofrecimiento que naturalmente no acepté, por haber jurado hace doce años que NUNCA volvería a ser ni funcionario público ni militante, ni colaborador ni simpatizante de ningún partido político. Estaban también presentes en dicho almuerzo el doctor José León Talavera y el doctor Ricardo Zambrana. Hablamos de “la batalla de Acoyapa” y don Luis Carrión me aseguró que él no había mandado a matar a nadie, que no supo de ningún crimen, y que él ni me conocía, como para ordenar el saqueo y la expulsión de mi familia de mi casa.