Bayardo Altamirano
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Olvidándose del futbol, miles de brasileños salieron a las calles para protestar contra el alza generalizada en las tarifas del transporte público y los altos costos del Mundial, del cual se celebra un ensayo general. La Copa Confederaciones. Reclaman que el dinero usado en los estadios se invierta en educación, hospitales, ciudades limpias y denuncian la corrupción de los gobiernos.

En Porto Alegre y Recife, las manifestaciones lograron el anuncio que se reducirán los precios en metro, buses y tranvías. El alcalde de Sao Paulo, aceptó revisar el costo al público de los medios de transporte.

Las movilizaciones en las urbes brasileñas resultan notables no solo por el elevado número de personas que han participado y por la coyuntura en que ocurren, sino porque tienen lugar en un país cuyos gobiernos se han enfocado, durante la última década, en contener los factores originarios de los descontentos sociales y que parecía en consecuencia, poco propicio al surgimiento de estos.

Más allá de la opinión que se tenga sobre los gobiernos de Lula y Dilma, es innegable que han sido exitosos en el diseño y aplicación de políticas de generación de empleo. Crearon unos 18 millones de puestos de trabajo en los recientes 10 años, redujeron la pobreza y combatieron al hambre. Más de 30 millones de brasileños han transitado de estratos sociales bajos a la clase media en ese período. El crecimiento del poder adquisitivo del salario, ha aumentado más de 50 por ciento en términos reales desde 2003. La reactivación de las cadenas industriales ha dotado al país de perspectivas de desarrollo y dinamismo económico envidiables en el mundo.

Un elemento novedoso de las protestas en Brasil es la respuesta que ha tenido de la clase dirigente. A diferencia de la sordera y las reacciones represivas que caracterizan a otros gobiernos frente a movilizaciones similares, Dilma ha actuado con sensatez. Al grado que se dijo orgullosa de las movilizaciones y señaló que las voces de las calles merecen ser escuchadas. Similares expresiones ha utilizado Lula da Silva, quien señaló que nadie en su sano juicio puede estar en contra de las manifestaciones de la sociedad civil.

No obstante, estos matices que abren saludables perspectivas para una solución concertada en el gran país sudamericano, el claro origen social del descontento popular y el genuino carácter apartidista de las movilizaciones ponen en perspectiva un agotamiento y una necesidad de viraje por parte de la propuesta política de los partidos políticos tradicionales, particularmente del gobernante Partido de los Trabajadores.

Enmarcados en la crisis general capitalista, el estallido de descontento en Brasil se inscribe en un contexto de movimientos sociales de nueva generación que van desde la primavera árabe hasta el movimiento Ocupa Wall Street en Estados Unidos, pasando por los indignados de España y las protestas estudiantiles de Chile. Más allá de su heterogeneidad, estas expresiones de inconformidad tienen como denominador común el uso masivo y sistemático de las redes sociales y de las nuevas tecnologías de la información y comunicación, lo que los dota de enorme dinamismo, capacidad organizativa y proyección internacional.

Esos elementos tendrían que llevar a los gobiernos del planeta a verse reflejados en el espejo brasileño. Si el surgimiento de estas protestas es posible en un país, cuya política social y económica ha estado orientada a la atención de los rezagos económicos y sociales, mucho más lógico resultaría que expresiones similares de inconformidad popular ocurrieran en naciones, donde las causas originarias del descontento han sido desatendidas e incluso aceleradas y multiplicadas por la aplicación del modelo económico neoliberal depredador vigente.

 

* Docente