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A Thais Lucía.

 

Ese día, el aire del quirófano era más espeso de lo normal. Alrededor del paciente se arremolinaba un número inusual de instrumentistas, auxiliares, enfermeros, y el médico ayudante (un joven aprendiz con una pasión invencible por la medicina. Era mi tío. Él me refiere la anécdota).

Fuera del quirófano, también se asomaban varios familiares y amigos del paciente. No era una operación excesivamente complicada. Lo que la hacía especial era el paciente y el cirujano jefe. El primero estaba doblemente recomendado por un colega médico de gran reputación, y de una familia bastante conocida. El segundo, el doctor Sanz de Frutos, era un maestro de la cirugía, que había adoptado a mi tío como aprendiz en los últimos años de su carrera, y al que llamaba con cariño: “Sanchito”. (Recordé esta historia hace unos días, cuando una querida sobrina me dijo que se sentía “abrumada” por un examen de una competencia nacional al que tenía que asistir).

El viejo doctor solía entrar en el quirófano con una solemnidad casi marcial a la que su equipo respondía con un silencio de absoluto respeto. A mi tío le sudaban las manos. La anestesia ya había hecho su efecto. El maestro, ajeno a todas las expectativas, a la presión adicional que era saberse observado por los familiares directos del paciente, y una vez realizados los procedimientos previos, comenzó a abrir el abdomen con el bisturí. De esta parte, les ahorraré los detalles, pero “era un espectáculo ver a aquel hombre operar”, recuerda su joven ayudante; “no solo por lo que hacía, sino por cómo lo hacía”.

Habrían pasado tan solo unos 15 minutos, cuando el viejo maestro se retiró del campo quirúrgico con toda tranquilidad, y dijo: “Lo siento. Debo irme a operar a otro paciente más grave. Pero lo dejo en buenas manos”, clavando los ojos en su joven ayudante. Este se quedó estupefacto, y el resto del equipo boquiabierto bajo sus mascarillas. Fuera, los familiares del paciente no comprendían lo que pasaba. Entonces, el viejo cirujano añadió para que todos le oyeran: “Sanchito, haga usted sencillamente lo de todos los días”, dijo.

Mi tío reconoció la frase. Se la repetían mutuamente, como un mantra, antes de cada operación, ya fuese esta complicada o sencilla. Una forma de recordarse que había que seguir los procedimientos aprendidos; seguir paso a paso lo que había que hacer independientemente de la gravedad de la patología o de la relación con el paciente. Convertir lo extraordinario en una rutina. Hacer lo que se haría con cualquier otro paciente, en otras circunstancias, sin tantos ojos escrutándole. El cirujano, además, envió con su gesto otro mensaje: que en su camilla todos los pacientes eran iguales; todos merecían el mismo cuidado.

Con la frase, según mi tío, se le quitaron los miedos. Yo no sé si creérmelo. En una situación así, que era claramente una prueba arriesgada donde se jugaba la reputación no sólo propia sino de su maestro, un nervioso como yo no hubiera sabido dónde esconderse. El joven ayudante pensó que le hubiera gustado que las cosas hubieran sucedido de otra manera. Saber cuándo y cómo tenía que prepararse. Pero tuvo claro que aquel preciso instante, que se había presentado así, de manera imprevista, era su momento. Por ello, se cargó de responsabilidad, asumió el consejo y se dispuso a operar con toda serenidad, sin pensar en nada más. Supo que si no estaba a la altura de ese “su momento”, o lo dejaba pasar, se iba a lamentar toda la vida.

Al final, todo salió bien. Más tarde, se supo incluso que el viejo cirujano no se había ido del todo, sino que se había quedado cerca del quirófano, sin que nadie lo viese, por si era necesaria su intervención.

No sé si los familiares de aquel paciente siguieron confiando en el maestro o no. Lo cierto es que, desde que mi tío nos contó su bautizo como cirujano, no he dejado de recordarme esa frase para darme ánimos cuando tengo que hacer algo que considero extraordinario de la manera más práctica, más serena y sencilla posible: “Sanchito, lo de todos los días”, me digo. Y algunas veces, me ha funcionado. Buena suerte.

 

sanchomas@gmail.com