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En la Biblia no se observa una enseñanza antropológica sistemática. Tampoco vemos una propuesta de concepción filosófica. Sí se revela el anuncio de ese evento histórico- sobrenatural del misterio y salvación a través de Cristo.

Quienes adversan la palabra de Dios contenida en la Biblia persisten en cuestionarla como un mito judío-hebraico surgido de pueblos no semitas, cuyos orígenes se remontan al segundo milenio a. C. en el norte de Mesopotamia. Desde esa perspectiva antropológica se escurren los deseos de confinarlo a un espacio espiritual.

En la Grecia presocrática, Protágoras enseñaba que “el hombre es la medida de todas las cosas.” Esta línea de pensamiento -precursora de la razón pura de Kant- negaba la existencia de un concepto teogónico aceptado por todos. Rechazó el valor de una teología irrelevante en la vida diaria y declaró que las reglas éticas solo deben asumirse de acuerdo con el propio interés: relativismo filosófico.

La mayéutica socrática hizo hincapié en el escrutinio personal de nuestras creencias a través de un planteamiento crítico y racional de los problemas éticos que generan nuestras propias ideas sobre la existencia. Pero fue la clasificación aristotélica y jerárquica de la naturaleza, el mayor factor de influencia en los teólogos cristianos de la Edad Media que intentaron utilizar la razón humana para comprender el contenido sobrenatural de la revelación cristiana.

De este parto filosófico surge la escolástica medieval, hija de una teología que controló por siglos la filosofía. Hasta que estas ideas se volvieron una continuidad del pasado colisionando con la ciencia y la Ilustración, que demandaban explicaciones racionales, no citas de antiguos maestros clásicos y decretos episcopales de los Padres de la Iglesia que habían hecho de la Biblia un tratado filosófico ininteligible.

¿Una Biblia filosófica? Sí, para quienes así lo interpretaron prolongando el vacío espiritual del ser humano. Abandonaron el mito por el logos. Aquella mitología griega rica en dioses y mitos propios de una mentalidad ingenua, infantil y prelógica se sumerge en una etapa racional, madura y científica. Solo que la Biblia no es el rayo colérico de Zeus ni la peste tiene su origen en la ira apolínea por las ofensas lanzadas a sus sacerdotes en La Ilíada de Homero.

Este prejuicio positivista y cientificista no alcanza lo bíblico. El politeísmo griego abunda en dioses y semidioses con elementos míticos irracionales. En todo caso, fue el catolicismo que desvirtuó la palabra de Dios anexando elementos concebidos a través del sincretismo religioso que ahora son dogmas de fe sin base evangélica sólida: María y los santos. Un panteón de venerables deidades sostenidas sobre tradiciones humanas e históricas, pero no en su autoridad: La palabra de Dios.

El amor a la sabiduría o el conocimiento de la cual derivan algunas filosofías: hedonista, racionalismo cartesiano, evolucionismo, marxismo y existencialismo, son la raíz del materialismo dialéctico humanista que no es similar al amor a Dios. Sí es la raíz del ateísmo que postula que “negar a Dios es la única forma de salvar al mundo” según Nietzsche.

En un planeta sumido en esta época de confusión económica y espiritual: ¿Dónde está el sabio? El mensaje de la Biblia no es intelectual ni la salvación de la humanidad proviene del materialismo. ¿Cómo es posible que a través de la muerte de Cristo, dos mil años después, los hombres logren transformar sus vidas y encontrar en ese hombre la sabiduría del universo? Por eso Dios desechó la sabiduría de los entendidos no con huecas filosofías. Sino con Jesús: poder y sabiduría de Dios.

 

* Médico cirujano