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El 12.04.13, no habiéndome llegado la factura del consumo eléctrico, después de retirar mi pensión en Banpro, me crucé a Unión Fenosa con la lectura del consumo que dejan en nuestras casas, a pagar el período comprendido entre el 11.03.13 y el 11.04.13. El cajero de la ventanilla de los de tercera edad, me dijo que bien podía pagar con el papelito de la lectura, cuyo monto consistía en C$ 1,174.15. Pagué y obtuve el recibo bien impreso.

El domingo 14, una nieta pagó en Western Union la factura formal # F222013041032143, la cual, ya había yo pagado. Al percatarme de de la duplicidad del pago, lo hice del conocimiento del cajero a quien había yo pagado, cuyo nombre es José Ricardo Williams, quien, habiéndole yo comunicado que el recibo que me extendió se me había perdido, se hizo el desentendido, pidiéndomelo en reiteradas veces con altivez.

Trasladé mi reclamo al joven Darwin Flores, quien me sugirió que llegara al siguiente día para exponerle el caso a la gerente Darling Varela. Cuando nos presentamos ante ella, Darling fingió estar enchufada a la computadora. No nos volvió ni a ver.

Doloroso es confesarlo: pasé, como veterano de la empresa privada en donde tuve jefes que me trataron dignamente, por la pena de ver a un muchacho tan caballeroso como Darwin, acercarse con notoria timidez a alguien que ha descubierto la alegría de creerse importante y mirar a los demás como vasallos. La actitud de la señora Varela confirma mi tesis de que no es el puesto el que da importancia al individuo, sino que es este el que da importancia al puesto. Dimos la vuelta, sin ser atendidos.

Me explicó el joven Flores que cuando ellos extienden un comprobante, es reglamentario dejarse una copia, y que todas las operaciones del día son enviadas a las oficinas centrales, por lo cual pedirían las operaciones del día 12, para efectuar un escrutinio que se realizaría el 30 de abril.

Cuando el 3 de mayo me presenté a conocer el resultado de la investigación, me comunicó Darwin que en las operaciones del 12 de abril no aparecía el pago efectuado por mí, por lo que, prácticamente, asalté el despacho de la señora gerente, quien, a pesar de tener dos sillas para atender a los reclamantes, ignora a estos. Ni a mí, por mi edad, 89 años y de bastón, ni a la dama que me precedió, nos ofreció asiento.

El nudo gordiano en cuestión, que acepto razonablemente, es no tener comprobante alguno. Pero ante mi pregunta a la señora Varela, de cómo es posible que, habiéndoseme extendido un recibo perfectamente impreso, no aparezca en la memoria de la computadora, ni en el archivo de las operaciones de ese día, ella me respondió que “algunas veces hay problemas en el sistema”; argumento no válido, puesto que cuando hay problemas en el sistema, el servicio no puede darse. Está plenamente confirmado que en informática pueden cometerse toda clase de delitos. La señora Varela no me conoce, pero quienes me conocen, no dudarán jamás de mi palabra.

Es preocupante que, habiéndose generalizado en todos los niveles sociales la cultura del robo, se le birle impunemente a un anciano el cincuenta por ciento de su mísera pensión. No fue un asalto callejero, ni al amparo de la noche, fue en una respetable oficina colmada de personas, a plena luz del día, con todas las lámparas encendidas, consumado por un joven funcionario de roja corbata.

Recomiendo a los señores de Unión Fenosa que pasen a sus gerentes por cursos intensivos de trato social; que además de ser jefes, sepan ser amigos de sus subalternos. Las medianías con autoridad suelen ser el desprestigio de una empresa.

El 1º. de mayo, olvidando el Síndrome del Figureo del doctor León Núñez, cometí la ingenuidad de llamar a su casa a Jorge Katín, funcionario de Unión Fenosa, para, de periodista a periodista, comunicarle el problema. Me pidió el número de teléfono, que no anotó, el número NIS, que tampoco anotó, prometiendo llamarme al día siguiente. Ni me llamó, ni esperé su llamada. Los grandes hombres no se ocupan de pequeñas cosas, y ya don Jorge es hombre grande. Las alturas marean y el poder muda el carácter. Grandes torres han colapsado, pero la llanura espera siempre a sus hijos.

No todo fue acíbar en este embrollo. La caballerosidad de Darwin Flores y la dulzura de la joven Lelyeth Huerta, que me atendieron con ética profesional, amortiguaron mi justa indignación. Sirva mi denuncia como una clarinada de alerta a los abonados de Unión Fenosa.

 

* Escritor autodidacta.

2268-9093