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A medida que nuestra sociedad se ha ido industrializando, haciéndose más urbana y más dominada por la tecnología, se ha vuelto también menos estable. La sociedad y sus costumbres cambian con más rapidez que nunca.

Los tiempos exigen nuevos inventos, nuevos procedimientos y nuevos conocimientos; lo que hoy es una gran innovación, mañana habrá pasado de moda. Es una sociedad tan cambiante, la gente se apasiona por estar al día. Esta condición mental afecta nuestros gustos, valores, y hasta nuestra conducta. Pasamos locamente de una moda a otra en el vestir, la música, las diversiones o el estilo de vida.

La humanidad se deslumbra por su propia inventiva. Podemos persuadirnos fácilmente de que el mundo se acerca a un cambio revolucionario que lo hará entrar en una era nueva y dorada, en que el genio humano podrá resolver todos nuestros problemas y que la ciencia y la técnica nos van a liberar de todas nuestras antiguas limitaciones.

La Fe cristiana nos enseña que pensar así es engañarse. La tecnología no es mala por sí misma, sirve para aliviar el sufrimiento y reducir las dificultades. Pero lo que es contrario al Plan de Dios, es que los humanos rindan culto a la técnica o la usen para revelarse contra Él.

Nos deslumbran los que poseen muchos títulos universitarios. El ejecutivo que logra grandes ganancias para su empresa recibirá muchos honores. El valor de las personas depende ahora de los bienes o servicios que pueden producir; automáticamente se les considera menos útiles o valiosas. Se le atribuye tanta importancia a los nuevos conocimientos, inventos y tecnología, que a los ancianos se les considera no como los sabios de quienes podemos aprender lo más importante de la vida, sino como “pasados de moda”, que ya no tienen nada qué ofrecer: “tus ideas son anticuadas; ya no sirves para nada”.

Durante la juventud nos movimos mucho, en la madurez tuvimos responsabilidades, en la vejez nos vamos retirando, porque ya no estamos a la altura de los tiempos. No me gustaría ser un estorbo. Pero debo prepararme para lo que Dios quiera. Nuestro organismo comienza a dar señas de debilidad; esto nos hace recordar que no vamos a vivir para siempre. La edad nos hace ir aquilatando experiencias. La vejez tendrá ciertos ingredientes desagradables: la muerte de los amigos, la pérdida de las facultades físicas e intelectuales.

Escribía Santa Teresa: “Todo cansa, todo fatiga, todo atormenta. Si no es con Dios o por Dios, no hay descanso que no canse, porque se ve ausente de su verdadero descanso”.

La enfermedad más común y que menos valoramos es “el cansancio”. La vida nos desgasta, como el río a las piedras, y nos va convirtiendo en arena o en polvo. Vamos perdiendo metas sucesivas que daban cierto sentido a ciertas etapas de nuestro vivir. El niño quiere crecer y ser joven; el joven termina sus estudios y forma una familia; el padre de familia sacarla adelante y asegurarse una ancianidad tranquila… Al anciano solo le queda morir.

El mundo moderno ha querido disimular el hecho de la ancianidad dando a esta etapa de la vida un nombre agradable: tercera edad. Por muchos nombres que le pongamos, siempre será la última etapa de la vida, en que lo mejor para hacer es preparar, esperar, anhelar, el paso maravilloso de la vida, sin fin, sin ocaso ni tiempo, siempre presente sin sucesión, y, por eso, joven.

Las fuerzas, actividad y originalidad que tienen los más jóvenes, las tuvimos; hicimos nuestras obras y las dejamos en herencia a las generaciones siguientes. Quizás estás destruyan nuestro trabajo, como muchos herederos dilapidan el capital tan duramente ganado por sus predecesores.

Recuerdo una poesía de un amigo jesuita. Me ha llamado la atención: “Tonto. ¿Por qué pones tanto corazón en las cosas? ¡Qué efímeras las rosas! Todo pasa y se aleja… ¿ Por qué su fugaz paso una huella te deja de sangre? Dejarán tantas si eres así… ¿No sabes que eres romero? Lo sé, lo sé… Pero…”

Solitarios no son los que están solos, sino los que han sido dejados solos. Tenemos que aprender de nuevo a adquirir y respetar la sabiduría que solo viene con el tiempo. Si buscamos esta sabiduría como guía, crecerán nuestro amor y admiración por los que ya la han adquirido, especialmente los ancianos.

* Licenciado en Comunicación Social (UCA)

alvaroruiz25@yahoo.es