Bayardo Altamirano
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Desde que se disolvió la Unión Soviética, la corrupción en Rusia ha alcanzado niveles inauditos. Yeltsin comenzó el reparto de los recursos naturales con bochornosas privatizaciones que dieron origen a los oligarcas multimillonarios surgidos de la nada.

Con Putin el combate a la corrupción se volvió prioridad. Pero en la práctica nada cambió. Los oligarcas de la era Yeltsin se adaptaron al nuevo poder o se exiliaron. Uno sigue en la cárcel por motivos más políticos que por delitos económicos, atribuibles a todos los nuevos ricos de ese país.

Los amigos de Putin se llaman al grupo compacto de personas que convertidos en magnates sin otro mérito que la cercanía al mandatario, son los nuevos dueños de Rusia controlando los sectores más rentables de la economía.

Los altos funcionarios del Estado y sus subordinados de menor rango, sobre todo del área de seguridad, policial y militar, con la lluvia de petrodólares que cae sobre Rusia posibilitaron la aparición del otkat, un sistema de sobornos que con el 5% de cada transacción, engorda las fortunas de los servidores públicos. Por este concepto se embolsan cada año 30 mil millones de dólares, sin contar los miles de millones que se roban del presupuesto. Recientemente estallaron escándalos de corrupción en el ejército, en los ministerios de Desarrollo Regional y Salud Pública, por citar solo los más sonados.

Unos creen se debe a la intención de Putin de arrebatar la iniciativa a los inconformes con su política, arremetiendo contra los corruptos. La mayoría identifican la corrupción con el Kremlin. Es consecuencia de la lucha de clanes por el poder. Pero no es creíble que la procuraduría haya lanzado operaciones de tal magnitud sin contar con el visto bueno superior. Para sacar algún beneficio de imagen, Putin tendría que romper sus reglas y ordenar que metan a la cárcel a sus fieles colaboradores.

La economía rusa urgida de modernización amenaza colapsar. Presenta un panorama sombrío. Surge el dilema de conservar o cerrar las instalaciones militares que tenía la antigua Unión Soviética. No existe una ideología común que pudiera explicar la existencia de aliados dispuestos a ceder soberanía a cambio del bien de todos. El asunto se ha convertido en simple cuestión de dinero.

La presencia militar rusa en Asia central cuesta mucho y el Kremlin, cuando quiere mantener una base, siempre termina pagando, aunque a veces se acuerda maquillar las millonarias sumas con promesas de respaldar a los líderes autoritarios de las ex repúblicas soviéticas ante eventuales revueltas de su población o ataques de países vecinos, ofrecimientos que a la hora de la verdad no valen nada, a menos que se llegue a afectar la seguridad nacional Rusa.

Otro aspecto. La religión es el opio de los pueblos escribió Marx. Era parte del discurso oficial soviético. Ahora por el contrario, se observa una creciente afinidad de intereses entre gobernantes y jerarcas eclesiásticos. Ser creyente, como antes era militar en el Partido, no parece solamente una simple cuestión de fe. Suprimida la ideología marxista, la gente debe llenar el vacío con la religión ortodoxa, impulsada desde el Kremlin como nuevo paradigma para impedir un retorno al pasado.

En los tiempos soviéticos creer en Dios o entrar a una iglesia ortodoxa, no solo era mal visto, sino que podría ganarse una crucecita. No en sentido religioso sino más bien punitivo. Mancha en el expediente de cualquiera. Ahora nadie sufre represalias por seguir siendo ateo, pero son pocos, aparte de los musulmanes y los creyentes de otras religiones, los que no llevan un crucifijo colgado con una cadenita de oro en el pecho.

* Docente