Jorge Eduardo Arellano
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La UNESCO, como parte de su empeño por promover una Cultura de Paz, lanzó a nivel mundial, hace algunos años, la iniciativa de reescribir la Historia de la humanidad, enfatizando en los logros culturales, artísticos, educativos y científicos más que en las hazañas militares y las guerras entre los pueblos.

El profesor Federico Mayor Zaragoza, Director General de la UNESCO de entonces, consideraba que una buena manera de empezar a concretar la “cultura de paz” era procurar el “desarme” de la historia oficial de los Estados. Se refería a la “necesidad imperiosa de desplazar las guerras del lugar prominente que suelen ocupar en la historia de cada Estado para dar el protagonismo al hecho contrario: todas las experiencias de paz, cooperación, entendimiento y solidaridad”. En esa línea trabajan desde hace algún tiempo comisiones internacionales de historiadores, a quienes la UNESCO ha pedido una revisión de la Historia que, sin traicionar nunca la verdad, “ponga el acento más en el entendimiento que en el enfrentamiento”.

Este propósito de la UNESCO adquiere mayor validez en países como el nuestro donde, desgraciadamente, el sentido de nuestro desenvolvimiento histórico ha sido la sucesión de guerras civiles, de suerte que José Coronel Urtecho pudo afirmar que “la historia escrita no ha consistido más que en la repetición de la historia vivida como guerra civil”... “Esta se ha escrito, pues, desde la guerra misma y como parte de ella”... “Puede decirse, sin exageración, que es la política nicaragüense la que en verdad ha sido una guerra civil, fría o caliente, y la historia su resultado”.

Una Historia de la humanidad escrita en la nueva perspectiva que sugiere la UNESCO, es decir, desde la “Cultura de la paz” y no desde la “Cultura de la guerra y la violencia”, permitiría enseñar a las nuevas generaciones los ejemplos de los héroes culturales, educativos y científicos que han contribuido a edificar la actual civilización, y pondría de relieve aquellas acciones que han abonado, mediante el diálogo y la negociación, el camino de la paz, la solidaridad y el entendimiento entre los pueblos.

Desarmar la historia es, en definitiva, dar su lugar en ella a la palabra como vehículo por excelencia de comunicación y diálogo. “El diálogo, dice Gracián, es noble ocupación de personas”. ¡Cuántos conflictos y guerras se hubiera podido ahorrar la humanidad si las palabras y no las armas hubieran resuelto las diferencias! Hemos vivido durante siglos, nos recuerda Federico Mayor, inmersos en una cultura de guerra, la razón de la fuerza ha prevalecido sobre la fuerza de la razón. No se trata de convencer, sino de vencer. “Tenemos que desarmar la historia: poner los acontecimientos bélicos en su simple y triste sitio y sembrar las páginas de los libros y los corazones de hombres y mujeres con los nombres y obras de los grandes filósofos, escritores, poetas, artistas, pintores, creadores”... Pero, para ganar la paz no basta con evitar la confrontación armada, sino que es preciso construir con lucidez y tenacidad un conjunto de instrumentos que permitan erradicar las causas de la violencia tanto individual como colectiva: la injusticia y la opresión, la ignorancia y la miseria, la intolerancia y la exclusión.

No se trata de disminuir la figura y trayectoria de nuestros héroes que con las armas en la mano, aunque fuera una simple piedra o una tea encendida, supieron defender nuestra soberanía y dignidad nacional: José Dolores Estrada, Andrés Castro, Enmanuel Mongalo, Augusto C. Sandino. El propósito sería enaltecer, al lado de ellos, a nuestros héroes cívicos, a los héroes sin fusil, que también han dado gloria y lustre a nuestra patria, y rescatar a aquellos personajes que en su momento supieron encontrar por el camino del diálogo, pensando únicamente en el bien del país y no en el reparto de prebendas, la manera de superar las confrontaciones, los conflictos y emprender el camino del entendimiento nacional, como fue el caso ejemplar de los generales Tomás Martínez y Máximo Jerez.

Pero un clima propicio para un diálogo nacional no es posible si de parte de las máximas autoridades del gobierno continúan la tendencia a la confrontación y las constantes amenazas de todo tipo contra quienes, en el ejercicio de sus derechos ciudadanos, señalan con entereza los errores del gobierno y el rumbo equivocado que le está dando a la Nación.

Managua, 8 octubre de 2008.