Jorge Eduardo Arellano
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Todavía no salgo del estupor que me causó ver las imágenes de la salvaje agresión de unos bárbaros hombres (¿?), adultos, que perpetraron contra unos jóvenes estudiantes universitarios que protestaban frente a las instalaciones del Canal 4, el Canal del partido FSLN-gobierno actual. Según dicen, la protesta de los jóvenes del “Movimiento NO” era precisamente en contra de la violencia, en contra de dictaduras, en pro del respeto a las instituciones y el restablecimiento de la democracia.

Cualquiera que hayan sido las razones, no hay una ley que les impida protestar por algo, tengan o no razón, mucho menos que mande a reprimirlos de la manera en que lo hizo un grupo de supuestos ciudadanos civiles. Estos viejonazos agresores, olvidan que protestar es la característica fundamental de la adolescencia y de la juventud. Por cualquier causa, justa o injusta, pero protestar. Protestar ante los padres, ante sus rectores, ante sus mayores, ante los gobernantes. Si no, no hubiese habido tantas revoluciones y movimientos en el mundo, protagonizados por la juventud. ¿Eh?, ¿se les olvidó?.

Muchos que avalan esa golpiza excusan el hecho ante su verdad de que los jóvenes son “hijos de ricos”, como si eso fuera un delito, pero en esa protesta no se vieron a los hijos de Carlos Pellas, a los Terán o a los Cohen. Ni a los de Arnoldo Alemán, ni a los de Bayardo Arce, que son de verdad ahora los nuevos ricos, los nuevos millonarios, ni siquiera creo que los chavalos sean hijos de políticos. Quizás ahí andaban muchachos hijos de profesionales honestos, jóvenes inquietos como toda juventud. Otros justifican la agresión diciendo que los chavalos son “culitos rosado”. ¡Qué curioso! ¿Cómo se los vieron?
Aunque ya había escuchado comentarios de esta agresión, jamás pensé, ni mucho menos me acerqué a la realidad. No podía, ni puedo todavía asimilar semejante barbarie. Como se dice en el argot nicaragüense, esos energúmenos se empajaron en los chavalos ajenos. A estos salvajes, horrorosos, seguramente frustrados no solo por feos en todo sentido, por dentro y por fuera, y también quizás por tenerlo negro cuando quisieran tenerlo rosadito, no se les puede llamar “hombres”, o personas, porque más se asemejan a bestias enloquecidas.

Lo más seguro es que la pobre familia de estos seres desquiciados, enajenados, agresores o malhechores, deban sentir vergüenza y bochorno por semejante delito; pegarle a hijo ajeno. No es solamente el hecho de pegarle o de empujarlos, darles una bofetada y ya, que en sí ya constituye delito, sino encima de todo, caerles insistentemente con furia, a garrotazo limpio, trompearlos, patearlos y fajearlos. No les bastaba una sola cosa, sino que hacían gala de todo tipo de violencia. Sólo las balas faltaron. Y estuviéramos ahorita con un pueblo incendiado.

Sí, digo incendiado, porque a mí por lo menos me tocan a un hijo o una hija y yo creo que muero en la batalla, pero no me trago esa afrenta de que cualquier desalmado maltrate a esa carne de mi carne, a lo más sagrado y querido de mi vida. En mi familia ya tuvimos bastante dolor cuando uno de mis queridos sobrinos, Domingo José López, fue asesinado en los 80, por unos milicianos “sólo para ver si tenían puntería”. Ya perdonamos bastante como para seguir poniendo la otra mejía, por muy cristiana que sea. Los asesinos de mi sobrino jamás pagaron su delito porque no hubo una familia que los acusara, es decir, como que no hubo hecho criminal.

Extrañamente, no he visto ni escuchado la protesta del padre o la madre de ninguno de esos niños garroteados, pateados, trompeados, fajeados. ¿Serán huérfanos, o los padres estarán todavía en shock ante la acción de los soldados de Atila?
Tenían en el suelo a los muchachos y les estaban dando patadas. Qué dirán los amigos de esos agresores, qué dirán los hijos de esos desalmados. A mí me daría vergüenza ser hija, hermana o mucho menos la mujer de cualquiera de esos tromponeros, pateadores, garroteadores, fajeadores de hijos e hijas ajenas. ¡Qué valientes, qué patriotas! Francamente, no creo que haya un partido decente que quiera tenerlos como correligionarios.

¿Hasta dónde vamos a llegar ? ¿Esta barbarie, también quedará en la impunidad?
Nuestra civilización no está ya en tiempos de permitir estas actitudes de adultos y dirigentes que, se supone, deben guiar, enseñar y educar a la juventud. ¿Habrá leyes que castiguen estos abusos que no debemos permitir ni tolerar bajo ningún concepto?, ¿o vamos a seguir en el fomento de la ley del monte, la Ley de Talión?
“No hay proa que taje una nube de ideas”, dice Martí. Pero el pecho y la vida de muchos jóvenes han sido testigos del pavor que sienten los que le temen a las ideas.

¿Qué tan caro resultará en Nicaragua demostrar que esta frase no es utopía dolorosa?
No podemos permitir que la sangre llegue al río, así como tampoco podemos permitir abusos, vengan de donde vengan. Se supone que ésa es una etapa ya pasada, ya la vivimos nosotros los padres y madres actuales. La frase de Darío, “Juventud, divino tesoro”, ¿parece que nunca ha sido válida en Nicaragua?