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Vos tenés los pies con muy poca imaginación para caminar. Solo me imagino cómo serás para bailar. Pienso que tus primeros pasos fueron muy suaves y arruinaste los primeros intentos cayéndote de bruces, como si volaras y el paracaídas no se atrevió, no se abrió desde el aire en su caída al tiempo.

Supongo que cada quien tiene su suerte en reserva o para disfrutar el tiempo de la alegría, o para creer en la posibilidad de los fracasos. Esos son otros pasos. Otros retos y otros consentimientos dentro de la queja habitual de cualquier circunstancia.

Cualquier intento de bailar es mover bien el rostro y abrir las manos con una timidez tan resuelta, que al verla que se avienta a la pista dan ganas de oírla, tramarla en la silueta, despedirse de su ridiculez y empezar a ser otro tan diferente como el que baila muy bien y se lleva a su casa los aplausos.

Los aplausos son una condena o el sacrificio mudo del que quiere probar que siente la carne arder cuando la pista está fría. Es que dan ganas de bailar con el olor de los dedos que han gemido, que han caído sobre el vértigo del cuerpo. Bailar para saber que amanece.

En este baile no hay ceremonia que disuelva a la sangre, que solo se detiene en el nombre que escogió para amar. Es el baile, que alcanza en las venas, en el pecho, en las piernas, en el techo roto de los que miran buscando la aparición de un ángel. Siempre buscando los íntimos momentos del gozo y la espera, como una orquesta refrescando y juntando los músculos por curiosidad.

Empezó el baile. Los pies en la penúltima sílaba de la música. Como en una cascada. Como un remolino que se antoja en un instante. Con el corazón que quiere compartir.

* Poeta y periodista