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El fracaso de la pasada reunión del G-8 respecto del conflicto sirio era un resultado anunciado. Rusia llevaba meses expresando su rechazo a cualquier intervención extranjera y la firmeza de su posición quedó recalcada con el anuncio de que estaba dispuesta a suministrar a Siria el temido sistema antiaéreo S-300. Antes de este anuncio, había decidido entregar a Damasco los no menos poderosos misiles tierra-mar Yajont.

Eran claros avisos de que Rusia no vería de brazos cruzados una eventual y deseada, por algunas potencias occidentales, agresión militar extranjera contra este país. No obstante, tanto EE.UU. como sus aliados y los llamados “amigos de Siria” han decidido armar ¿generosamente? a la fragmentada e incierta “resistencia” siria, que va desde utópicos occidentalizados hasta –en su mayoría– fundamentalistas islámicos y salafistas.

Pero Siria no es Iraq. El Iraq de Sadam Husein era un país aislado, empobrecido, derruido después de una década de sanciones y rodeado de poderosos enemigos. Siria no es, ni mucho menos, Libia. Un país también aislado, de mucha extensión y poca población, retirado geográficamente de cualquier posible aliado, objetivo ideal para una guerra de agresión fácil, barata y de escasos riesgos. El brutal asesinato del presidente Gadafi, torturado y sodomizado antes de perecer degollado, mostraba el rostro real de los “defensores de los derechos humanos” apadrinados por la OTAN.

El caso de Libia marcó un antes y un después en las relaciones de la OTAN con buena parte del mundo y, particularmente, con Rusia y China. La perversa conversión de la zona de exclusión aérea en mandato para una guerra de agresión puso punto final a la confianza en la organización atlántica.

Siria es otra cuestión. En términos geopolíticos, es el Estado más estratégico de Oriente Próximo, por sus fronteras con Turquía, Iraq, Jordania, Líbano y –sobre todo-, con Israel, país que continúa ocupando los territorios sirios de El Golán. Siria tiene décadas incidiendo en la situación en Líbano. Es el último y único aliado de Rusia con costas en el mar Mediterráneo y en Siria tiene Rusia su única base naval en la zona. Siria es la primera frontera geopolítica y militar de Irán.

La caída de Siria en manos pro-occidentales abriría las puertas a un ataque israelí contra Irán. Siria es imprescindible para Hezbolá, pues, sin su apoyo, la guerrilla chiíta libanesa sería aniquilada. Lo saben en Hezbolá y, por eso, combaten hoy y combatirán a muerte en apoyo del gobierno sirio. Lo sabe Irán, que puede verse obligado, en caso de agresión extranjera, a intervenir en defensa del gobierno sirio, que es casi igual a decir en su propia defensa.

No cabe olvidar a Iraq, hoy gobernado por la mayoría chiíta, ferozmente reprimida por el régimen de Sadam. El gobierno iraquí, aliado de Irán y aliado del gobierno sirio, ha expresado su oposición a la intervención extranjera y al derrocamiento de Bachar el Asad. No obstante, los sunitas iraquíes apoyan a sus hermanos sirios, esperando que un gobierno sunita en Siria refuerce su situación en Iraq. Es la otra vertiente del conflicto.

Las intervenciones y agresiones armadas protagonizadas por la OTAN han tenido el efecto letal de promover –a niveles insospechados- el integrismo y el fanatismo religioso. Las bombas de la OTAN han multiplicado los fundamentalismos religiosos con mayor efectividad que nadie y, de esa guisa, las guerras de religión. Afganistán desapareció como Estado, salvo en los mapas, para convertirse en un pozo de caos y violencia. Igual camino siguió Iraq, donde la dictadura laica del partido Baaz ha sido sustituida por una guerra soterrada entre suníes y chiítas y de fundamentalistas islámicos contra minorías religiosas. Y Libia existe hoy como Estado fantasmal, cuyo sur geográfico se ha convertido en refugio y vivero de grupos fundamentalistas.

El conflicto sirio es una caldera donde el ingrediente integrista puede resultar más destructivo que una bomba atómica. A la confrontación geopolítica y estratégica se han venido uniendo, cada vez con relevancia mayor, factores religiosos. Lo dijo hace pocas semanas el ministro ruso de Exteriores, Sergueiv Lavrov, al señalar que el conflicto sirio adquiere cada vez más un carácter interconfesional.

En Siria no se libra una guerra “a lo libio”. En Siria se libran varias guerras en una, la geoestratégica en primer término, en la que EE.UU., Arabia Saudita e Israel buscan expulsar a Irán. Guerras a cara de perro, para vencer o para morir. El régimen baasista y Hezbolá luchan por su existencia. Irán por no verse arrinconado. Rusia, por no perder lo que le queda de aliados en el Mediterráneo y no quedar excluida como potencia de Oriente Próximo y Medio.

 

* Profesor de Relaciones Internacionales y

Derecho Internacional