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En mis años de universidad en Roma no solo aprendí las artes de la medicina, también me inicié en las primeras fases del desarrollo de una conciencia crítica que enterró mitos y desató un insaciable apetito de verdad y de justicia que todavía me devora internamente y me arrastra a excavar continuamente en las raíces de nuestra cultura con el fin de dar respuestas a grandes interrogativos.

Absorbí un código de valores y significados que han condicionado mi existencia y llenado de contenido mi acción política y social, como testimonia mi expediente de las veces que he ejercido un cargo público.

El individuo privado es la invención por excelencia de la civilización moderna. Karl Mark estuvo de acuerdo y vio en esta invención el sentido histórico de la revolución francesa que pone al individuo al centro del sistema político proclamando el humanismo antropocéntrico que libera al hombre de las instituciones feudales, de las cofradías, del vasallaje y de la confiscación de su pensamiento por parte de la Iglesia católica.

La modernidad creó también las políticas de Estado, consolidándolo y llegando incluso a definirlo como el instrumento más idóneo para garantizar una convivencia armónica y pacífica dentro de una realidad en proceso y cambio continuo. El protagonismo y la preponderancia del Estado nunca estuvo en los cálculos de aquel que vendía un “socialismo liberador y una sociedad sin clases”.

Desde la época de los acontecimientos que desembocaron, en la segunda mitad del siglo XIX, en la unidad de su territorio, el Estado italiano ha vivido un permanente asedio por parte de poderes paralelos que desconocen y desafían la legitimidad del gobierno central. Las variadas formas de mafias que operan en amplias regiones de la península se inscriben dentro de esta lógica y sus secuelas de muerte y destrucción son el resultado de sus luchas por imponer sus monumentales intereses.

No solo las mafias atentan contra la institucionalidad de este Estado, también otras fuerzas y otros intereses que en forma camuflada se expresan por múltiples canales. En el marco de este contexto la Universidad Italiana es una muralla infranqueable a la acción de estos antivalores, es un semillero de análisis y de propuestas alternativas de frente a esta realidad muy distanciada de nuestra naturaleza racional inmolada por aquellos grupos que buscan solamente satisfacer su ambición de dominio recurriendo, entre otras estrategias, a la corrupción generalizada.

En un verdadero Estado de Derecho la Democracia no se concilia con todo aquello que huele a secretividad, a mesianismo de catacumbas, a páginas oscuras, a complots secretos, a ritos de iniciación vinculante, etc.; solo se concilia con plena transparencia y acceso a la información, tal como lo especifica nuestro ordenamiento jurídico, de todas las acciones y decisiones, cuyos alcances afectan la comunidad nacional.

Toda forma de organización, aun aquellas con halos religiosos, están obligadas a actuar conforme a las reglas de la Democracia Moderna, y aunque se insista, con un lenguaje cargado de retórica altisonante de justificar su existencia, lo cierto es que la práctica enseña la poca o nada contribución de estas posiciones en el desarrollo de virtudes espirituales.

Los artículos que a partir de este en adelante publicaré, sin renunciar al objetivo primordial del periódico, que es informar, están inspirados en esa visión de juicio crítico que la “Universitá degli Studi” de Roma me transmitió.

Se trata de un esfuerzo exhaustivo, de una investigación rigurosa de fuentes diversas disponibles para nuestros lectores, que busca la impresión de una totalidad de síntesis sin descuidar un tratamiento respetuoso y neutral, lejos de cualquier distorsión, prejuicios o estereotipos de alguna clase. Voluntad de juego limpio, de objetividad y autenticidad son los elementos que pretendo enarbolar con fuerza contundente en la lectura de estos artículos.

 

* Médico. Ex ministro de Salud