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El caso brasileño queda como un ejemplo que no debe olvidarse. Las condiciones son diferentes. Pero con frecuencia los extremos se tocan. Todo indica que las autoridades brasileñas y los dueños del transporte del bello país no sospecharon que una elevación del costo de los mismos fuera a detonar las gigantescas manifestaciones que se han multiplicado en gran número de las principales ciudades de Brasil, creando una presión política y social de tal magnitud que por lo pronto, han conducido a dar marcha atrás en esos aumentos.

Cazando al vuelo, los jóvenes han aprovechado la ocasión para plantear otras reivindicaciones que evidentemente han estado en el ambiente de ese país y que ahora son también aspecto esencial de los reclamos que miles de brasileños gritan a todo pulmón en las calles. A la porra el circo de la copa de las confederaciones.

Corrupción. Gastos extraordinarios no justificados en una sociedad llena de carencias que no son atendidas por las autoridades. En vez de hospitales, estadios. Preferencias gubernamentales hacia la empresa privada que se ha beneficiado, desde hace años, por la economía neoliberal dominante.

Los enfrentamientos a que han dado lugar esas manifestaciones, sobre todo entre las masas juveniles y las fuerzas del orden, apuntan, aun cuando los desenlaces últimos sean imprevisibles, a una presión colosal que vive el gobierno brasileño, que no será fácil borrar ni olvidar.

En las próximas elecciones puede darse un gran vuelco. La derecha se lame los labios. Espera regresar.

Se dice que las manifestaciones populares que vive Brasil quedarán como una marca en la historia de ese país a principios del siglo XXI. No obstante el “carácter progresista” de sus últimos gobiernos están lejos de haber satisfecho las carencias de la sociedad del país de Prestes.

Estas manifestaciones quedan como ejemplo histórico de que cada vez resulta más difícil “dar atol con el dedo” y que las masas populares de este continente tienen la suficiente conciencia para no dejarse engañar por “medidas a medias”, y que a la menor provocación sus exigencias más radicales vuelven a la primera línea de las luchas del pueblo.

El partido de los trabajadores analizó la situación y sacó excelentes conclusiones. No había que reprimir sino aprovechar las movilizaciones encausándolas hacia los cambios revolucionarios que urge la sociedad brasileña. Por eso los discursos conciliadores y el llamado al plebiscito político. Paso previo a las reformas constitucionales.

Resulta increíble que en esa situación no se haya percibido por el gobierno de aquí. Solo que actuaron al revés de Dilma. Puede ser un elemento detonador de los mil reclamos que tiene aún pendientes el pueblo. Corrupción, concentración de riquezas, desigualdades sociales abismales, ausencia de auténtica democracia, etc.

No lo sabemos aún, pero es obvio que la medida puede fácilmente ser la “chispa que incendie la pradera”, y que abra las compuertas a una nutrida variedad de reclamos. En una palabra: que realmente el ejemplo brasileño sea un efecto de demostración que ni siquiera hemos imaginado. No imaginado pero sí posible y previsible. Por eso el garroteo de viejitos y la gran marcha de acarreados. Más que fortaleza denotan debilidad y canillera.

Lo que más los asustó con toda razón fue la presencia beligerante de la Iglesia católica que se reconcilia con los pobres y abomina de las injusticias. Tiene inmensa repercusión en amplias capas de la población.

Ahora el país entero espera que la pareja tenga la sensatez de recoger los planteamientos de la sociedad civil y la izquierda en vez de concretarse a satisfacer las demandas del capital privado y las transnacionales. Haznos el milagro, señor.

 

* Docente