Jorge Eduardo Arellano
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El de Managua no llegó a la caminata habitual, y fue hasta entonces que el de Masatepe contó que lo habían operado de la próstata. Por supuesto que tampoco estaba Watson esa mañana, y un Caresol sorprendido insistía en preguntar cómo había salido. “Pues resulta –contestó el de Masatepe– que ahora está aprendiendo a orinar otra vez y Mercedes lo mantiene en pañales todo el día, dentro de un ring para niños, jugando con sus nietos más pequeños y en igual aprendizaje. Ahí recibe las visitas y ahí ha atendido a las diferentes delegaciones que han llegado, incluyendo la de Los Rincones encabezada por el famoso Antonio Castillo. Dice que se encuentra, ahora sano y salvo, en manos del eminente urólogo Dr. Álvaro Guzmán, y que las cosas que pudieron salir peor con el tiempo, están saliendo bien por hacer la operación en su momento. Un día llegaron Julio Valle con la Chilo, y cuando supieron en manos de quién estaba, respiraron tranquilos y Julio hizo una verdadera apología del Dr. Guzmán, recordando con igual agradecimiento que el de nuestro paciente, la exitosa atención quirúrgica y humana con que el Dr. Guzmán prodigó a su madre Doña Hermida.”

Cuando llegaron a verlo, desde su ring el de Managua confirmó todo lo dicho por el de Masatepe y agregó: “No todo fue color de rosa, pues de todo hay en la viña del señor y hay alguno que otro enfermero y enfermera brusco, de trato innecesariamente rudo, así como alguno que otro doctor poco comunicativo. Les recomendaría que vieran la película Patch Adams con Robin Williams, lección de trato humano de un médico que se rebela contra la solemnidad y la ausencia de fraternidad en el entorno del hospital en donde está concluyendo sus estudios, pese al desagrado de su inmediato superior que considera sus métodos humanizantes poco ortodoxos. Una lección para médicos y enfermeras, y a la vez una especie de oda a éstos cuando hay interrelación entre ambos cuerpos responsables de velar por la salud de sus pacientes. Y de esa película también se deduce que la atención, para que funcione realmente, debe ser tanto física como espiritual. Yo sé que el paciente debe ser comprensivo ante el exceso de trabajo de algunos médicos y al hecho de que por razones económicas, los miembros del cuerpo de enfermería hacen más turnos de lo debido. Pero éstos no deberían de olvidar que no se trata de un maratón de turnos y que el restablecimiento del paciente es prioritario.”

“Lo más inconcebible –continuó– son aquellos encargados de tu salud, inexpresivos. Caras asépticas que te hacen sentir como un objeto, ya que los dueños de esos rostros están más allá del bien y del mal. Inarticulados e incomunicativos, quizás por sabios a duras penas se dignan escuchar las impertinencias del conejillo de indias que resulta ser el paciente. Dejan en una tabla de la ley, apuntadas, sus instrucciones para enfermeros o enfermeras que acaban por contagiarse de aquel mutismo, de ese mundo monosilábico, sin sonrisas que delaten algún rasgo humano. Felizmente no todos son así y quizás una mayoría pertenezca a esa escuela, que ojalá no esté en extinción, del Dr. Sergio Martínez Ordóñez, conocido como El Conchudo. Una escuela cuya filosofía se puede resumir en que el médico considera al paciente tan humano como él, pero más necesitado. Ya no está Sergio con nosotros, pero dejó muchos y muy buenos discípulos, como los doctores Jorge Cuadra, Álvaro Morales y Róger Martínez, entre otros, así como amigos suyos, como los doctores Hugo Argüello y Joaquín Solís Piura, cuya visita un día causó tal revuelo en mi habitación que, sin que tuvieran que decir algo, a partir de aquel momento comenzaron a aparecer sonrisas en el personal.”

Para concluir, dijo el de Managua: “Agradezco a todos los amigos y médicos que me llamaron o visitaron, incluso cuando les tenía que pedir: ‘No me hagan reír, porque me duele’. Refiriéndome, desde luego, a mi herida. Les cuento que por aquellos días tuve que dejar de leer, por razones de salud, Don Procopio y Doña Procopia, hilarante columna de Onofre Guevara López, y por las mismas razones me prohibí escuchar los Cantares Nicaragüenses con picardía e ingenio del Dr. César Ramírez Fajardo. Por cierto, para que boten sus máscaras, les recomiendo como terapia a los médicos solemnes, escuchar este CD de un médico, un bisturí armónico, sin máscara. El cariño de algunos amigos dándome ánimos con humor, casi me mataba, literalmente, de risa, porque ni siquiera podía orinarme de la misma. Cuando le dije todo esto a César Ramírez, para rematarme me contó que una vez un hombre con un puñal clavado acudió al médico, y que éste lo primero que le preguntó es que si le dolía: Sólo cuando me río, respondió el moribundo.”


luisrochaurtecho@yahoo.com

Jueves, 9 de octubre de 2008.