Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Nicaragua es un país de muchas etnias y está obligado a construir un estado pluriétnico, pluricultural y plurilingüístico. Autonomía, del griego auto, que significa mismo, y nomos, pueblos, etnias. En ese campo se ha avanzado para superar situaciones de discriminación y retraso, pero los indígenas aún tienen un mundo por conquistar.

Aún prevalece la discriminación, el menosprecio y el desdén hacia los pobladores originarios, pero sus organizaciones, luchas y movilizaciones les han permitido recuperar parte del terreno negado por siglos. El estudio de la autonomía indígena es materia obligada. Desde una perspectiva integral y comparativa, se debe conocer la naturaleza transformadora del proceso autonómico no sólo en su articulación, contradictoria con el Estado nacional, sino también a lo interno de los sujetos autonómicos.

No implica únicamente la existencia de autogobiernos tradicionales indígenas, como los alcaldes de vara, que se desarrollaron de diversas formas durante la Colonia y la vida independiente y aún perduran. Las prácticas autonómicas de gobierno van más allá. Se trasciende el autogobierno y la autoridad la asumen desde los principios de mandar obedeciendo, con rotación de cargos, revocación de mandatos, participación programada de mujeres y jóvenes, reorganización equitativa y sustentable de la economía, adopción de una identidad política anticapitalista y búsqueda de alianzas internacionales afines. Se trata de un cambio cualitativo de la autonomía, que los propios pueblos indígenas transformen sus relaciones de género y grupos de edad, en sus procesos de identidad política, étnica y nacional, en su apropiación regional del territorio y la extensión del poder desde abajo.

La formación y el fortalecimiento del sujeto autonómico pasa por la ruptura con las viejas políticas indigenistas que durante muchos años puso en práctica el Estado nicaragüense para mantener el control de las comunidades indígenas por medio del paternalismo y el clientelismo. El movimiento indígena debe ser totalmente independiente.

Antes, los partidos tradicionales imponían por medio de caciques la reserva segura de un caudal de votos. Ahora, el movimiento indígena rechaza el sistema de partidos y pone en tela de juicio los componentes de la democracia tutelada. Consideran que la política es un asunto demasiado serio para ponerlo en manos de los políticos profesionales e imponen una forma colectiva de hacer política. Desde el racismo de la sociedad sólo es posible la seudo democracia representativa y se niega toda experiencia relacionada con las democracias directas de las comunidades indígenas, las cuales desarrollan una cultura política de resistencia, que es la base misma del proceso autonómico.

La experiencia de otros procesos en América Latina muestra que el desarrollo de una red multiétnica consolidada de comunidades y regiones, e incluso de pueblos diversos, es otro de los cambios trascendentes en las actuales autonomías, en las que la pugna intercomunitaria por conflictos seculares, linderos o recursos se supera para responder unidos ante los embates de los estados y las corporaciones capitalistas.

Las transformaciones en el ámbito comunitario son imposibles sin la conformación y fortalecimiento de un sujeto autonómico que tenga capacidad de ejercer hegemonía interna, que garantice la cohesión a través de la construcción de consensos, la democracia participativa, la superación de las divisiones religiosas, étnicas o políticas, la lucha contra la corrupción y los intentos de cooptación por parte del Estado. Este sujeto concita la movilización de las comunidades en defensa de sus derechos y demandas.