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Creo difícil que algún nicaragüense no se haya percatado que vivimos en un país repleto de basura. Basta con salir de nuestras casas para verificar que la mayoría de las ciudades de nuestra tierra no hace uso de un plan eficiente para combatir el problema.

Sin embargo, la responsabilidad no solo le compete al Estado, sino también a todos los actores de la sociedad nicaragüense. Debemos reconocer que hemos contribuido para que este mal tenga proporciones epidémicas. Una breve reflexión arrojará serios cuestionamientos, los cuales deberían estar en la mente de los nicaragüenses para frenar este flagelo que va en contra de la naturaleza y de la propia existencia humana.

En Nicaragua no se aplican con rigurosidad políticas económicas para disminuir o erradicar los desperdicios que se arrojan a las calles. A la mayoría de las personas sí les importa que alguien ensucie sus casas, ya sean alquiladas o no, porque ellos directamente asumirán los costos.

No podemos esperar que alguien se abstenga de botar desperdicios en el parque o lugares públicos, si no se impone un costo económico por tal acción. Cuando no existen políticas o voluntad política que haga respetar el medio ambiente, difícilmente podremos tener sanciones para aquellos que arrojen basura y contaminantes donde les plazca.

Como han descubierto los países desarrollados en esta materia, las personas no valoran el costo de sus acciones si no se aplica un sistema efectivo que garantice una multa o una sanción para quienes contaminen el ambiente.

Una institución que sin duda alguna ayuda a no encontrar soluciones adecuadas al problema de la basura es la familia. Al ser esta uno de los principales centros de formación y educación de los ciudadanos nicaragüenses, los valores que los niños aprenden reproducen fielmente la cultura de sus padres.

El crecimiento del fenómeno se da en la institucionalización del problema como algo natural. Frecuentemente hemos escuchado las voces de aquellos que ven “ridículo” depositar la basura en un cesto correspondiente. Cuando te encuentras caminando por las calles, la gente sugiere que “si todos lo hacen (botan basura), ¿por qué me debería preocupar yo de no hacerlo?”.

Estos hechos van más allá del alcance de las instituciones públicas, pues la educación y conducta de los hijos depende en gran parte de la formación de los padres. Entonces se vuelve un círculo vicioso de difícil rompimiento: “No tengo porqué enseñarle a mi hijo que debe depositar la basura en su lugar, si a mí nadie me lo enseñó; además, no hay quién se preocupe por hacerlo”.

El Estado juega un papel clave en la reducción de la contaminación ambiente que se da por medio de la basura. Difícilmente podemos esperar avances en el mediano plazo, mientras no existan políticas permanentes y efectivas que ayuden a combatir el problema de raíz. Sin embargo, esto no puede ser posible si no se superan otros retos como la corrupción. Si los fondos destinados para el control de la basura se desvían para otros fines, muy poco se podrá avanzar al respecto.

Que esta breve reflexión sirva por lo menos como un esfuerzo para que tengamos una patria más limpia.

* Egresado de Banca y Finanzas