Jorge Eduardo Arellano
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El desarrollo de la educación a través de las distintas teorías y modelos pedagógicos con el conjunto de medios, metodologías y didácticas que los llevan a la práctica, constituye un inmenso abanico de mediación en el proceso pedagógico, enseñanza-aprendizaje.

Pero antes de todo este extraordinario aparato escolar y educativo existe como algo innato, propio e inseparable de la sabia naturaleza humana, el mejor e insustituible método pedagógico, el amor.

El amor resume y es el núcleo de toda pedagogía, el que en el fondo alimenta la interacción de educadores y educandos porque esa interacción de las personas nace y se desarrolla en el amor, el amor que emana del educador y el amor que alienta el desarrollo del niño. La pedagogía en el fondo es el encuentro fecundo del amor. Es el amor el que despierta la personalidad del niño, porque en las raíces de la naturaleza humana habita desde su origen el amor. De ahí que el vivero del amor sea la familia, en la que la naturaleza ha construido la síntesis más perfecta del amor. Por eso la familia es el verdadero proceso educativo en el amor, el afecto, la seguridad, el clima donde el niño y niña asientan y construyen su incipiente personalidad en la que más adelante intervendrán la escuela, la maestra, el maestro y el contexto que rodea su crecimiento y desarrollo.

Pero a la sabiduría propia de la naturaleza humana, que genera y alimenta el amor a través de la familia, se ha interpuesto en nuestra realidad social una extraordinaria distorsión y una irreconocible aberración, respecto a la vida de nuestros niños, niñas y adolescentes.

La realidad cruda de nuestra sociedad ha ido despojando a muchos niños, niñas y adolescentes de su esencia natural del amor y los ha ido trasladando al dominio del desamor mediante el abandono de la familia y de la sociedad para poco a poco convertirlos en mercancía de canje por algunos córdobas en los semáforos, en la sustracción de sus derechos, en sumergirlos en el sufrimiento, en la humillación, en el trabajo prematuro, en la explotación, en hacer de la droga su engañosa animadora y confiar a la pandilla la necesidad de su afiliación psicológica. Todo ello ha robado al niño el verdadero amor, la felicidad, la alegría y con ellos la base de su vida infantil.

Ante esta situación penosa e inhumana es necesaria una violenta sacudida ética en nuestra sociedad y una estrategia nacional para que el amor siga siendo la esencia viva, real, permanente de nuestros niños, niñas y adolescentes. Es necesario devolver al amor su carácter, su presencia en la vida de nuestros niños, niñas y adolescentes. Éste es el sentido y alcance del Programa Amor dando una dimensión estratégica nacional a la pedagogía del amor, hacer de ella no sólo un elemento pedagógico en el aula, en la escuela en tantas actividades conducentes a la construcción y formación de las personas, sino un programa nacional que se convierta en el eje transversal y transformador más humano, más penetrante a favor de nuestros niños, niñas y adolescentes para así recuperar del amor toda su riqueza y su necesaria presencia en la vida humana.

Hay que reconocer a la compañera Rosario Murillo la visión, la organización, la decisión, la valentía, el amor acumulados en el “Programa Amor”, para la restitución de los derechos de la niñez y la adolescencia”.

Llama la atención la precisión de su concepción, de sus objetivos y de sus metas hasta el más mínimo detalle, en cifras, lugares, tiempos y personas, el papel que asumen en él las diversas instancias del Gobierno, a lo que se añade el aliento depositado en cada uno de los componentes del programa.

Como cualquier ejecución de una propuesta programática tan sensible y necesaria como el Programa Amor, ésta puede presentar algunas limitaciones, pero sin duda alguna, estamos frente al enorme reto de un programa de todos, en razón de los sujetos que constituyen su razón de ser: nuestros niños, niñas y adolescentes maltratados y olvidados en sus derechos y en sus vidas. He aquí un programa con raíces y naturaleza de un consenso nacional.

Ante las posibles acechanzas de nuestra cultura política y sus expresiones de confrontación, de descalificación, de manipulación y de agresión, me pregunto ¿será que el interés con frecuencia mezquino de nuestra actividad política desplazará el imperativo ético nacional que reclama y contiene el Programa Amor? ¿Será que la aberración producida en la psicología de mucha gente por el ejercicio de la política y de la pseudo-política rechazará el planteamiento y el logro esperado de un bien social, público, como lo pretende el Programa Amor?.

Como educador, familiarizado con el espíritu humanitario del Sistema de las Naciones Unidas, directamente vinculado con la política, programas de la Unesco, relacionados con el desarrollo de la persona veo con mucha esperanza el Programa Amor.

Ojalá todo fluya directamente a restituir a nuestros niños, niñas y adolescentes sus derechos y con ellos vuelva a apoderarse de ellos y de sus vidas el amor perdido.