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En la ciencia médica tenemos dos principios fundamentales: “Lo primero es no hacer daño”, y “guiarnos siempre por el sentido común que es el menos común de los sentidos”. Ambos principios son aplicables en cualquier ciencia. Basado en ellos y en mi afición por la Historia, específicamente por la historia de un canal húmedo por Nicaragua, es que me atrevo a sostener la viabilidad de nuestro anhelado canal interoceánico.

Los no partidarios de la construcción del canal alegan que produciría un gran daño a la biodiversidad terrestre e hídrica y que se perdería el Gran Lago como fuente de agua potable y de alimentación por sus peces.

Por sentido común pienso exactamente lo contrario. Los ríos que desembocan en el Cocibolca se están secando por el despale criminal que continúa a toda marcha. La contaminación del lago por heces fecales humanas y animales va en aumento amenazador y también aumenta la contaminación por insecticidas, abonos inorgánicos y productos químicos venenosos que producen mayor daño que la contaminación fecal.

Se está produciendo la muerte de muchísimos peces y las lesiones en el organismo de los que comemos peces del Gran Lago. La construcción del canal interoceánico exigiría, previa y simultáneamente, parar esta contaminación de ríos y el lago, y devolver su caudal a los ríos de la cuenca del Cocibolca, con toda la tecnología de punta, incluyendo la reforestación y descontaminación, aún no aplicadas en nuestro país.

En otras palabras, se salvarían los ríos y el Gran Lago, que se verían como en los tiempos del “estrecho dudoso”: puros, limpios, con peces sanos de mayor reproducción. Tiemblan los no partidarios del canal por la excavación de 80 kilómetros (de Chontales a Rivas) del fondo del lago para conseguir la profundidad ideal de 23 metros, pues según ellos se enturbiaría todo el lago.

El sentido común nos dice que ese temor es infundado, ya que todo lo que sube tiende a caer por la gravedad. Además que ese “canal” dentro del gran canal sería hecho por tramos durante años y simultáneamente protegido por material especial que no solo es impermeable y antisísmico, sino que se endurece al estar en contacto con el agua. Lo logró Herodes Antipas hace dos mil años, mediante fórmula que le proporcionó Roma para la construcción de Cesárea, con puentes e islas artificiales en el mar.

Para China Continental, segunda potencia económica mundial, habiendo dinero, la construcción de ese “canal” de 23 metros de profundidad, por bastantes más metros de ancho y con paredes laterales, es perfectamente factible sin contaminación del lago y de la vida acuática.

Los chinos están terminando de construir las famosas Tres Gargantas, desviando el río Amarillo y construcciones acuáticas y terrestres que constituyen la obra de ingeniería más extraordinaria hecha por el ser humano en los siglos XX y XXI.

El último temor de los no partidarios del canal es que temen que se seque el lago. No tienen asidero para ello, con los sistemas de exclusas actuales, tanto en el propio canal como en algunos ríos (incluyendo el San Juan), el nivel del agua se mantendrá estable en todo el año. Panamá tiene cien años de trabajar con su canal y ahora ensanchado, con las aguas del lago Chagres que es mucho menos lago que el nuestro. La llamada Zona del Canal de Panamá se vio deforestada parcialmente en un principio, pero pocos años después y hasta la fecha es el área de mayor biodiversidad del país. ¡Quién dijo miedo! ¡El Gran Canal va y cuanto antes mejor!

* Médico pediatra. Creador del Macuá

(el trago nacional)