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El otro día escuché decir esta exageración: -A los niños hay que enseñarles música desde muy pequeños para que no se conviertan en asesinos. Mi primera reacción fue: “¡Qué burrada!”. Pero después la pensé un poquito. Algunas hipérboles, como las metáforas sutiles, son capaces de enviarte de un golpetazo de un sitio a otro a mil por hora. Y te preguntas con estupor: “¿Qué pasó?, ¿qué hubo en medio de todo?; ¿cómo llegué hasta aquí?”

Superado el mareo del viaje, seguí escuchando las explicaciones. Quería decir que una balada, un mariachi, o una copla sanan las emociones y sirven de vehículo de las mismas. Arrancan el odio, extirpan el rencor y conducen hacia los ojos las lágrimas más escondidas y resistentes. Por eso, hay que enseñar la música, en sus diversas formas e infinitas posibilidades, como las propias del ritmo que son infinitas, desde pequeños. Una canción es capaz de llevarse la envidia, el odio y hasta el despecho de una forma suave, a veces no tanto, pero por lo menos humana. Limpia, sana, recubre el corazón con una película de belleza. O se vuelve impulsiva e irracional, de puro corazón hacia fuera. Acaso algo desahoga más que un mariachi a grito partido cuando se está de cabanga (y eso aunque no te gusten los mariachis a temperatura normal).

Consulté con una experta y me dijo que eso en Pedagogía lo llaman “educación emocional” (esto de la selección de palabras y denominaciones es un caso). Pero partiendo de la base de que las emociones suelen ser ingobernables, lo que persigue la educación emocional es mostrar las posibles formas de expresión para el dolor, la angustia, la esperanza o la felicidad. No hay nada tan rápido, tan inmediato, tan directo como “la música, el beso o la bofetada; y tienes que elegir con cuál te quedas”, me dijo la experta. Hoy, pensé para mí, es el día de las exageraciones. Démosle rienda suelta pues. Eliminada la bofetada o la violencia, me quedo de momento con la música.

A los que contamos historias, ya nos gustaría llegar así de rápido y bien al corazón de la gente y no tener, por el contrario, que elaborar en tanto tiempo un relato que, con menos palabras y un buen ritmo, dice lo mismo y llega más adentro.

El amigo de la primera exageración añadió algo interesante: que uno debe encontrar al menos 10 canciones durante su vida que representen y hagan emerger sus emociones más íntimas.

–Y si no encuentro 10, sino sólo 5 –pregunté–, ¿significa que mis emociones son limitadas?

–Al contrario. Es que no has encontrado el resto de tus canciones. La única solución es que tú mismo las compongas. Por eso es tan importante aprender música desde niños: para descubrir y dar sentido a las propias emociones.

Me puse a contar las mías. Dejé a un lado los himnos de cualquier tipo. Se trataba de otro tipo de emociones. Entonces dudé. Me vinieron a la memoria algunos hombres que supieron mucho de música y, aun así, fueron terribles. Recordé que en la larguísima novela con base real Las benévolas, de Jonathan Little, se retrata un nazi que disfrutaba con la tortura y el exterminio, y exhibe conocimientos refinados de música clásica. Recordé el caso de un cura pederasta que enseñó a los niños con entusiasmo en el colegio la misa campesina. También me acordé de la película La vida de los otros, en la que el protagonista toca al piano una hermosa pieza de un compañero censurado por el régimen de la Alemania comunista y se pregunta: “¿Acaso puede alguien haber escuchado verdaderamente esta música y ser una mala persona?”

–No entiendes –me dijo de nuevo el amigo exagerado–. No se trata solo de saber de música, sino de encontrar las canciones de tu vida. Saber a qué aferrarte cuando el odio es más grande que la razón; cuando la rabia…, cuando el éxtasis... Si cantas, si tocas esa música, lo que sientes se cubre de piel, se vuelve humano.

–¡Sí hombre! ¿Y así nunca me convertiré en un asesino, en un abusador, o en un ladrón? No creo que…

–Busca tus canciones –insistió–. Las tuyas. No las de otros–. Y zanjó el asunto.

Y en eso estoy. Apenas voy por dos. Espero encontrarlas a tiempo. Ahí les cuento.

 

sanchomas@gmail.com