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Hasta ahora, 37 suman los galardonados del premio “Miguel de Cervantes”, especie de novel reservado a los escritores de lengua castellana. Veinte han sido españoles y dieciocho hispanoamericanos. He aquí los primeros en orden cronológico: Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Rosales, Rafael Alberti, Gonzalo Torrente Ballester, Antonio Buero Vallejo, María Zambrano, Francisco Ayala, Miguel Delibes, Camilo José Cela, José García Nieto, José Hierro, Francisco Umbral. A ellos siguieron los vivos: José Jiménez Lozano, Rafael Sánchez Ferlosio, Antonio Gamoneda, Juan Marcé y Ana María Matute.

De los dieciocho hispanoamericanos, el primero en merecerlo fue el cubano Alejo Carpentier, a quien siguieron el argentino Jorge Luis Borges, el uruguayo Juan Carlos Onetti, el mexicano Octavio Paz, otro argentino: Ernesto Sábato; otro mexicano: Carlos Fuentes; el paraguayo Augusto Roa Bastos, un tercer argentino: Adolfo Bioy Casares, la cubana Dulce María Loynaz, otro de la misma nacionalidad: Guillermo Cabrera Infante, más los vivos: los chilenos Jorge Edwards, Gonzalo Rojas y Nicanor Parra; el colombiano Alvaro Mutis; un tercer mexicano: Sergio Pitol; un cuarto argentino: Juan Gelman y un cuarto mexicano: José Emilio Pacheco.

Entre los fallecidos de ambas orillas del Atlántico, no tuve la suerte de conocer a Borges. En abril de 1973, viviendo en Madrid, debí elegir entre escucharle una conferencia en el Instituto de Cultura Hispánica o visitar el Archivo General de Indias en Sevilla. Opté por el último. A Gerardo Diego ya lo había tratado en Nicaragua, en diciembre de 1964. Pablo Antonio Cuadra le organizó una excursión a las Isletas de Granada. Era un domingo. Tenía entonces Diego 67 años y me regresé a Managua con él y Rolando Steiner en el vehículo del Secretario de la Embajada de España Carlos Reparaz. Diego fue muy parco. Parecía una esfinge. Solo habló, exaltándolo, de Darío.

A Dámaso Alonso le oí clausurar un acto en la Editora Nacional, Gran Vía, en el otoño de 1972. Me impresionó su oratoria. Luis Rosales, muy abierto a los poetas nicaragüenses, fue siempre amable; una vez me invitó a caminar por el Paseo del Prado. A Rafael Alberti, relacionado también con nosotros desde su primera visita a Nicaragua en 1935, lo vi en Madrid; le pregunté por Joaquín Zavala Urtecho, quien se consideraba su amigo; ya se había olvidado de Joaquín. Únicamente recordaba a Coronel Urtecho.

Con Buero Vallejo y Francisco Ayala alterné en la Sala de Pastas en la Real Academia Española, antes de las sesiones de los jueves, a principios de 1995. Ambos llegaban muy pulcros en sus atuendos. Buero Vallejo, autocrítico de una obra suya que yo acababa de presenciar en el Centro Cultural de la Villa, me pareció modesto. Don Francisco fue mi vecino de asiento en las sesiones de la Real Academia. Tenía ya 89 años (¡murió a los 103!). Yo le hablé de su libro de los años 30 sobre el cinema y de las lecturas de los vanguardistas de Granada, Nicaragua. Una vez mi otro vecino, el poeta Claudio Rodríguez, le preguntó en son de broma: -Y tú ¿juegas tenis?

Estuve en la ceremonia de entrega del premio Cervantes a Miguel Delibes el 23 de abril de 1994. Lo percibí modesto y me despertó alguna simpatía. No fue un gran narrador, pero fue muy leído. A Cela me lo presentaron en el monasterio de Silos. Me tendió la mano con frialdad. No era muy tratable, al contrario de José García Nieto: todo un señor. Escribí un artículo cuando le adjudicaron el Cervantes. Publicó mis primeros poemas en España. Le guardo una indeleble gratitud.

No conocí a Pepe Hierro. Apenas le admiré en televisión hablando maravillas de Rubén y de la potencia lírica de Nicaragua. Uno de los sonetos fue tema del trabajo final del curso de métrica española que recibí en 1973, con Rafael Balbín, en la Complutense. Tampoco conocí a Paco Umbral. No fue santo de mi devoción, pero su capacidad estructural de cronista era extraordinaria. También fui testigo de la entrega del premio a Ana María Matute. Yo fui uno de los jurados que se lo otorgó.

Pasando a los hispanoamericanos, conocí a Juan Carlos Onetti en la Gran Canaria, junio de 1979, durante un congreso de escritores. Se mantuvo permanentemente ebrio. Con Ernesto Sábato coincidí en un ascensor del Colegio Mayor Guadalupe. Evocó a Sandino. En relación a Carlos Fuentes, no me cayó bien nunca su capacidad histriónica; mas no puede negarse su gran obra narrativa. Sin embargo, detecté algunas minucias erráticas en su libro de ensayo El espejo enterrado (1994).

A Cabrera Infante le escuché en Madrid dos conferencias: una sobre García Lorca (¡brillantísima!) y la otra sobre Martí. Cuando fui a saludarle al concluir la primera, habló con mucha autosuficiencia. A otros dos latinoamericanos laureados con el Cervantes he conocido muy bien: A Jorge Edwards, muy chileno; y a José Emilio Pacheco, muy mexicano. Si el primero marca distancia en el trato, el segundo se revela como un sincero amigo. Me alegró mucho enterarme en 2009 que había obtenido el preciadísimo galardón hispano.

 

* Escritor e historiador