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A la ya clásica charada sobre el origen del huevo (“¿quién fue primero: el huevo o la gallina?”), el inglés John Brookfield, especialista en genética evolutiva, afirma que primero fue el huevo, ya que el material genético no evoluciona durante la vida de un organismo vivo y, en consecuencia, el primer pájaro que llegó a ser gallina debió en primer lugar existir como embrión en el interior de un huevo. Esta tesis ha sido apoyada por David Papineau, del King’s College de Londres, pero otros científicos, como Mark Rodger de la Universidad de Warwick (Inglaterra), sostienen lo contrario, por lo que el acertijo sigue en pie como las teorías de los posibles orígenes del lenguaje, y nosotros no nos vamos a meter a camisa de once varas. Por eso el académico colombiano Daniel Samper Pizano, hablando sobre su libro “El huevo es un traidor”, responde con humor -a riesgo de ser “antigallinista”- : “Primero fue el gallo”.

Pero volviendo a la gallina para llegar al huevo, el fabulista griego Esopo (570-526 a. C.) en su libro de apólogos incluye “La gallina de los huevos de oro”, versión retomada después por otros como La Fontaine (1621-1695), Samaniego (1745-1801) y el autor de cuentos para niños Hans Christian Andersen (1805-1875). Tomás de Iriarte (1750-1791) ya no escribe sobre “La gallina de los huevos de oro”, pero en su fábula “Los huevos” nos habla de las muchas formas de cocinar este versátil alimento del mundo: “pasados por agua” (ligeramente cocidos con la cáscara), lo que nosotros llamamos “huevo tibio” (igual que Ecuador, México, España, Panamá, República Dominicana, Colombia y Venezuela), “huevo a la copa” en Bolivia, Chile y Ecuador, “huevo tierno” en Costa Rica, y “huevo abotonado” en España, pero con un agujero en cada uno de los extremos; “estrellados” (fritos sin batirlos), que es el mismo “huevo al colchón” del Uruguay, porque se sirve sobre una capa de tomate, parecido a los “huevos a la ranchera” de Nicaragua y Costa Rica, pero cubiertos con salsa de tomate; “escalfados”(cocidos sin la cáscara), más conocidos como “duros”, que en nuestro país según el gusto se pican y se mezclan con trocitos de aguacate para preparar el “guacamol”; “revueltos” (los que se fríen en sartén revolviéndolos), es decir, los “huevos a la perica” en Panamá, “pericos” en Colombia, “pateados” en Costa Rica, “picados” en España y “machucados” o “perdidos” en nuestro país.

De Iriarte nos habla también en su fábula de las maravillas del huevo en la repostería como los “huevos moles” (yemas de huevo batidas con azúcar), “dobles” (dulce de repostería que se hace con yemas de huevo y azúcar clarificado), “hilados” (composición de huevos y azúcar que forma hebras o hilos) y hasta “en sorbete”, “en caramelo” y “en leche”. Pero no incluye el “huevo chimbo” (o “huevo quimbo” para los argentinos y uruguayos), que en algunos países (Guatemala, Panamá, Venezuela, Perú, Uruguay y Chile) es un producto de confitería que consiste en una esfera pequeña de yema con azúcar cocida y embebida de almíbar o coñac; en Guatemala, Honduras y España es una bebida hecha con jugo de piña, azúcar, canela, vainilla y yema de huevo; en Guatemala, un dulce que consiste en un bizcocho preparado con yema de huevo, harina de trigo y de maíz, almendras, pasas y algún tipo de licor; en Honduras, huevo almibarado hecho con huevos batidos y miel o azúcar, y en Nicaragua pequeño dulce esferoidal, generalmente de color rojo, hecho de arroz y azúcar.

Aparte de su uso culinario, desde los tiempos más antiguos los artistas emplearon el huevo como uno de los materiales orgánicos naturales para la creación de sus obras, sobre todo como barnices, adhesivos y aglutinantes al temple, como la yema de huevo que usó Miguel Ángel en los frescos de la capilla Sixtina. Pero no solo como técnica mixta, porque en orfebrería encontramos verdaderas obras de arte, como los 69 huevos de pascua realizados para los zares de Rusia por Gustavovich Fabergé (1846-1920). En pintura admiramos cuadros como “Vieja friendo huevos” de Velázquez (1599-1660), y más recientemente “Huevos fritos en un plato sin el plato” de Dalí (1904-1989), obsesionado por los huevos; por eso colocó gigantescas esculturas de huevos en su casa en Portlligat, y en las torres de su teatro en Figueras. Porque para él, el huevo era símbolo de fecundidad. De su nido y su hogar. La esperanza de la llegada de una raza que erradicase la violencia. El hombre nuevo.

 

* Escritor y lingüista