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Son las seis de la mañana del año dos mil treinta y tres; veinte años han pasado desde que se anunció la construcción del Gran Canal. Mi hijo Johan, quien ahora tiene trece, y yo, nos preparamos a tomar y emprender nuestro viaje a la desarrollada ciudad de Bluefields. Como parte de la aventura decidimos tomar la ruta turística por la nueva carretera interregional que atraviesa el municipio de Nueva Guinea y por donde se ve ir y venir a gran velocidad los trenes que recorren la ruta del canal seco de Nicaragua transportando contenedores del Atlántico al Pacífico, uniendo los dos puertos de aguas profundas de Monkey Point y Corinto.

Los noventa kilómetros que separaban a la antigua Moskitia, fueron superados en la primera etapa con el mejoramiento de la trocha que conducía a Kukra River hasta llegar a Nueva Guinea. En la segunda etapa, con la construcción de una autopista que inició con dos carriles, y ahora por la gran cantidad de turistas y comercio que genera el Gran Canal se está ampliando a seis carriles.

Tomamos el bus a las seis de la mañana en la moderna terminal del Caribe y a las diez, ya estábamos en la curva a la entrada al municipio de Nueva Guinea, que ya no es parte de la Región Autónoma del Caribe Sur y ahora junto con el Rama, Muelle de los Bueyes y el Ayote, conforman el nuevo departamento de Zelaya Central, la llamada “Vía Láctea” se ha convertido en la puerta de entrada a la costa Caribe de Nicaragua. Grandes comercios, empresas, almacenes, hoteles y restaurantes se pueden observar a lo largo del camino; los grandes cambios transformaron a estos municipios, que pasaron de ser considerados frontera agrícola a ser ciudades industrializadas.

Mi hijo, quien ha dormido casi todo el camino, me comenta que estos buses no son tan cómodos como los que van a San Juan del Sur o Granada. Me río y pienso para mis adentros que algunas cosas nunca cambian, pero en mi defensa le digo que estos buses son mucho mejores que los de hace veinte años.

Atrás quedaron los largos e incómodos viajes por tierra y río; las pangas con el tiempo quedaron en desuso para el transporte de pasajeros, por el peligro que representaban para los grandes barcos y los turistas, quienes a diferencia de los costeños comenzaron a exigir sus derechos como consumidores hasta lograr cambios. Ahora recorren las aguas del río Escondido, Coco, Wawa, Kukalaya, Prinzapolka, Bambana, Grande de Matagalpa, Kurinwás, Punta Gorda, Maíz, Río Indio y San Juan, en pequeños cruceros que visitan las comunidades indígenas y afro-descendientes, ofreciendo paquetes turísticos para conocer las culturas y tradiciones de estos pueblos.

Finalmente llegamos a la capital regional, Bluefields. En la terminal autonómica se observa el monumento a las etnias del Caribe y el parlamento multiétnico, símbolos que nos recuerdan la necesidad de seguir viviendo en paz y armonía inter-étnica; atrás quedaron los conflictos y finalmente Nicaragua asume por completo su diversidad. Lo que antes se veía como una carga ahora resulta ser el motor de la economía nicaragüense; los gobiernos por fin habían dirigido sus miradas al este; mirábamos el amanecer de un futuro mejor.

Son las nueve de la mañana, los tumbos de la panga me despiertan y me doy cuenta que sigo en el dos mil trece, mi hijo todavía tiene tres años, la terminal del Atlántico sigue siendo una vergüenza y un chambero por 10 córdobas me ayuda con mi maleta. Nueva Guinea, Rama, Muelle de los Bueyes y el Ayote, siguen siendo parte de la Región Autónoma del Caribe Sur. El Canal sigue siendo un sueño, los usuarios del transporte seguimos a merced de los transportistas. En la puerta de la casa me espera Johan, quien pregunta cómo me fue en el viaje. “Muy bien”, contesto. Nadie nos puede negar el derecho a soñar y algún día las cosas serán mejor.

 

* Jóvenes Estableciendo Nuevos Horizontes