•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

El Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) está afectando a todos los seres humanos. No distingue condición social, política, racial o religiosa. Desde 1981 que se detectaron los primeros casos hasta la fecha, se contabilizan millones de personas con VIH en el mundo.

Originalmente, la pandemia se asociaba a los grupos homosexuales como únicos portadores del virus; esto ocasionó la estigmatización de toda persona portadora del VIH. Actualmente sabemos que el VIH afecta a todos los grupos sociales, especialmente a tres: amas de casa, obreros y estudiantes. Inicialmente afectaba más a hombres que a mujeres, hoy esa realidad ha cambiado, el virus afecta tanto a hombres como a mujeres por igual.

El VIH se mueve silenciosamente en las sociedades del mundo, y Nicaragua no es la excepción. Hasta el 2012 el Ministerio de Salud registraba más de siete mil casos, sin contar el subregistro que duplica la cantidad oficial. El creciente aumento de personas afectadas por el VIH exige una reflexión profunda sobre las formas en que nos estamos relacionando en la sociedad.

Ahora bien, si el VIH afecta a todos y todas, cabe preguntarnos: ¿Está la Iglesia evangélica exenta de ser afectada por el VIH?

La iglesia no está compuesta de ángeles sino por hombres y mujeres, niños y niñas situados dentro de un contexto social específico; con una biografía personal de interrelación social, en donde cabe el riesgo de verse afectados por cualquier situación adversa, como cualquier persona que vive en sociedad.

Puede ser que muchas personas portadoras del virus pertenezcan a alguna Iglesia evangélica. Desde hace mucho tiempo el VIH está en la iglesia. Hermanas y hermanos que son amas de casa, obreros o estudiantes pueden estar viviendo con el virus, ignorando su situación o si bien lo saben, callan para no verse rechazados por las demás personas.

Por lo general, la sociedad asume una actitud de rechazo y discriminación para con las personas que portan el VIH. Lamentablemente muchas iglesias -con algunas excepciones- toman igual actitud, cerrándoles las puertas de la esperanza y la comprensión. Algunas iglesias remiten la causa a una práctica de pecado, desobediencia a Dios, o ven a Satanás como el causante de la pandemia.

Hay cierta dificultad para sostener estas opiniones eclesiales; por ejemplo, muchas mujeres amas de casa, fieles a Dios y consagradas a la vida religiosa se ven afectadas por el VIH, igualmente los niños y niñas que nacen con el virus; no les podemos atribuir la causa de pecado o desobediencia a Dios.

Hacernos jueces no ayuda en nada para desarrollar una sensibilidad y compasión con las personas que conviven con el virus. Existen iglesias que creen que la pandemia no les afectará; lamentablemente ya les está afectando. Algunas iglesias ya han tomado conciencia y trabajan una pastoral que asume el tema en aras de sensibilizar a los creyentes sobre los riesgos de contraer el virus, no obstante estas representan una minoría.

Las pastorales tradicionales aún no contemplan un plan de prevención ni de acompañamiento a personas con VIH. Las iglesias no están preparadas para asumir el problema de afectación entre la membresía; al contrario, se refugian en la creencia de que Dios los guarda; pero si no tenemos una práctica preventiva, difícilmente Dios nos protegerá.

Urge asumir la problemática y tomar en serio la elaboración de pautas pastorales que incluyan procesos educativos de prevención en la membresía evangélica; aprovechar los espacios comunicativos con que se cuenta para incidir en la sensibilización ante el riesgo que se corre. Las iglesias necesitan desarrollar pastorales que se alimenten de una reflexión teológica saludable, que pongan como centro prioritario no la doctrina, el dogma o la tradición eclesiástica, sino la vida de las personas. Que integren de manera constitituva la dimensión de la ternura, la esperanza, el amor, la solidaridad y la compasión para con los demás.

Nuestra responsabilidad es acoger a toda persona sin discriminarla, ayudarles a reencontrarse a sí mismos como seres humanos delante del Dios que se abre en misericordia y amor a todos y todas.

 

* Miembro de la Sociedad Protestante Soli Deo Gloria

sociedadprotestante@gmail.com