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El pasado 24 de Julio fue un día para recordar en Colombia; el Grupo de Memoria Histórica, una entidad estatal dedicada al análisis académico de los hechos históricos de los últimos cincuenta años, publicó el ansiado informe que pone el dedo en la llaga de las cinco décadas de conflicto armado en el país sudamericano.

Citando a Piedad Bonnet, columnista del diario El Espectador del día domingo 28 de Julio, comparto con ustedes unos apartes que me erizaron los pelos: “las cifras del importantísimo informe no dejan de horrorizarnos: 220,000 muertos, de los cuales el 81.5% corresponde a civiles; 31,997 secuestrados –en ciertas épocas una persona secuestrada cada ocho horas–; un número de desplazados equivalente a la totalidad de habitantes de Medellín y Cali; una víctima diaria de las minas antipersonales; 25,007 desaparecidos; los actores armados –paramilitares, guerrilla, miembros de la Fuerza Pública– reinventan una y otra vez sus prácticas violentas. Pero también examina sus causas. Allí están consignados la desidia del Estado, los abusos de la Fuerza Pública, la violación de los derechos humanos por parte de la guerrilla, del narcotráfico y de los paramilitares”.

Podría decirse mucho al respecto, pero deseo poner a consideración del lector unas breves reflexiones. Para centrarnos en algo muy de moda en nuestro país, comencemos por la descomunal propaganda que se le dio a una riña que tuvo lugar este pasado fin de semana en un estadio capitalino; vivimos en un pequeño país en donde se exalta la violencia masculina, mientras todo mundo se pregunta por qué mueren tantas mujeres a manos de sus parejas.

Por otra parte, hace poco menos de dos meses, se ubicaba un enorme rótulo a todo lo ancho del paso desnivel en carretera a Masaya; en él se invitaba al público –masculino, por supuesto– a no perderse la espectacular cinta “Rápidos y furiosos” (versión “n”); mientras tanto, las autoridades, y también la ciudadanía, no se explican por qué hay tanta tragedia en las carreteras del país.

Más recientemente, en un canal de televisión local empezó a exhibirse una serie de televisión colombiana; en ella se repasa con lujo de detalles la desquiciada epopeya sangrienta de Pablo Escobar. Mucho podría decirse al respecto, yo solo quiero expresar mi profunda preocupación sobre los alcances de semejante escuela televisiva en un público enojado, abusado, vacuo de valores éticos y además, crónicamente desprovisto de oportunidades en nuestra sociedad.

Una cosa buena se dice en esta exitosa serie de televisión; lo anuncian al inicio de cada capítulo: “Quien no conoce su historia, está condenado a repetirla”; yo no sé ustedes, pero a mí sí me gustaría que en el colegio, mis hijas aprendieran que también es importante conocer de la historia reciente en Latinoamérica, para que, a como dijo Gabriel García Márquez: “No nos coma la peste del olvido”.

 

* Médico