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De San Ignacio de Loyola se ha escrito tanto a favor como en contra, y no pocas veces los escritores se han dejado seducir por la pasión. Ignacio, en su infancia y adolescencia vivió siempre en la fe católica y en la obediencia a la Santa Iglesia Romana, visitando iglesias, oyendo misas y los divinos oficios.

Sano, creció fuerte y alegre junto a las artes militares, la música y la danza. Cabellos rubios, barba y bigote, ojos negros. Estatura: 1.60; peculiaridades de 1521. Leve cojera de la pierna derecha. Nació en 1491 Azpeitia, Provincia de Guipúzcoa, España. Hijo de don Beltrán y María Sáez de Licuona.

Esto escribió Miguel de Unamuno: “Mi sangre es puramente Vasca, pero yo efectivamente guipuzcoano y no Vizcaíno como algunos se empañaron en llamarle. En la eternidad produce risa. Dios le perdone”. Se nace donde Dios quiere.

Gentilhombre, vagabundo, estudiante sacerdote, voluntarioso, testarudo, ingenioso y prudente, aficionado a la fe, no vivió nada conforme a ella, travieso en juegos y en cosas de mujeres.

Leyendo la vida de Nuestro Señor y de los Santos, se detenía a pensar razonando consigo: “Esto hizo San francisco de Asís, Santo Domingo hizo esto, pues yo lo tengo que hacer”. Estando una noche despierto San Ignacio de Loyola vio claramente una imagen de Nuestra Señora con el niño Jesús, por espacio notable, recibió consolación, muy excesiva, y quedó con tanto asco de toda la vida pasada.

En 1522, Iñigo se fue a la montaña de Monserrat, donde está la virgen Morena. Allí se confesó y pasó la noche en “vela de armas” ante el altar de Nuestra Señora, como lo hacían los caballeros medievales. Regaló sus vestidos y se puso una túnica. Casi un año pasó viviendo en una cueva dedicado a la oración. Fue allí donde escribió el famoso librito de los “Ejercicios Espirituales”.

“Tomad Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos Señor lo torno, todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esto me basta” (E. E. 234).

Cuando los jesuitas dan los ejercicios espirituales comunican a los demás un resumen de su experiencia personal. Esta espiritualidad vigorosa de los jesuitas ha producido muchos hombres convencidos que han hecho mejor el mundo.

Muchos creen que el secreto del éxito de los jesuitas se debe a su estricta disciplina y a su énfasis en la obediencia. San Ignacio no olvidó sus días en el ejército y no vio ningún inconveniente en utilizar muchas de las enseñanzas aprendidas allí, y aplicarlas al estilo de vida de su Orden. Consideró igualmente importante insistir en la educación de sus hombres, pues no quería en las aulas a maestros que no estuviesen bien formados. Los jesuitas estudiaban durante varios años antes de estar al frente de una cátedra.

“Dos hechos marcan la visión y la audacia de los jesuitas: la entrada del imperio chino y las reducciones del Paraguay”. Los guaraníes repelían furiosamente cualquier incursión de los europeos. Los jesuitas se las arreglaron para penetrar en aquellas regiones: Argentina, Brasil, y Paraguay lograron crear una civilización que hoy maravillan a los historiadores y sociólogos.

Los indios aprendieron a hablar y a escribir en guaraní. Hubo poetas y sobre todo músicos: esa fue un arma de la conquista “la gran misión” de los jesuitas: violines y arpas encantaban a los guaraníes. Fiestas religiosas eran el centro de diversión y de cultura desde luego la fe de aquellos hombres. La compañía de Jesús tiene gran variedad de ministerios: el anuncio directo del evangelio en países llamados cristianos. Predicación, catequesis, sacramentos y apostolado de la investigación científica.

Felicito a todos los jesuitas de Centroamérica

* Licenciado en Comunicación Social, UCA

alvaroruiz25@yahoo.es