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La conquista española, además de intentar destruir todo vestigio de cultura indígena y de imponernos por la espada una religión dogmática, mítica y fundamentada en falsas amenazas y promesas de ultratumba, nos heredó un personaje singular, hijo bastardo de la ignominia: el mengalo.

La palabra mengalo no existe en el diccionario de la Real Academia y más parece una creación de la inventiva nica. Comenzó a utilizarse poco tiempo después de la Independencia (septiembre 1821), adquiriendo un uso más frecuente durante los treinta años conservadores, cuando se exacerba el desprecio por la clase indígena de parte de la plutocracia criolla que alegaba tener sus raíces en la nobleza ibérica.

Estos chapetones acuñaron frases despectivas para escarnecer a nuestros aborígenes. Términos como “indio bruto”, “jincho ignorante”, “indio pata rajada”, “indios caitudos”, fue el trato oral que los criollos dieron a los otrora legítimos dueños de Nicaragua sin menoscabo de utilizarlos como “carne de cañón” en sus sangrientas guerras.

Cuando por casualidad algún indígena llegaba a ocupar un cargo público, la descalificación venía al instante: “No hay peor cosa que poner a un indio a repartir chicha”, o bien el consabido “jincho vivo” que salía con desprecio de la boca de los que hoy llamaríamos “españoles caitudos”.

En ese tiempo la palabra sirvió para señalar al indio que intentaba penetrar en el círculo de hierro de la “alta sociedad” granadina o leonesa, y que de pronto aparecía “escupiendo en rueda” entre los que creían ser la flor y nata de la sociedad aunque, en verdad, eran mengalos que intentaban mimetizarse entre realezas y noblezas que anhelaron pero nunca tuvieron.

Poco a poco la palabra amplió su significado y sirvió de calificativo para los “nuevos ricos” que carentes de educación, cultura y buen gusto, hacían el ridículo en los círculos sociales que los aceptaban por el solo hecho de tener plata. Mengalos fueron, por otra parte aquellos “rebuscas” y “medio pelo” cuyas metas en la vida era rozarse y codearse con jerarcas, potentados políticos, embajadores, industriales y comerciantes de éxito. Déjenme decirles que este tipo de mengalo sigue vigente y se multiplica a medida que la mediocridad crece entre los personajes que ellos babean con sus lisonjas.

Es muy fácil ubicar a un mengalo moderno. Usted lo verá correr para ubicarse entre el grupo selecto y salir sonriente en la foto, sufren si no se les menciona siquiera en un pie de foto. Son los que siempre salen con “un domingo siete” en su afán por llamar la atención, como aquel ministro que durante la inauguración de un edificio público penetró al recinto montado en un hermoso caballo. Otra mengalada fue la de una notable señora que creyó frase feliz, decir que estaba marcada con el fierro de una bestia.

El mengalo se mimetiza donde se mete. Hoy es rojo, mañana verde, ora rojinegro y después mandarina, según la ocasión. Ya “colado” en la heterogeneidad de los grupos se mide para no pasar más allá de las lisonjas, en lo que es consumado esgrimista, por eso se le ve en banquetes, brindis, inauguraciones, en las que aplaude, cabecea y sonríe, pero no emite opinión alguna.

Queda mucho qué decir del mengalo y de muchos ejemplares mengaloides políticos, como esos que maldicen todo lo nicaragüense porque sudan como propias las fiebres gringas, son los que lloran como plañideras por el “waiver” y corren a exponer sus quejas ante al imperio.

Estos mengalos, amigo mío, son como las hienas que lloran antes de comerse su ración de carroña y tienen un cuero de cocodrilo en el que rebotan la vergüenza, la honradez, la moral, la inteligencia y el patriotismo.

* Catedrático de periodismo