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Pese a que en Nicaragua un alto número de sus habitantes en edad escolar no logra concluir la educación primaria, pues más del 30% de los jóvenes entre 15-30 años no ha cursado completo este nivel de escolaridad; hay una proporción reducida de la población que logra ingresar a la universidad y concluir sus estudios. Se estima que los graduados de estudios superiores representan cerca del 2% de la población adulta, es decir unas 50 mil personas cada década, sin contar a quienes inician estudios y por diversas razones no concluyen. Buena parte de este conglomerado emigra a Estados Unidos, Costa Rica, España, Italia, y otros países de Europa en busca de opciones laborales, aunque son pocos quienes logran colocarse en su profesión.

De quienes residen en Nicaragua, un tercio trabaja en el sector público, una cifra similar está en el sector privado y el resto en Mypimes, ONG, y espacios de cuenta propia en profesiones liberales y como consultores. Un grupo reducido de profesionales goza de su jubilación, pese a que en esa edad aparecen también las enfermedades crónicas que dificultan la vida por los altos costos requeridos para atender su salud.

Es frecuente que los nicaragüenses prefieran las ciencias jurídicas, médicas, agronómicas, humanidades, administración, economía y comercio, e ingenierías; aunque en los últimos años destacan las relaciones internacionales, banca y finanzas, y comunicación. Muchos profesionales realizan diplomados y maestrías en el país, y son pocos quienes acceden a estudios de postgrado a nivel internacional.

Hay una tendencia creciente en el número de hombres y mujeres con estudios superiores, aunque se percibe una pérdida de calidad en el rigor académico, a diferencia de la experiencia de viejas generaciones que recibieron una formación más sólida. Los jóvenes profesionales lamentan que nos les formen en un segundo idioma, y que no haya prácticas profesionales obligatorias, aunque posean dominio de herramientas informáticas e Internet.

Algunas cifras del Foro Económico Global (WEF), muestran que Nicaragua ocupa el último lugar en Centroamérica en Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), pasamos del puesto 116 en 2008, al 125 en 2009. Costa Rica pasó del lugar 60 al 56 en ese período. Para el Ing. Cornelio Hopman en Nicaragua el rezago educativo en primaria dificulta que los jóvenes se familiaricen con Internet, “aun cuando se les instalara de forma gratuita, les encontraríamos manos arriba, sin saber cómo googlear cualquier información”.

El capital humano con formación profesional, con sus cualidades y carencias, suele ser desaprovechado, en especial en el sector público, por la frecuencia en que los cargos clave se dan a personal con afinidades partidarias y no atendiendo su formación, capacidad y experiencia. No existe una política de recalificación de profesionales acorde al plan de desarrollo del país, a programas de inversión pública y privada; tampoco para facilitar la apropiación de nuevas tecnologías y acceso a adelantos científicos, lo cual favorecería un buen desempeño. A veces se accede a estudios de idiomas y a ciertos diplomados pero por esfuerzo propio.

Es común que médicos y profesiones afines que trabajan para el Estado, pierdan la plaza cuando optan a becas de especializaciones en el exterior, ya que en el Gobierno no les mantienen un porcentaje aceptable de su salario, por lo cual buena parte de ellos se quedan en los países donde estudiaron, y Nicaragua los pierde gradualmente. Otro inconveniente es que no existe una normativa que regule las políticas de ascenso en trabajos calificados, que aplique concursos que den oportunidad a los más competentes y a quienes acrediten estudios y experiencia.

En su lugar se ha instaurado el temor a perder el empleo frente a los cambios de autoridades, pese al deseo de muchos técnicos a ser neutrales frente los partidos de gobierno. Ello genera inseguridad, autocensura, pérdida de autoestima, bajo desempeño y desmotiva la superación. Tampoco el sector privado destaca por tener una política de estímulos a los profesionales que sirven al buen suceso de sus negocios, bajo la premisa que sí un especialista tiene trabajo estable, debe estar agradecido.

Estas personas son parte de los sectores medios de nuestra sociedad, y sufren una pérdida creciente en su calidad de vida, no solo por los bajos salarios e inflación, sino por el entorno en que trabajan. Además son vulnerables cuando deben pagar servicios privados de salud por la pésima atención de las clínicas del INSS, o adquieren casas mal construidas, sometidas a riesgos de inundaciones y pierden sus enseres. Ni hablar de los numerosos profesionales en desempleo, o de aquellos que a los 45 años quedan excluidos de los criterios de selección de muchas empresas.

Todo indica que es el momento de iniciar un proceso de reflexión sobre esta situación, e incorporarlo en diversos espacios y en las redes sociales como un tema acuciante.

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